El sobresalto sostenido que ha significado la irrupción del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y especialmente de su líder ha tenido, al pasar el tiempo, dos efectos contrapuestos que llegan a tocarse uno al otro: las palabras del subcomandante Marcos, el líder, y sus silencios. Del “¿Ya viste lo que dijo Marcos?” alborozado de la izquierda se ha transitado sin dificultad y con desconcierto al silencio del encapuchado: “¿Qué tramará?” “¿Estará enfermo?” “¿Habrá salido del país?” No ha sido sino hasta fecha reciente que Marcos ha terminado por incluir a la izquierda institucionalizada en su discurso, en sus diatribas. Y como podía esperarse, una reacción que va del asombro al enojo ha dominado a los militantes o simpatizantes de aquellas filas que tan cerca han querido sentirse al fin de Los Pinos, o, perdón, de Palacio Nacional. Proclive a mirar las cosas naturalmente confusas de la actividad política en blancos y negros, la izquierda oficial no ha podido entender en la perspectiva de Marcos más que injusticias, cuando no trampas o francamente corrupción (“Con que el Innombrable ya le llegó al precio…”). Algunos, creyéndose arropados en la prudencia y ciertamente desprovistos de argumentos no ya contundentes sino siquiera de mediano fuste, le conceden a Marcos cortés indulgencia (“Está bien, o no, no está bien. Luego veremos. Lo seguro es que no son modos, ni tiempos…”). Encabeza esta lista precavida el candidato de la izquierda institucional, el tabasqueño López Obrador, un hombre de medias palabras, de ideas firmes y no muy abundantes y al que naturalmente deben estropearle los desayunos las embestidas en su contra nacidas en la Selva Lacandona. Que Marcos no distinga al Partido de la Revolución Democrática de los demás partidos ofende a los líderes de la izquierda. Ahora resulta que los indios mexicanos deberían ver con ojos distintos a los panistas y los priistas de los ojos con que deben ver, no sin arrobo, a los perredistas. No le han bastado a Marcos ni a sus representados (sin dietas, es lo cierto) los distribuidores viales, los acuerdos con grandísimos capitantes de la industria y las finanzas (léase capital), la incorporación al equipo primerísimo del candidato mencionado de figuras señeras y claves del salinismo (el innombrablesismo tal vez) ni los trastupijes, chapucerías, corruptelas en fin y sinfín de la vida interna perredista para diferenciar esta vida interna y la actividad de su candidato de otras vidas, otras historias, vidas e historias paralelas según se ve desde Chiapas (y varios otros sitios del país). Entonces, comenzando por su candidato, la izquierda oficial escoge un ropaje político que considera elegante y eficaz: intenta meter debajo de la cama la basura, aplaza hacia una posteridad imprecisa sin remedio el debate con su interlocutor natural, pide que no la estorben en su marcha hacia un país adecuado a su plan alternativo (¿o es al revés?) Quiere convencer de que lo importante ahora es llegar al poder y de que cualquier debate interno (pensando en una izquierda amplia y sin disimulos) no representaría más que una distracción, un desvío, en una palabra, como tanto ha dicho esa misma izquierda en momentos y espacios de la historia que uno pensaría ya rebasados, que cualquier asunto de examen real, de auténtica autocrítica no sería más que “hacerle el juego” al enemigo. Al silencio, al diálogo de sordos es remitida ahora la mirada de Marcos. Sólo que ahora el remitente es la izquierda que parece sentirse ya en la cúspide. –
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