Un día como cualquiera, en la hora punta permanente de la salida del distrito de Barranco hacia Miraflores. Es el embudo cotidiano, donde dos camiones de mudanza cierran el paso mientras una fila de autos ocupa la vía para ciclistas. Metros más arriba, descubro el sentido del concierto de bocinas: una joven, altanera y erguida, que en esos minutos unánimes mantiene el pedal de su bicicleta detenida mientras su hijo pequeño está en el asiento adaptado. Nos enfrenta con la mirada, como si estuviera pechando las olas desde el lado opuesto. Una imagen que recuerda al hombre fotografiado de pie frente a una columna de tanques durante las protestas de la plaza de Tiananmén.
Yo la observo sin entender, sintiendo que alguien ha profanado el caos al que me he acostumbrado. ¿Qué le cuesta hacerse a un lado? ¿Por qué no se sube a la acera y nos permite continuar con nuestro propósito? Tras una maniobra para esquivarla, superado el embotellamiento, las preguntas me acompañan hasta la redacción del Diario y las comparto con mis compañeros. Tras pensarlas, todos se manifiestan a favor de la muchacha. Yo, en mi privilegiado e indignado papel de conductor, busco nuevos argumentos. Encuentro uno: según el diseño de la ciclovía en la avenida, esta llevaba el sentido de sur a norte. Mis compañeros cambian de opinión y se ponen de mi lado. La muchacha ha perdido autoridad en su lucha libertaria y yo siento el cómodo respaldo que ofrece un reglamento a tu favor. Pero el editor de Locales, experto en idas y venidas vehiculares, me hace pisar el freno: las ciclovías no funcionan con mi lógica binaria. Los ciclistas suelen ser solidarios, y más con otros ciclistas. Los que van en el sentido correcto en nada les ofende la presencia de los que van en sentido contrario. El contraflujo funciona y resulta más seguro, pues permite ver venir el peligro. Las víctimas de atropellos suelen serlo por la espalda.
La respuesta, entonces, es clara. La muchacha tenía el derecho de pase y yo debo recoger sin chistar mi fariseísmo. Debería escribirlo mil veces: no deberé buscar argumentos con el mero objetivo de justificarme. A rebuscar en las zonas grises de la ley y sus reglamentos aquello que beneficie mis posiciones. La silenciosa protesta de la mujer nos obliga a apearnos de la maquinaria de nuestros privilegios y volver al origen, al sentido común de quien anda y exige derechos que la mayoría olvidamos.
Puede suceder en una esquina de Barranco o en cualquier otro rincón de nuestra realidad limeña. De pronto, una mirada insurrecta nos recuerda el derecho a la equidad en medio del tráfico egoísta. Es la fe solitaria de quien está harto. La persona que espera el tiempo en que a la actual ley del embudo se imponga la ley del equilibrio.
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Y hablando de equilibrios: la vecina había dado la voz de alerta muy temprano, en el grupo de wasap del edificio. Horas después seguía allí: en lo alto de un poste, cerca de un raquítico y espinoso árbol ensartado entre peligrosos cables de luz. Mi esposa y mi hijo pueden verlo desde la ventana, sus maullidos llegan desde el otro lado de la calle. Empiezan a desplegarse planes de salvamento que, aunque ineficaces, sirven para ir tejiendo la respuesta temprana: mi hijo cruza la calle llevando una caja con una almohada en su interior para convencerle saltar hasta él, en una pose curiosamente heroica. El vecino de los bajos comenta a su esposa que su propuesta es poco práctica, pero ella defiende el plan del adolescente: hay que apoyar su iniciativa, le aclara. Más vecinos salen de edificios cercanos para mirar hacia lo alto del poste. ¿Ya han llamado a los bomberos?, ¿A serenazgo? ¿A la policía?, preguntan. Nuestra respuesta es la misma: nos cuelgan.
Minutos después ya se había formado un nutrido grupo de resistencia. Un auto se orilla en nuestra vereda y su conductor pregunta qué sucede. Providencialmente, era bombero y formaba parte de la brigada de rescate animal. De inmediato hace una llamada, la única que parece tener eco esa mañana, y en minutos, un camión rojo aparece. Se detiene el tráfico y, por un momento, cierto espíritu de comunidad se manifiesta entre los conductores al no hacer uso de sus bocinas. Los efectivos fijan al poste una escalera telescópica y uno de ellos se coloca un traje de seguridad. Sus compañeros convierten sus uniformes en redes para amortiguar una posible caída. Vemos su ascenso, mientras el animal, trémulo, mantiene su forma erizada. Al llegar a lo alto, el hombre lo coge del lomo, cuidando que las espinas del árbol cercano no los alcancen.
Incapaz de entender su propio salvataje, el gato le dirige sus crueles uñas y en el momento en que cae al vacío, los vecinos reprimen el grito. Allá abajo, otro bombero alcanza a recibirlo antes que golpeara el suelo. Asustado pero digno, sin agradecer ni probar la comida dispuesta para él, fuga como agua oscura, trepando de un salto elástico por el muro de un consulado cercano, pidiendo literal asilo. Los bomberos y los vecinos se felicitan por la labor cumplida. El camión reinicia su victoriosa marcha y se escuchan aplausos antes que el tráfico ordinario vuelva a fluir. A su manera, mis vecinos han hecho lo único al alcance de las masas para cambiar la historia: salir a la calle. En el departamento, tendido en su cojín, nuestro gato sigue durmiendo, ajeno a cualquier sentido moral de esta experiencia.