La ópera en apuros /1

Una serie de sucesos históricos que han convertido a la ópera seria en una ópera bufa. 
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Cosa de divas y divos, arte muy heterogéneo que parece requerir la solemnidad como en los arcaicos ¿y arcádicos? ritos sagrados, la ópera no podría prescindir de los personajes e intérpretes desmedidos, de la gesticulación pomposa y de las voces impostadas. A esto quizá se deba el largo anecdotario de errores y accidentes que han disturbado, cuando no destruido, lo sublime de la celebración dramática y musical. 

Dos libros de Hugh Vickers: Great Operatic Disasters y Even Greater Operatic Disasters, tratan de los sucesos casuales que pueden convertir una ópera seria en una ópera bufa. Entre aquellas que más atraen funestos o desopilantes acontecimientos  brilla la vigorosa obra maestra de Georges Bizet. 

He aquí algunos de los resplandecientes casos: 

La Carmen  representada en 1970 en un estadio de Verona era un espectáculo operático/hípico: hubo en escena no menos de treinta y ocho caballos que se movían apretadamente con tal piafante y relinchante nerviosismo que el director de la orquesta, Gian Andrea Gavazzeni, al ver acercarse uno de ellos al foso de los músicos, alzó la batuta en un impulso incontrolado. Al caballo el gesto le pareció de ofensa o de amenaza y se abalanzó, no sobre Gavazzeni, sino sobre los timbales, en los cuales cayó con estruendo aunque sin daño para nadie. El público quedó en silencioso suspense y Gavazzeni, en un murmullo que supuso inaudible para los demás, pero que fue amplificado por la buena acústica del teatro, criticó la labor del director escénico: Quel piccolo finocchi de regista! El aludido le respondió desde la bambalinas con un insulto (tan fuerte que Vickers púdicamente se abstiene de transcribirlo) y los dos empezaron un no melodioso dúo de acusaciones e injurias que regocijó o alarmó al respetable. Pero allí no pararon los incidentes zoológicos. En la misma representación, cuando don José (Franco Corelli) se disponía a matar a Carmen (Grace Brumby), un gatito surgido desde el fondo del coso se acercó al tenor y, acariciante  y dulcemente maullante, se enroscaba contra una de sus piernas como solidarizándose con él. (El público ovacionó el enternecedor momento.) 

Fue, en cambio, con un perro y con una batuta diferente que se enriqueció la Carmen puesta en tablas en Bournemoth (Inglaterra) en fecha no registrada. En medio de la escena de los contrabandistas un enorme perro pastor, que parecía venido ¿a nado? desde los Pirineos, se aventuró al borde del tablado. Algunos espectadores, poco familiarizados con el argumento, creyeron que tal aparición estaba prevista en el libreto y la aplaudieron: ¡qué naturalismo de la puesta en escena! Luego el perro se acercó al director de la orquesta y allí se detuvo como hipnotizado por la batuta, que se movía en la doble tarea de dirigir a los músicos y de expulsar al perro. El animal, habituado a buscar los palos que el amo le lanzaba para que corriera y volviera con ellos en la boca, vio que no le lanzaban el “palo” y se puso a aullar compitiendo con los gritos coléricos y las patadas no muy elegantes de la soprano, furiosa contra aquel inesperado competidor en el Bel Canto. (Hubo que bajar el telón sobre la bochornosa escena.) Otra Carmen catastrófica, ocurrida en Heidelberg (Alemania), la contó el director de orquesta Ian Reid, participante y testigo en ella. En el acto en que don José debe matar a Carmen, el tenor descubrió que había olvidado en el camerino el falso puñal y debió fingir el asesinato de la pérfida llevando las manos al ajeno cuello. La cantante, quizá creyendo que el otro sufría un ataque de demencia, se resistió enérgicamente, aunque, fiel al lema de the show must go on, seguía cantando con voz ronca y temblorosa. (Aquí el público protestó por el exceso de naturalismo.) 

La quizá más hermosa de estas anécdotas vuelve a ser la performance de un caballo. Cuando en 1932 sir Thomas Beechan dirigía Carmen en el venerable Covent Garden (Londres), ocurrió que un viejo jamelgo, veterano figurante muy querido del público, volvió  la grupa a los actores, al director y a la orquesta, levantó espectacularmente la bien peinada cola y dejó caer en el tablado su regalo indiscreto. Todos los presentes en la escena se pinzaron las narices con los dedos, pero sir Thomas alzó la voz: 

–¡Gracias a Dios, al fin tenemos un crítico!

(CONTINUARÁ)

Publicado anteriormente en Milenio Diario.

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