Bárbaros

Desde tiempos antiguos el concepto de “bárbaro” ha sido empleado para justificar intereses políticos. Esta crónica de la Venezuela intervenida por Estados Unidos muestra que incluso los acontecimientos que consideramos actuales entablan una inquietante similitud con otras latitudes y otros siglos.
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Porque ya ha anochecido y no llegan los bárbaros. Y desde las fronteras han venido algunos diciéndonos que no existen más bárbaros. Y ahora ya sin bárbaros ¿qué será de nosotros? Esos hombres eran una cierta solución.
Constantino Cavafis

Cavafis y Coetzee pueden leerse como dos espejos que se confunden: a pesar de las amenazas (reales o inventadas), los bárbaros son necesarios para las autocracias. Son tripulantes de la culpa para muchos de los problemas que la civilización no logra (o no quiere) solucionar. Los bárbaros nos cohesionan. Abren las puertas de la emergencia. Permiten aprovechar una confrontación inexistente para reprimir.

Más de setenta años separan las vidas y los textos de Constantino Cavafis y John Maxwell Coetzee. En Grecia y Sudáfrica ambos trabajaron a partir de dos títulos idénticos, Esperando a los bárbaros, en una idea poderosa: la “civilización” necesita al “bárbaro” para sus fines totalitarios. Anuncias que ya llega a invadirte, pero en el camino tú mismo te conviertes en “bárbaro”. O conviertes en “bárbaro” a tu enemigo para tener patente de corso y comenzar a cazarlo.

Me encuentro en una Caracas inimaginable para un extranjero, sometida a diferentes tipos de tensiones, amenazas, represiones, censuras y autocensuras. Todo ocurre bajo un cielo azul luminoso, bendecido por un clima primaveral eterno. Una capital que ahoga sus angustias e incertidumbres en múltiples diversiones callejeras, como quien huye de lo que no entiende. Una ciudad tropical que sabe disimular sus padecimientos: lo peor está a punto de ocurrir, pero no termina de pasar. O finalmente sucede lo que se ha anunciado largamente, pero entonces nadie se lo cree. Caracas es hoy un caldo de cultivo para los más diversos pronósticos, juegos de palabras o especulaciones disparatadas, que conviene no compartir en público ni a través de redes sociales. Hay algo enigmático en un país que no sabe cómo será el día siguiente.

Mientras Cavafis anota la decepción de quedarse sin enemigo después de una espera prolongada (“Esos hombres eran una cierta solución”), Coetzee muestra el horror que otra sociedad está dispuesta a cometer para mantener viva la idea de ese enemigo. Cuando el comité del Premio Nobel de Literatura en 2003 se refirió a su obra premiada, destacó este libro como “un thriller político en el que la ingenuidad del idealista abre las puertas del horror”.

Coetzee describe cómo la brutalidad de la policía secreta tortura a prisioneros para extraer confesiones sobre una guerra inexistente. Quien abre los ojos ante los desmanes del coronel Joll es el magistrado sin nombre que cumple funciones en un pueblo pequeño ubicado en la frontera del imperio. La paz que vivía ese grupo de habitantes vuela por los aires cuando el imperio declara el estado de emergencia, debido a rumores cada vez más repetidos de que el área podría ser invadida por bárbaros.

Desde septiembre pasado, una capital latinoamericana que es cabeza de playa de un continente tenía a pocos kilómetros la mayor fuerza de guerra desplegada en su historia por un gobierno extranjero y la más importante en el aérea desde 1965. El portaviones nuclear de última generación USS Gerald R. Ford (con capacidad aérea superior a la de cualquier país latinoamericano, incluido Brasil), setenta aviones de combate, nueve destructores, un buque de asalto anfibio USS Iwo Jima, un submarino nuclear de ataque rápido USS Newport News y el destructor de misiles USS Stockdale (DDG-106). Todo este armamento de última generación tecnológica desplegado en aguas del Caribe lucía hasta la madrugada del 2 de enero como una locación cinematográfica inútil. Como los castillos medievales que Hollywood abandonó cerca de Huesca.

Tanto despliegue bélico no era lo único que, frente a Venezuela, llamaba la atención. Se cancelaron la mayoría de los vuelos de líneas internacionales que llegaban y salían del país, por requerimientos de los seguros de esas empresas. Nos dimos cuenta de que no solo estábamos amenazados por armas que destruyen países enteros, sino que además quedamos aislados en 916,445 kilómetros cuadrados. Pero nos empeñamos de todas maneras en simular que la vida era la de siempre y que podíamos disfrutar de las bondades de la ciudad a toda hora.

La palabra “bárbaro” tiene su origen etimológico en la Grecia antigua. La Ilíada da cuenta de ellos. Los helenos la usaban para referirse a quienes no hablaban una lengua conocida. Significaba ‘balbuceador’ (aquel al que no se le entiende lo que dice, blablablá). Los egipcios eran bárbaros. Los romanos utilizaron el término para referirse a los pueblos que atacaban sus fronteras del norte (godos, visigodos, suevos, alanos).

No solo eran extranjeros que no hablaban una lengua conocida: eran también una amenaza. Con el tiempo el término se convirtió en un adjetivo para referirse a cualquiera que sea fiero, cruel, tosco, grosero o inculto. La curva de evolución no deja lugar a dudas: del extranjero que no habla la lengua a fiero, cruel, tosco, grosero, inculto. Son las caras del invasor bárbaro. También refiere lo otro, lo desmesurado, lo que nos produce terror por extraño.

Ahora sabemos que la madrugada del 2 al 3 de enero todo cambió para Venezuela. Hacia las dos de la mañana comenzaron a escucharse explosiones que muchos anunciaban en el horizonte, pero que no terminaban de llegar. Como en Los Ángeles del primer Blade runner, se veían rascacielos humeantes y fuego que brotaba entre las edificaciones. En otros momentos uno podía recordar los helicópteros de Apocalypse now, con generales de cuatro estrellas o miembros del Delta Force que aman el olor del napalm al amanecer. En dos horas asistimos a un escenario de distracción con un número nunca visto de pájaros voladores sobre el fondo majestuoso de Waraira Repano.

Desde agosto pasado, según declaraciones recogidas por The Wall Street Journal, agentes de inteligencia estudiaron “lo que Maduro comía y vestía, dónde vivía y viajaba, ayudado por un ‘activo’ (vaya palabra para un infiltrado) dentro del círculo íntimo del líder venezolano”. Y en ese momento fuerzas de operaciones especiales comenzaron a ensayar cómo extraer al presidente venezolano, en una réplica de su residencia fortificada. Las simulaciones se repitieron una y otra vez.

A las 10:46 p. m. del viernes 2 de enero de 2026, Trump puso en marcha la operación Resolución Absoluta. Debían “apagar” los sistemas de defensa aérea de Venezuela “para garantizar el paso seguro de los helicópteros a la zona objetivo”, declaró el general John Daniel “Razin” Caine, general de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, inversor de capital de riesgo y jefe del Estado Mayor Conjunto.

En ese momento se pusieron en marcha cazas a reacción F-18, F-22 y F-35, aviones de guerra electrónica EA-18 Growler, aviones de mando y control E-2 Hawkeye y bombarderos B-1, que pueden transportar veinticuatro misiles de crucero cada uno, así como drones pilotados a distancia. En Mar-a-Lago, su club de Florida, flanqueado por sus ayudantes, Donald Trump estuvo alerta cuando 150 aviones de guerra volaron desde veinte lugares en todo el hemisferio occidental para llegar a la capital venezolana. Allí un grupo de élite se abrió paso hacia el dormitorio de Nicolás Maduro y Cilia Flores

El presidente de Estados Unidos publicó un mensaje en redes sociales en el que informaba que sus oficiales habían detenido al presidente y a su esposa. Tuvo el efecto de un refucilo, esos relámpagos de resplandor breve y fugaz en un cielo sin truenos. Más tarde, cuando la vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, grabó un audio emitido por Venezolana de Televisión, donde solicitaba la fe de vida del presidente y la primera combatiente, quedó en evidencia que el mensaje de Donald Trump era cierto.

Se olía a la distancia el fin de una operación militar relámpago. Pero en verdad era el comienzo apenas de una trama desconocida para la mayoría de los venezolanos que habían presenciado las explosiones, el ladrido de los perros y el grito de gente que por azar andaba en la calle e intentaba huir de una noche inesperada. ¿Lo que había sucedido era el corolario de una traición? ¿O era el producto de una negociación de la que apenas conocíamos un epígrafe? O estábamos otra vez ante la enseñanza de Lampedusa en El gatopardo: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.”

Recordé entonces una frase de un amigo que me comentó: “Puede que las cosas cambien, pero no necesariamente como la gente espera.” Y se me vino a la cabeza el primer final que Akira Kurosawa intentó plasmar en Los siete samuráis. Después de salvar a los campesinos de los criminales, estos soldados implacables deciden quedarse y convertirse ellos en los nuevos explotadores del pueblo. Ese cierre infeliz, que no funcionó para Kurosawa, se asomó en las palabras de Donald Trump durante la rueda de prensa, cuando explicó que el petróleo venezolano es de Estados Unidos y que ellos ahora administrarán el país.

Se ha intentado investigar si Homero era ciego o mujer. Lo cierto es que pueden haber sido muchas personas en la historia. Más que una entidad humana es una tradición. “La belleza evolutiva de una larga tradición”, diría Adam Nicolson. Y podemos asegurar que tres mil años después somos amantes y víctimas de la violencia que aparece en sus páginas. ¿Que nos enseñan la Ilíada y la Odisea? Que Troya era una ciudad sofisticada y Grecia un asentamiento de bárbaros, los bárbaros de Homero, para quienes solo tiene sentido la venganza y la autoafirmación. Unos bárbaros que pueden querer invadirnos, o ser de los nuestros, los que nos oprimen. ~


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