Foto: Cortesía festival Fuera de Campo

Carta desde Buenos Aires: Mar del Plata, a dos pantallas

El veterano Festival Internacional de Cine de Mar del Plata y su lado B, el Fuera de Campo, celebrados en noviembre, resumen la situación de la industria cinematográfica argentina en tiempos de Milei.
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Existe una ciudad costera de la Argentina que supo ganarse el particular apodo de “La feliz”. No es un mote fácil de llevar, pero tiene su razón de ser. Fundada de cara al océano Atlántico el 10 de febrero de 1874, Mar del Plata fue, antes que nada, el sueño de Patricio Peralta Ramos, un aristócrata que transformó una estancia de su propiedad en la villa veraniega de la clase alta. La Biarritz de Sudamérica, decían. Y en efecto, así fue por un tiempo, hasta que entrado el siglo XX, la burbuja se fue agrietando y las clases populares desembarcaron en el bastión de lo inaccesible. Paradojas de un país cuyo guion histórico desborda de giros inesperados, Mar del Plata se transformó en un sinónimo de la conquista de las vacaciones por parte de los sectores con menos recursos. Todo a instancias de Juan Domingo Perón, en las décadas de 1940 y 1950, cuando palabras como “sindicatos”, “derechos laborales” y “aguinaldo” se incorporaban al léxico colectivo y cientos de trabajadores elegían ese destino para sus vacaciones. Mar del Plata empezó entonces a cambiar su fisonomía hasta transformarse en una ciudad popularmente turística. Y aunque el mote de “La feliz” nace, en rigor, de una publicidad de los años 60, no son pocos los hijos de la clase obrera que aún hoy se adhieren a él al recordar cómo se sintió acceder a la movilidad social por primera vez en su vida.

Ahí, en el corazón de un destino de culto devenido descanso accesible, Perón asestó otro punto: el ocio intelectual, bandera del capital simbólico, también podía bajar a las masas.

Así, el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata fue concebido en 1954 como Primera Muestra Cinematográfica, en la que se resaltó al cine como espectáculo. Y Mar del Plata, claro, fue elegida como sede por ser, a esas alturas, el destino turístico por excelencia de la Argentina. En su primera edición, no competitiva, 18 países estuvieron representados por 52 largometrajes y 49 cortometrajes de realizadores como Luis Buñuel, Anthony Mann e Ingmar Bergman.

Para 1959, bajo la organización de la Asociación de Cronistas Cinematográficos Argentinos, el festival se volvió de competencia; aparecieron los jurados y los premios, creció hasta posicionarse como el festival más importante de América Latina. Espectadores y marplatenses, formando un conjunto prácticamente indiferenciado, celebraban pisar el mismo suelo que Paul Newman; los directores más importantes se peleaban por participar; Hollywood ponía a rodar su maquinaria para exportar celebridades a ese “cisne negro” de la industria que había nacido en América del Sur. Era un festival desbordante de prestigio: toda una ciudad al servicio del cine.

“En esa época había artistas y estrellas, ninguna celebridad europea quería faltar: se respiraba el esplendor”, dice el crítico de cine del diario La Nación Marcelo Stiletano, y agrega que esa mística duró hasta la década del 70. “Luego hubo un ostracismo que duró hasta los años 90, cuando el Festival se recuperó. En ese momento, menemismo mediante, se le quiso dar una brillantez que tenía más que ver con la cáscara que con la programación misma, pensando que un festival podía recuperar el glamour porque traía a Geraldine Chaplin, Gina Lollobrigida o Raquel Welch. Aun así, el festival tenía al director Nicolás Sarquís manejando Contracampo, espacio donde se engendró la identidad que adquirió el Festival en las últimas dos décadas. En ese momento, tenía un foco, un perfil, una mancomunión entre secciones. Había un espíritu que se trasladaba a los espectadores. Estaba abierto a las vanguardias, a las experimentaciones, al cine más radical, a las nuevas corrientes, pero al mismo tiempo, abierto también a los grandes autores y en todo caso, en lo que era el cine comercial, más cercano al cine de autor”, resalta Stiletano, que también fue jurado del Festival de Cine de Mar del Plata en el año 2016.

Hoy, llegando al tramo final de 2025, la nostalgia se filtró en la 40° Edición del Festival de Cine de Mar del Plata (la segunda bajo el gobierno de Javier Milei) que se celebró del 6 al 16 de noviembre bajo las luces de una consigna aspiracional: “El renacer del esplendor”.

Lo cierto es que sería más propio hablar de un reflejo tenue en las calles marplatenses, donde en ningún momento se respiró el clima efervescente de antaño. Con la rompiente de las olas de fondo y la estatua característica del lobo marino, la ciudad continuaba su ritmo, ajena a la presencia de un star system vernáculo, carente de grandes nombres internacionales y camuflado en hoteles y cocteles de bienvenida que casi no salieron en la prensa. “Yo creo que lo que trajo esta nueva gestión es una dirección artística que conoce el cine que se hace en el mundo (no se puede programar un festival como este sin tener ese conocimiento), pero la selección de las películas perdió ese perfil, ese norte, esa identidad que tenía antes. Ahora, lo que se busca es un festival de rango más amplio, tratando de capturar a un público que dejó de ir al cine desde la pandemia. Son películas con alguna exigencia, con presencia de autores y apoyo de algunos países, sobre todo Europa y de otros fuera de Occidente como Japón o Israel, pero sin foco ni identidad”, asegura Stiletano. “Yo lo veo como una versión chiquita y voluntariosa, llena de buenas intenciones, pero fallida desde el punto de vista de la construcción de audiencias o de la creación de público. Es un festival con poca convocatoria y que todavía, a diferencia de lo que pasaba antes, no recuperó esa cosa de la ciudad comprometida plenamente, en términos culturales, con su festival de cine”.

Nobleza obliga, algo de movimiento se vio en torno a las sedes principales del Festival, como el cine Ambassador, el Casino, el Teatro Colón o incluso el Paseo Audrey, uno de los grandes shoppings marplatenses donde se podían ver películas y fotografiarse con actores que se acercaron a participar en charlas posteriores a las proyecciones. Frente a la rambla de la ciudad, en el histórico cine Auditorium, muchos espectadores pudieron disfrutar también de las “joyas” del Festival, de estrenos internacionales a grandes clásicos restaurados. Pero no mucho más.

Cada mañana, sin embargo, un cartel de “entradas agotadas” aparecía en la boletería del teatro Enrique Carreras, a unas cuadras de la rambla. Solo que no era para las películas del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata sino para su lado B, que sucedía al mismo tiempo y en el mismo lugar, bajo el nombre de Fuera de Campo.

¿La grieta festivalera?

Sucede que, en paralelo al cambio de gestión en el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), léase, la dirección de Carlos Pirovano que llegó de la mano del presidente Javier Milei, un grupo de hacedores ligados a la industria, como productores, directores, programadores, entre otros, se lanzaron a la empresa de crear un espacio propio. Ahí donde el actual gobierno argentino tomó la decisión de “humillar” públicamente a las películas con pocos espectadores (Manuel Adorni, en su rol de vocero presidencial, se encargó de dar nombres y cifras en conferencia de prensa), ellos decidieron encauzar a todos aquellos que se estaban quedando afuera. ¿El resultado? Un punto de encuentro alternativo que, por segundo año, arrasó con el público “de nicho” propio de los festivales.

“Desde el principio nos plantamos no como un festival sino como una acción política. La diferencia para el público puede ser abstracta, pero para nosotros es muy concreta: mostrar la diversidad del cine argentino y la diversidad de escalas de producción. Programamos con esa misión, acogimos muchas películas que no entendían con qué festival se iban a encontrar si mandaban su película al oficial”, cuenta Rogelio Navarro, uno de los organizadores de Fuera de Campo que fue varios años programador de Bafici (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente) y del Festival Asterisco (Festival Internacional de Cine LGBTIQ+).

“Fuera de Campo se reconoce como el público previo del Festival de Cine de Mar del Plata, como un colectivo que aprendió de cine en el festival y quiere seguir manteniendo esa impronta y esa mística. Eso se explica, en términos prácticos, con una mirada hacia la actualidad del cine argentino que esta gestión del INCAA en particular, y el Festival de Cine de Mar del Plata en general, abandonaron”, opina Stiletano. “Es un cine argentino lleno de energía, vitalidad, audacia. Es provocador y a la vez mezcla clásicos en su programación. Lo más interesante, para mí, es la conversación que sostiene este espacio alrededor del presente y sobre todo del futuro del cine argentino, entendido con las tres patas que necesita una obra cinematográfica para funcionar: producción, distribución y exhibición. Cómo se hace, cómo llega al público y cómo el público lo recibe”.

En efecto, a la efervescencia de las funciones a sala llena y los afters que fueron un secreto a voces entre los concurrentes, como el karaoke en el bar Bora Bora que funcionaba como punto de encuentro nocturno, se sumaron charlas gratuitas en librerías con un objetivo claro: la industria, inquieta, tratando de pensarse a sí misma.

En uno de esas concurridos eventos matutinos, el productor, guionista y director de cine Mariano Llinás (reconocido tanto por su película Historias extraordinarias, como por ser parte del grupo de cineastas de El Pampero Cine, que se mueve por fuera de las estructuras de financiamiento tradicionales del cine) hizo gala de su popularidad e histrionismo y expresó algunas ideas que se respiraban en el aire. “El gobierno nos designó como enemigos, somos los malos. Eso nos da una atención que tenemos que aprovechar. Lo que dicen de nosotros es que a nadie le interesa lo que hacemos y eso es falso”, argumentó, sentado junto a la directora Cecilia Kang, cuya película Un barco partió de mí llevándome fue una de las mencionadas por el vocero presidencial como ejemplo de fracaso. “Con números falsos y diciendo mal el nombre de la película”, enfatizó Kang, quien también compartió con el público la sensación de bullying que le generó despertarse con cientos de mensajes aludiendo a esa situación y la revancha por haber agotado las funciones en Fuera de Campo con su nueva obra, Hijo mayor.

Fuera de Campo contó con 26 funciones, 35 títulos (entre programas cortos y largos) y 5 proyecciones en 16 milímetros, convocando a un total de 6 mil espectadores. El INCAA, al cierre de esta nota, aún no tiene cifras oficiales para comunicar sobre el festival de Mar del Plata.

Tal vez el público compartido por ambos festivales sea el de “las señoras marplatenses” que, en términos de Rogelio Navarro, “son el público más fiel y maravilloso que tiene el Festival de Mar del Plata”.

“Hace tres años le dieron un premio a la asistencia perfecta a una señora de 93 años que iba a ver películas desde el primer festival”, dijo Navarro y detalló también, mientras pispeaba la fila que se aglomeraba para entrar a la proyección de la película Pin de fartie, del director argentino Alejo Moguillansky, que “esas señoras van al festival oficial y también a Fuera de Campo porque quieren ver todo. Hoy, que estaba agotada la película de Moguillansky, yo las fui orientando para que fueran a ver La Raulito [película de 1975 dirigida por Lautaro Murúa], en el festival oficial. Hay un cariño al Festival de Mar del Plata que permanece: nosotros creemos que ahora está tomado por una gestión que no valora nuestro trabajo. El norte está puesto en otra cosa, la apertura fue una película con Jennifer López [se refiere a El beso de la mujer araña, dirigida por Bill Condon] cuyo director estaba mal escrito en la invitación a la apertura… Pero nuestro cariño al Festival está intacto: yo, por ejemplo, vengo desde que tengo 14 años”.

En ese sentido, tanto los organizadores de Fuera de Campo como críticos y espectadores en general reconocen que, si bien fue notoria la falta de presupuesto y la ausencia de grandes figuras en la alfombra roja, el Festival de Cine Mar del Plata tuvo también algunos aciertos relacionados con consolidarse como un espacio-vidriera para películas extranjeras, la proyección de cintas clásicas especialmente restauradas y también, siguiendo el modelo de San Sebastián y Venecia, la presentación de series televisivas de próximo estreno. Calle Málaga dirigida por la marroquí Maryam Touzani y protagonizada por Carmen Maura (mejor largometraje de la competencia internacional y mejor interpretación femenina) y Nouvelle vague, ese bellísimo retrato de la época dorada del cine francés de Richard Linklater, fueron de las más celebradas.

De hecho, a sala llena en el histórico cine Auditorium, el film de Linklater se transformó en un involuntario intertexto de la actualidad. Con escenas de Guillaume Marbeck, el actor que interpreta a Godard, diciendo “el fuera de campo es más evocador” y un gráfico que afirmaba que “en solo tres años 162 cineastas franceses hicieron sus primeras películas”, Nouvelle vague se sintió, casi, como un golpe cruzado a la mandíbula. Uno que, sin buscarlo, interpela de lleno al presente de la industria cinematográfica argentina. ~


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