Las memorias póstumas de Machado de Assis

AÑADIR A FAVORITOS

A diferencia del resto de las literaturas latinas de América, fundadas por cronistas desengañados, jurisconsultos soñadores, frailes relapsos, militares divididos entre la pluma y la espada o periodistas patriotas, el padre incuestionable de las letras del Brasil, Joaquim Maria Machado de Assis (1839-1908) fue un escritor algo más que moderno, un auténtico innovador que, de haber sido conocido en la Europa de sus tiempos, pocos lo habrían entendido. Nacido en Río de Janeiro, ciudad de la que nunca se alejó, Machado de Assis tuvo una vida tranquila encaminada hacia el éxito y el reconocimiento. Algo hay de milagroso en la aparición de todo genio y en el caso de Machado de Assis, autor de novelas convencionales y de dramas mediocres hasta bien entrada su existencia, nada parecía preludiar su transformación en un pequeño profeta de la literatura del siglo XX.
     Machado de Assis, de Jorge Edwards, es una estupenda introducción a la obra de un escritor más citado que leído, cuyo legendario prestigio de poco le ha servido para contar, al menos en la lengua española, con lectores y críticos a su altura. Un siglo antes de que Kundera llamase al redescubrimiento de Voltaire y Diderot como narradores, ya Machado de Assis había realizado ese salto hacia atrás, obviando a los maestros decimonónicos y explotando la veta casi infinita del Tristram Shandy (1759-1767) de Lawrence Sterne. Con sus novelas de su madurez, las Memorias póstumas de Blas Cubas (1880), Quincas Borba (1891), Don Casmurro (1899), Esaú e Jacob (1904) y Memorial de Aries (1908), Machado de Assis creó un tipo de narrador que trastornó el canon del realismo y del naturalismo. Dice Edwards: “Inventar un personaje lúcido, libre, dotado de sentido del humor y de ideas personales, no impostadas ni copiadas, que cuenta desde una distancia, que sabe combinar la frialdad con la pasión, no era en absoluto fácil en la América de lengua española o portuguesa del XIX.”
     Acaso Edwards se quede corto y, como dice César Aira en su Diccionario de autores latinoamericanos, Machado de Assis sea el novelista latinoamericano más importante de su siglo, cuya compañía ideal habría sido la de Flaubert y Henry James. Si los temas del escritor brasileño pertenecen a su época —el adulterio, el hombre superfluo, el dinero—, la discreta libertad con la que decidió descomponer sus narraciones pertenecía al futuro, en su calidad de caleidoscopios regidos por una profunda conciencia de la relatividad de la existencia humana.
     Las Memorias póstumas de Blas Cubas, traducidas hace medio siglo en México por Antonio Alatorre, están narradas por un muerto: son una inversión del procedimiento de Sterne y un guiño irónico al sentencioso Chateaubriand de las Memorias de ultratumba. Al escribir su secuela, Quincas Borba, Machado de Assis fue aun más lejos: un polímata a la manera decimonónica, creador de un omnicomprensivo sistema filosófico, hereda a su perro su nombre, y a su compadre su locura sistemática. El relato es delicioso tanto como arduas de resolver son las encrucijadas a las que nos somete. Con el profesor Teufelsdröckh de Sartus Resartus (1833-1834), Carlyle diseñó un personaje semejante a Quincas Borba, pero le faltó el genio narrativo de Machado de Assis para echarlo a andar sin las muletillas de la filosofía que combate. O es cosa de imaginar al Bartleby de Melville, liberado de sus cadenas prekafkianas y convertido en un elegante y ocioso fluminense, para entender a los héroes de Machado de Assis. Y qué feliz habría sido Valéry Larbaud de toparse con ellos.
     Machado de Assis, del novelista y ensayista chileno Jorge Edwards, aparece en “Vidas Literarias”, una colección española inspirada en “Penguin Lives”. Por desgracia, el libro, acompañado de las traducciones de cuentos y fragmentos que hizo el propio Edwards, carece del mínimo aparato bibliográfico que permita al lector guiarse por la mediocre historia de Machado de Assis en castellano, lengua que lo ha traducido de manera poco cuidadosa e intermitente. Frente a la desidia española e hispanoamericana ante el portugués, esta invitación de Edwards algo tiene de acto de reparación. Sin olvidar a Borges, cuyos nexos con el fabulador brasileño me intrigan, los novelistas de la generación de Edwards tienen en Machado de Assis, si no a un precursor, al menos a un maestro secreto que volteó de cabeza el sistema de la novela y que, como Fuentes, Vargas Llosa o el propio Edwards, fue a las fuentes de la tradición europea sin ceder a la tentación del exotismo. Y si hemos de creer al crítico brasileño Antonio Candido, la lección inaugural de Machado de Assis logró que la ficción brasileña naciese poco comprometida con el regionalismo y abierta de origen a la experimentación, al cosmopolitismo.
     Tras leer el Machado de Assis, de Edwards y hacer la relectura de algunos de los libros de Machado de Assis, queda pendiente la cuestión de cómo hizo el brasileño para camuflarse y evadir su condición de visionario. Más allá de la condición periférica del Brasil y del propio portugués (la menos conocida de las grandes lenguas occidentales), Antonio Candido ha ensayado una respuesta. Personaje protegido por un sistema de falsos convencionalismos y convencional funcionario él mismo, Machado de Assis, primer presidente de la Academia Brasileña de Letras, “lisonjeaba al público mediano, inclusive a los críticos, proporcionándoles el sentimiento de que eran inteligentes a precio moderado” (A. Candido, “Esquema de Machado de Assis” en Ensayos y comentarios, México, fce, 1995).
     Esa reserva, llena de cordialidad, hizo pasar a Machado de Assis como un refinado espíritu dieciochesco, un amigo del lector con escasa autoconciencia de la radicalidad de su literatura. Por ello, Machado de Assis vivió las primeras décadas de su posteridad solamente como un gran cuentista a quien, a la manera de Chéjov y Maupassant, le bastaba un detalle accidental para comprender la sinrazón de una vida entera. Y al escribir sus extrañas novelas, el narrador brasileño, sin evolucionar hacia la novela burguesa, retrocedió al cuento filosófico. Y en un abrir y cerrar de ojos, Machado de Assis estaba ante las puertas del castillo de Kafka. ~

    ×  

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: