Carta desde Bogotá: Naranjas que se caen de morados

Colombia, tantas veces descrita como una democracia formal atravesada por la violencia, ofreció esta vez una imagen distinta: la de una ciudadanía movilizada por dos proyectos antitéticos de nación y decidida a expresarse masivamente en las urnas.
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No se sabrá oficialmente antes del próximo miércoles o jueves quién ganó las elecciones presidenciales colombianas. Por ahora, el único dato firme es que Abelardo de la Espriella, candidato de la derecha ultra, aventaja por unos 250,000 votos a Iván Cepeda, candidato de la izquierda. La diferencia es suficientemente estrecha para impedir cualquier celebración prematura, pero también lo bastante amplia para descartar una disputa voto a voto. Salvo los más obstinados, nadie espera que, una vez concluya el llamado “escrutinio” –la revisión oficial de las actas electorales por parte de jueces de la República, bajo la vigilancia de representantes de ambas campañas–, el resultado difiera sustancialmente del anunciado la noche del 21 de junio. A falta de la proclamación formal, todo indica que Abelardo de la Espriella será el presidente de Colombia para el período 2026-2030.

Esa incertidumbre transitoria sobre el desenlace ha relegado a un segundo plano un hecho igualmente significativo. Votó aproximadamente el 63% del censo electoral, una participación histórica para Colombia. En un país donde durante décadas el abstencionismo fue una constante de la vida pública, que casi dos de cada tres ciudadanos hayan acudido a las urnas constituye una noticia alentadora. Significa que la política sigue importando, que millones de personas creen que su voto puede influir en el rumbo del país y que existe una sociedad profundamente involucrada en la discusión sobre su futuro. Colombia, tantas veces descrita como una democracia formal atravesada por la violencia, ofreció esta vez una imagen distinta: la de una ciudadanía movilizada por dos proyectos antitéticos de nación y decidida a expresarse masivamente en las urnas.

Con independencia del estrecho margen entre los candidatos y de la inevitable controversia posterior al escrutinio, el proceso electoral colombiano deparó un insólito ejemplo de normalidad institucional. En buena parte del continente, las jornadas electorales suelen ir acompañadas de acusaciones de fraude, impugnaciones y demoras maliciosas en la publicación de resultados. Esta vez ocurrió algo más prosaico y, por eso mismo, más valioso: poco más de una hora después del cierre de las mesas, la Registraduría tenía procesada la inmensa mayoría de los votos y los había hecho públicos. Se ha solicitado, como lo permite la ley, un reconteo de los sufragios, pero aun así el grueso de los electores parece dispuesto a aceptar el veredicto de las urnas. En una época en que la legitimidad de los procesos electorales se ha convertido en un ave exótica, no es poca cosa que una autoridad pública consiga que vencedores y vencidos acepten, al menos de entrada, las reglas del juego y el resultado de los comicios.

Mientras llega la confirmación oficial del resultado, vale la pena detenerse en el mapa que dejó esta segunda vuelta. Los números nacionales muestran una elección extraordinariamente pareja: 49.66 % para Abelardo de la Espriella frente a 48.7 % para Iván Cepeda. Pero es en la distribución territorial del voto donde aparece con mayor nitidez la fractura política del país.

La claridad de este mapa es casi brutal. El morado de Cepeda cubre buena parte del perímetro colombiano: la Costa Caribe, el Pacífico, la Amazonía, la Orinoquía y el sur andino. Son los territorios históricamente más alejados de los centros de decisión política y económica; departamentos con una presencia significativa de comunidades indígenas y afrodescendientes y regiones donde el conflicto armado dejó algunas de sus huellas más profundas.

El naranja de De la Espriella domina, en cambio, el centro y el nororiente del país: Antioquia, el Eje Cafetero, los Santanderes, Boyacá, Cundinamarca y los Llanos Orientales. Son las regiones más integradas a los circuitos económicos nacionales, con mayores niveles de urbanización y con tradiciones políticas que, en términos generales, han sido más conservadoras.

No es una división perfecta, pero sí reveladora. Las periferias votaron mayoritariamente de una manera; el centro económico y demográfico del país, de otra. Como ocurre con todos los mapas electorales, este simplifica una realidad mucho más compleja: la de los votantes de extrema derecha que creyeron en la promesa de una “patria milagro”; la de quienes, aun viendo en De la Espriella un riesgo autoritario, votaron por él como castigo a la corrupción y la ineficacia del gobierno de Gustavo Petro; la de los moderados –o “tibios”, como se les llama aquí– que, incapaces de reconocerse en alguno de los dos proyectos en disputa, optaron por el voto en blanco; la de quienes temen que Cepeda encabece un gobierno radical; y la de los sectores de izquierda que esperan de él una transformación de fondo. Esas posiciones, además, no se distribuyen de manera limpia sobre el territorio: a menudo conviven bajo el mismo techo, en una misma conversación de trabajo o alrededor de la misma mesa. Sin embargo, el mapa permite apreciar de un vistazo una de las tensiones fundamentales de la Colombia contemporánea: la distancia –económica, cultural y política– que sigue separando al centro de sus extrarradios.

Lo que ese mapa dibuja no es exactamente una división entre izquierda y derecha, aunque también lo sea. Es algo más antiguo y más profundo: la distancia entre los departamentos que históricamente han concentrado el poder político y económico y aquellos que han permanecido en sus márgenes. Entre el centro que decide y la periferia que espera ser escuchada. Esa geografía del voto no es nueva en Colombia; lo novedoso es la nitidez con que sale en la imagen. Con un resultado tan estrecho, resulta imposible sostener que una de las dos Colombias representa la normalidad y la otra una desviación pasajera. Ambas existen, ambas votaron masivamente y quien gobierne tendrá que tenerlas en cuenta a las dos.

La participación

El aumento de la participación fue llamativo: del 58% en la primera vuelta al 63.5% en la segunda. En comparación con la segunda vuelta de 2022, eso representa más de 3.6 millones de votantes adicionales. Una participación tan nutrida es inusual en un país donde la abstención ha sido históricamente la primera fuerza electoral: en varias elecciones presidenciales recientes, más colombianos se quedaron en casa que los que acudieron a votar por el ganador. El dato sugiere que una mayoría de ciudadanos sintió que esta elección importaba de verdad, que la distancia entre los dos proyectos era suficientemente grande como para que quedarse al margen tuviera un costo. Esa percepción colectiva de que el voto cuenta es, en sí misma, una señal de vitalidad democrática que no conviene subestimar. Con todo, la lectura no puede ser puramente optimista: fue en parte la misma polarización que hará más difícil gobernar la que movilizó a tantos colombianos. La tensión que dividió al país fue también el dínamo que lo llevó a las urnas en una proporción poco vista.

De la Espriella sumó cerca de 2.6 millones de votos sobre su resultado de primera vuelta; Cepeda, algo más de tres. Es decir: el candidato de la izquierda creció más en términos absolutos, pero partía de una posición más débil y no logró cerrar la brecha.

Esto revela que los dos aspirantes a la Presidencia fueron capaces de movilizar votantes más allá de sus bases naturales. De la Espriella superó ampliamente, en la mayoría de los municipios, la votación de Paloma Valencia –la candidata que había encarnado la opción de derecha más visible en la primera vuelta–, lo que indica que su triunfo dependió tanto de la transferencia de apoyos como de la incorporación de nuevos electores. Algo similar ocurrió con Cepeda, que logró atraer votantes más allá de las bases de Sergio Fajardo y Claudia López. Vista sobre el mapa, esa movilización adquiere una expresión territorial muy definida: De la Espriella reforzó sus ventajas en el centro y el nororiente del país; Cepeda hizo lo propio en las regiones periféricas, donde tenía su reserva electoral más sólida.

El enigma de Bogotá

Bogotá votó por Cepeda: 52.5 % frente al 45.4 % de De la Espriella, una ventaja cercana a los 302,000 sufragios. Y, sin embargo, ese resultado encierra una paradoja. El margen que necesitaba Cepeda en la capital para compensar su desventaja en el resto del país era considerablemente mayor. Basta recordar que, en 2022, Gustavo Petro derrotó a Rodolfo Hernández en Bogotá por una diferencia mucho más amplia. La ciudad le aportó una ventaja importante, pero insuficiente para alterar el resultado nacional.

El retroceso relativo del progresismo en Bogotá no es un fenómeno aislado ni accidental. La ciudad ha cambiado: bolsones de clase media que en 2022 votaron por Petro se han distanciado del proyecto progresista tras cuatro años de un gobierno nacional que generó más controversia que consenso, y esa decepción encontró cauce en las urnas. Pero no se trata únicamente de votos perdidos: la derecha ha aprendido a competir en lugares que hasta hace poco consideraba ajenos. El resultado de De la Espriella en Bogotá habría sido impensable para un candidato de su perfil hace apenas una década. El progresismo ganó la capital, pero lo hizo con una ventaja que refleja, más que una fortaleza consolidada, una hegemonía en proceso de erosión.

Las grandes ciudades mostraron una tendencia similar. Cepeda mejoró sus resultados de la primera vuelta en Medellín, Cali, Cartagena y Barranquilla, con incrementos de entre siete y nueve puntos porcentuales. Sin embargo, ese crecimiento urbano tampoco bastó para alterar el resultado nacional. Bogotá le otorgó una ventaja importante; Cali, Barranquilla y Cartagena permanecieron dentro de los departamentos que constituyen algunos de sus bastiones electorales; y Medellín, aunque registró un avance significativo del candidato de la izquierda, siguió formando parte de una Antioquia ampliamente favorable a De la Espriella.

La lección (por el momento) parece clara: Cepeda logró ampliar su coalición electoral, particularmente en los grandes centros urbanos, pero el crecimiento de De la Espriella en sus propios bastiones fue suficiente para conservar la ventaja obtenida desde la primera vuelta.

La estabilidad del mapa

Quizás la conclusión más sorprendente desde el punto de vista estrictamente electoral sea la estabilidad del mapa entre la primera vuelta y el balotaje. Apenas catorce municipios cambiaron de ganador en favor de De la Espriella y doce en favor de Cepeda. Casi todo estaba decidido desde el comienzo. Los cambios se concentraron en lugares donde la competencia ya era extraordinariamente reñida y donde pequeñas variaciones en la participación bastaron para inclinar la balanza.

Esto sugiere que la verdadera batalla de esta elección no se libró entre una vuelta y otra, sino mucho antes: en la construcción de las bases electorales, en la consolidación de plazas afines y en la decisión de millones de colombianos que ya habían escogido candidato y que el domingo simplemente ratificaron su elección. El mapa que dejó la segunda vuelta es casi idéntico al de la primera: dos grandes bloques de color que se observan desde lados opuestos, separados por fronteras que ninguna campaña logró desplazar de manera significativa.

Colombia fuera de Colombia

El mapa reserva una sorpresa. Los consulados colombianos en Europa y Estados Unidos –representados en la esquina superior derecha como un pequeño archipiélago naranja flotando sobre el Atlántico– votaron mayoritariamente por De la Espriella: 390,974 votos a su favor por 213,131 para Cepeda.

A primera vista, el resultado parece contraintuitivo. Muchos habrían supuesto que una población expuesta a democracias más consolidadas y distante de las dinámicas cotidianas de la política colombiana se inclinaría en mayor proporción hacia Cepeda. Ocurrió lo contrario. Las razones pueden ser varias. Tal vez influya el perfil socioeconómico de buena parte de quienes emigran a Europa y Estados Unidos; tal vez pese la memoria de los años más duros del conflicto colombiano. Lo cierto es que los colombianos residentes en el exterior votaron de una manera que los acercó más al centro y al nororiente del país que a las regiones periféricas donde Cepeda obtuvo sus mejores resultados.

Sea cual sea la explicación, el dato añade una capa adicional a la geografía de esta elección: la fractura entre las dos Colombias no termina en las fronteras nacionales. También viaja con quienes se fueron.

Lo que viene

En tres días –si el proceso concluye sin mayores sobresaltos– Colombia tendrá oficialmente un nuevo presidente. Llegará al cargo por un margen que, en cualquier estadio del mundo, cabría en la tribuna visitante. Esa estrechez no constituye una debilidad de la democracia colombiana sino, paradójicamente, uno de sus rasgos más persistentes. Significa que ningún sector puede reclamar una victoria arrolladora: el país que recibirá De la Espriella es, por mitades casi iguales, también el de Cepeda.

Hay dos Colombias. Siempre las ha habido. Lo que este mapa añade a esa vieja certeza es una imagen más nítida de cómo se distribuyen sobre el territorio, cuáles son sus arraigos electorales y qué experiencias históricas parecen alimentarlas. El morado de la periferia y el naranja del centro no son colores arbitrarios: representan maneras distintas de relacionarse con el Estado, de interpretar el pasado y de imaginar el futuro.

Pero el propio mapa también contiene una advertencia. Las dos Colombias no habitan mundos separados. Se cruzan en Bogotá, en Medellín, en Cali, en Barranquilla; conviven dentro de los mismos departamentos y, a veces, dentro de los mismos municipios y las mismas casas. Gobernar sobre ese filo de navaja exigirá reconocer ese entrelazamiento antes que negarlo.

No será una tarea sencilla. Pero el mapa ya está sobre la mesa. Ignorarlo sería otra forma de perderse.~


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