De-vuelta al museo: Cien del MUAC

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Cuerpo Uno espera para poner el rostro frente a un aparato que se sostiene en un solo pie. La máquina le toma la temperatura, suena un pip: 36.5°, pero nadie está realmente pendiente del resultado. Cuerpo Dos también está formado a unos pasos de distancia en la línea para someterse al mismo procedimiento. Después, pasan a la siguiente máquina dispensadora de gel antibacterial para completar el protocolo de control sanitario que permite la entrada al espacio. Si hubiera una cédula y el nombre pertinente de artista al lado de estos dispositivos, la instalación podría, tal vez, pasar por una pieza más de la colección del Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) que estos cuerpos, el mío y el de mi acompañante incluidos, estamos por visitar.

El museo reabrió en junio sus actividades presenciales con Cien del MUAC y, si lo permite el semáforo epidemiológico, la muestra estará abierta hasta octubre. La coordinación curatorial corrió a cargo de Pilar García. La exposición reúne el trabajo de más de setenta artistas y colectivos reconocidos, cuyas obras conforman parte del acervo universitario. Este está compuesto ya por más de dos mil producciones de trescientos artistas, que datan de 1952 a la actualidad. En el motivo de esta muestra está la colección: por un lado, exhibirla como propiedad pública nacional y, por otro, también posicionarla en la escena global como un digno referente de creaciones plásticas locales.

En la presentación virtual del libro que lleva el mismo título de la exposición, Amanda de la Garza, directora del museo, señaló la enorme responsabilidad y complejidad que se tiene al crear colecciones contemporáneas. Expresó cómo con ellas se construyen genealogías, pero también habló del peligro de sobrevalorar lo inmediato y dar significación a producciones artísticas que tendrían que resistir al tiempo. Inevitablemente, esto me hace pensar cómo las narrativas que se materializan en colecciones, legitiman y refuerzan un sistema que determina lo que es Cultura y la manera en que debemos percibirla, sentirla, experimentarla. Y frente a esto, cómo hacemos fisuras a dichos discursos que se nos imponen, nos nombran y nos dicen cómo debiéramos ser y emocionarnos.

Estamos en la primera sala. Somos pocas personas aún, pero todas con las caras ocultas detrás de las mascarillas. ¿Qué nos dicen nuestros cuerpos ahora que volvemos a estos espacios compartidos con otros, al espacio-museo, concretamente? Se percibe un constante recordatorio de la distancia obligada, resguardándonos del contacto. Nos observamos cuerpos unificados por las medidas sanitarias, confiados, quizás, en que ese pedazo de tela en nuestra cara nos da cierta protección. Algunos incómodos ajustan sus lentes que se empañan, y otras quizá también estén extrañamente agradecidas de no tener que devolverle un gesto a alguien más. Encontrarnos personas desencontradas.

Y ahí, en el inicio del recorrido, la Cascada (1978) de Marta Palau. Se trata de una pieza gigantesca pendida del techo, de la que escurren tubos de medias blancas trasparentes y por las que se suspenden unas borlas de algodón que flotan entre sus conductos. Son un montón de tiras que fluyen y caen. Un torrente que avanza y que, al menos a mí, me provoca el deseo de contacto: las ganas de palpar, colarme entre las telas, derrumbarme sobre las fibras y dejarme gozar. Lástima que este deseo no puede concretarse en los museos que, dicho sea de paso, poseen limitaciones estructurales previas a la pandemia. Busco el código QR en la cédula porque quiero saber un poco más y descubro que el texto dice: “es una de sus obras decisivas: una emisión del deseo femenino que explora nuevas maneras sensoriales de representar el cuerpo”. Sonrío debajo de mi cubrebocas con ganas de que esa sonrisa sea contagiada de manera cómplice con otras en la sala.

Caminamos y transitamos. Paramos mucho tiempo en el Atlas Eidolon (2014) de Erick Beltrán. La instalación genera ruido, todos hablamos si tenemos con quien hacerlo. La pieza inquieta, indigna y maravilla porque reúne fotografías insólitas de los políticos mexicanos, muestra árboles entrelazados del poder y constelaciones de la corrupción, la desigualdad, el extractivismo y la impunidad. Fija imágenes como sistemas gráficos medievales y renacentistas que pretenden hacer memoria de la historia política mexicana. Si te dejas y te dispones a ser receptiva, la obra te remueve los sesos.

Seguimos circulando. Vamos y venimos. Nos encontramos con un rollo de papel larguísimo que registra como fotografía la fuerza de los sonidos, la luna y la vegetación amazónica. Estamos en Amazonagrama no. 3 (2014) de Roberto Huarcaya, y nos volvemos selva dentro del cubo blanco del museo. Luego nos transportamos a Zócalo, Ciudad de México, 22 de mayo, 1999 (1999-2017) de Francis Alÿs, donde vemos videos que registran nuestra huella en la selva urbana, y reímos cuando entendemos de qué se trata.

La exposición es una especie de cauce arqueológico que nos conduce por diferentes momentos del mundo, del país y, a veces, si una se lo permite, de una misma. Pasamos por obras que responden a nombres reconocidos y consagrados en La Historia del Arte Moderno y Contemporáneo en México, así con mayúsculas. Me entero que, en un esfuerzo porque esa Historia no sea solo masculina, la institución ha adquirido producciones artísticas de mujeres y personas de la disidencia para nutrir así su colección y su relato. El desafío es aún enorme. Julieta Aranda, Marcela Armas, Maris Bustamante, Mónica Castillo, Ximena Cuevas, Yolanda Gutiérrez, Silvia Gruner, Perla Krauze, Magali Lara, Teresa Margolles, Mónica Mayer, Marta Palau, Carla Rippey, Lorena Wolffer son algunas de las artistas del acervo. Su presencia en la colección abre la posibilidad de que el museo sea también un lugar de reconocimiento para otras más que estén buscándose en estos espacios.

Después de unas horas acabamos el recorrido. Me descubro, tras año y medio de confinamiento y distanciamiento social, ávida de transitar, mirar, palpar, pausar, experimentar y dejarme emocionar. Me devuelvo a la pregunta: ¿cómo hacemos fisuras que agrieten un sistema que dispone sus modos de ver? Quizás observando el silencio, escucharlo. Jean-Luc Nancy propone en Corpus (1992) que podemos sentir el silencio en nuestros cuerpos no como privación sino como una disposición de resonancia. Ser cuerpo que escucha. Resonar. Tal vez con piezas de museo o con música de la calle, con otros cuerpos, con los espacios, con nosotras mismas. Así, resonar abre la posibilidad de que entre la luz. ~

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