Carta desde Lima: Una condena, 35 años tarde

La periodista Melissa Alfaro murió al abrir un paquete bomba en octubre de 1991. La condena al responsable ha llegado treinta y cinco años después.
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Al principio creyeron que fue una explosión de gas. Eso me dijeron los vecinos cuando llegué al edificio, ubicado en la cuadra 23 de la avenida Petit Thouars, en el distrito de Lince. Era mi primera comisión como practicante de fotografía en una revista ya desaparecida. La víctima se llamaba Melissa Alfaro. Tenía 23 años y cursaba Periodismo en la entonces Escuela de Periodismo Jaime Bausate y Meza, hoy ascendida al rango de universidad. Ella había ingresado como becaria en el semanario Cambio, una publicación de izquierda, abiertamente contraria al gobierno de Alberto Fujimori. Ascendió rápido. En pocos años, fue nombrada jefa de Información.

La tarde del 10 de octubre de 1991, después de reportear en el Congreso, recogió la correspondencia en la portería del edificio y, al llegar a la estrecha sala de redacción, rompió el cintillo del paquete que envolvía la revista. Estaba conectado a un detonador eléctrico.

Romper significa deshacer un todo. Destrozar, fragmentar la unión de una totalidad. Eso sucedió con Melissa. 

La policía me permitió treinta segundos para tomar fotografías. Parece poco tiempo, pero resulta suficiente para que aquella imagen aparezca cada vez que, veinticinco años después, ponga el ojo en el visor de cualquier cámara: ella caída de bruces al suelo, devastada por la explosión de la bomba disimulada dentro del sobre. Su rostro era una cavidad semicubierta por cabellos pegoteados en sangre. Pude ver los huesos de su mandíbula y los dientes expuestos, el mecanismo desnudo de una sonrisa. Al tener la consistencia de la gelatina, el charco de su sangre negra no se extiende. Era un pegamento aceitoso sobre el que descansaba el cuerpo de una joven vestida con blusa de mangas largas, minifalda y pantimedias.

En medio de toda la destrucción, mi fotografía registraba también el conmovedor agujero del nailon de su media. No era un tejido corrido. Era plástico quemado como lo estaba la carne de sus manos y su rostro. Un agujero que servía como vórtice de todo ese ruido, de los gritos, de los lamentos tras el atentado perpetrado por el denominado grupo Escorpio, un antecedente del grupo paramilitar Colina. Ella era lo que se conoce como daño colateral. El objetivo del atentado era el director de la revista, Carlos Arroyo.

Luego de aquella comisión no volví a pretender ser fotógrafo profesional. Quizás porque a partir de entonces me he sentido culpable por recordar a Melissa de esa forma.

Treinta y cinco años después, la noticia revela la pasmosa lentitud de nuestro sistema judicial. Vladimiro Montesinos, entonces jefe del Servicio de Inteligencia Nacional y estrecho asesor de Fujimori, fue hallado culpable de la muerte de Melissa. La condena de 20 años se suma a la que ya purga desde 2001 por otras muchas matanzas. Se estima que salga de la cárcel a los 92 años, en septiembre de 2037. A los deudos Norma Méndez, y sus hermanos, Iris e Igor Alfaro Méndez, que no cejaron todo este tiempo para que este crimen no quedara impune, les ha correspondido una reparación de casi 150 mil dólares.

Para quienes conocíamos la historia de Melissa, ha sido una alegría en medio del ruido de noticias producidas por una crisis política y una delirante campaña electoral.  

Pero aquella fotografía sigue revelándose en mi memoria. Hace un par de semanas, manejando, me detengo en un semáforo en rojo. Distraído, miro una valla publicitaria. Es el anuncio de la primera temporada de una serie policíaca protagonizada por un actor popular, que interpreta a un veterano detective de la Brigada Criminal de la policía de París. Pongo atención en el anuncio, donde la muerte derrocha perturbadora sensualidad: víctima de una explosión ficticia, una bella víctima descansa en el suelo, luciendo sus piernas inertes. Y en sus medias aparece, glamoroso, el mismo agujero de nailon y carne quemada que no puedo sacarme de la cabeza. Pienso en el responsable de esa imagen, un director de arte orgulloso por el realismo alcanzado. 

Duele que esa imagen que te persigue tantos años sea ahora un gigantesco anuncio. Lamentas la ausencia de memoria y de pudor. Que la justicia llegue tan años tarde. Que la noticia aparezca en una nota de dos columnas en los diarios y dos minutos en la televisión para luego seguir con la campaña.


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