La experiencia de la libertad, el encuentro organizado por la revista Vuelta del 27 de agosto al 2 de septiembre de 1990, fue un momento insólito en la historia intelectual de México. Octavio Paz y Enrique Krauze, al lograr que varios de los protagonistas de las transiciones democráticas que conmovían al mundo interrumpieran por unos días la gran historia que protagonizaban y cruzaran el Atlántico para rendir testimonio entre nosotros, llegaron con puntualidad a una cita histórica de aquellas que pocas veces se cumplen. A menos de un año de la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989 y antes de la disolución de la Unión Soviética a fines de 1991, durante ese verdadero interregno que fue 1990, se juntaron en la Ciudad de México, en aquella fiesta de lucidez, los veteranos (algunos aún jóvenes) de las batallas cuyo fragor estaba desmoronando el edificio del eufemísticamente llamado “socialismo real”.
La memoria editorial de aquel encuentro, La experiencia de la libertad, realizada de manera estupenda por Fernando García Ramírez y agotada hace años, se compone de siete volúmenes con la trascripción entera de las once mesas redondas y un doble apéndice con entrevistas a los principales invitados. Releerla es una segunda experiencia que enriquece el recuerdo vivo de aquel encuentro de la libertad.
Las naciones mejor representadas fueron, no en vano, aquellas que habían tomado la delantera en la restauración democrática: Polonia y Hungría. Encabezados por Leszek Kołakowski (1927-2009), uno de los grandes filósofos contemporáneos y autor de Las principales corrientes del marxismo (1978), quizá el libro indispensable para seguir el derrotero del siglo, vinieron Bronisław Geremek (1932-2008), Adam Michnik (1946) y el poeta Czesław Miłosz (1911-2004), Premio Nobel de Literatura en 1980.
Junto a los polacos ligados al mundo de Solidaridad, el sindicato obrero que acabó de poner de cabeza a Marx y al marxismo al convertir el movimiento obrero en la esencia de la oposición a un Estado que se tenía, por definición, como proletario, estaba un matrimonio húngaro, el compuesto por Ágnes Heller y Ferenc Fehér. “Una alianza intelectual”, los llama Isabel Turrent en la entrevista que les hizo. Si Geremek y Michnik representan la manera en que, siguiendo un camino original, la intelectualidad polaca se ligó con la revolución democrática en los años setenta, Heller y Fehér, discípulos bienamados de Lukács, vienen de más lejos: del marxismo clásico occidental que se torna irrecuperable para la ortodoxia tras la revuelta húngara de 1956.
Tras los polacos y los húngaros (a los que hay que sumar al economista János Kornai) aparecían los representantes de la antigua Checoslovaquia, que, ante la ausencia, muy lamentada, de Milan Kundera, viejo amigo de Vuelta, eran el novelista Ivan Klíma (1931-2025) y Valtr Komárek (1930-2013), conocido por haber sido asesor económico de Ernesto Guevara y la voz más atendida cuando se hablaba de la transición a la economía de mercado. De Rumania asistió el narrador Norman Manea (1936), hasta la fecha colaborador de Letras Libres. De Cuba, un emotivo Carlos Franqui (1921-2010), el doble cronista de la Revolución cubana: de las ilusiones forjadas por su victoria y de la manifestación, sobre todo a partir de 1968, de su verdadera naturaleza.
Mención aparte merecen los escritores soviéticos que vinieron al encuentro y cuyo testimonio aparece en La experiencia de la libertad. Para empezar, todavía –con la excepción del poeta lituano Tomas Venclova (1937)– aquellos escritores eran ciudadanos soviéticos y lo serían por quince meses más. No hablaban, ni Vitaly Korotich (1936) ni Nikolái Shmelev (1936-2014) ni Tatiana Tolstaya (1951), con la distancia (y la libertad) que a los polacos, por ejemplo, les daba ser parte de un movimiento democrático que había vencido en las urnas al régimen comunista. Korotich era director de Ogoniok, una de las tribunas de la glásnost, y él, como Shmelev y Tolstaya, apostaban por el éxito de la perestroika.
Al lado de Paz, la figura sin cuya irradiación intelectual y prestigio internacional hubiera sido imposible reunir ese quorum, acaso la figura más vivaz del encuentro fue Cornelius Castoriadis (1922-1997), el infatigable heterodoxo grecofrancés. Fulminante en la crítica del llamado socialismo real y de las herejías que se negaban a ir a la raíz de la falsificación, Castoriadis no se ahorraba nada en voluntad de utopía: las sociedades capitalistas avanzadas le parecían invivibles e irrespirables y ante la democracia parlamentaria –defendida, en el encuentro, por los liberales– reivindicaba la nunca del todo agotada democracia directa, que arribaría al nuevo siglo nutrida por el ecologismo. Junto a la voz un tanto opaca, oracular, de Kołakowski, y a la inteligencia penetrante de los húngaros, la alegría de aquel encuentro fue Castoriadis, feliz, griego al fin, discutiendo en el ágora.
De Estados Unidos vinieron dos neoyorquinos legendarios, Daniel Bell (1919-2011) e Irving Howe (1920-1993), el teórico de la sociedad postindustrial y el crítico literario, que en sus diferencias sostuvieron la pertinencia de seguir siendo socialistas y democráticos, definiciones (o etiquetas) que exasperaban, dado su uso prostituido, a no pocos de los intelectuales del mundo poscomunista. Un tercer neoyorquino invitado fue otro intelectual judío: Leon Wieseltier (1952), ya entonces director literario de The New Republic. No poca importancia tuvo Jean-François Revel (1924-2006) en los debates, el solitario hombre de letras que vindicó al maldecido liberalismo francés y se opuso a la modosa y taquillera filosofía universitaria, al “estado de revolución permanente” impuesto por los maîtres à penser.
De Italia estuvo el filósofo Lucio Colletti (1924-2001), de intervenciones magistrales y amargas. De España, el novelista Jorge Semprún (1923-2011), sobreviviente de Buchenwald, conspirador antifranquista, uno de los más carismáticos disidentes del comunismo en Occidente, en ese entonces ministro de Cultura de Felipe González. De Brasil, una inteligencia finísima que moriría meses después del encuentro, José Guilherme Merquior (1941-1991), el crítico de Foucault y del estructuralismo. También murió prematuramente el filósofo venezolano Juan Nuño (1927-1995), convocado, a su vez, en la reunión. De Canadá vino Michael Ignatieff (1947), discípulo y biógrafo de Isaiah Berlin. De Chile, el novelista Jorge Edwards (1931-2023), quien era y es como de casa. De Alemania, el filósofo Peter Sloterdijk (1947), que en aquel año no gozaba de la popularidad mediática y académica que tiene actualmente. Cierran mi recuento dos ingleses, Hugh Trevor-Roper (1914-2003) y Hugh Thomas (1931-2017), historiador de la conquista de América (y de la Guerra Civil española y de la Revolución cubana), que le dieron al encuentro lo que se esperaba, idiosincráticamente, de ellos: la flema insular, cierto desapego escéptico ante el entusiasmo de los revolucionarios –¿qué otra cosa sino revolucionarios eran el joven Michnik o Ágnes Heller?– húngaros y polacos.
Es importante decir que, salvo Mario Vargas Llosa (1936-2025), los invitados no eran interlocutores conocidos en América Latina y eso dio al encuentro televisado una resonancia pública que rebasó al puñado de profesores o de buenos lectores que conocían, por haberlos leído, a Kołakowski, a Heller, a Sloterdijk, a Colletti. Ello provocó que los anfitriones –Paz (1914-1998), Krauze (1947), Eduardo Lizalde (1929-2022), Alejandro Rossi (1932-2009), José de la Colina (1934-2019), Isabel Turrent (1947-2025), Alberto Ruy Sánchez (1951), Jean Meyer (1942) y Jaime Sánchez Susarrey (1961-2023)– fueran, al mismo tiempo, padrinos.
Junto a académicos y periodistas independientes, como Josué Sáenz (1915-2004), Rafael Segovia (1928-2018) y Juan María Alponte (1924-2015), o a esa rara avis mexicana que fue Carlos Castillo Peraza (1947-2000), de breve y brillante intervención, tuvieron en el encuentro un papel protagónico los invitados que representaban a la izquierda mexicana, la mayoría, entonces, plumas prominentes de la revista Nexos, como Luis Villoro (1922-2014), Héctor Aguilar Camín (1946), Arnaldo Córdova (1937-2014), Carlos Monsiváis (1938-2010) y Rolando Cordera (1942). Caso aparte merece la presencia, estoy a punto de decir que quijotesca, de Adolfo Sánchez Vázquez (1915-2011), el decano del marxismo en México, quien tomó sobre sus espaldas la defensa no tanto del marxismo (creo que Castoriadis y Howe murieron siendo, a su manera, marxistas) sino de la irresponsabilidad de las ideas de Marx frente al socialismo que se hundía. Pese a que fue quien más habló –lo corroborará quien lea completa La experiencia de la libertad–, a Sánchez Vázquez le tocó representar –así lo reconoció gallardamente Castoriadis– el honor de la minoría. El esfuerzo dialéctico de Sánchez Vázquez, en ese entonces, se extraña en la prosa diaria de los leninistas sin marxismo que hoy adulan a los demagogos y a los caudillos que recogieron los bártulos.
Los protagonistas del encuentro fueron, esencialmente, recordando que el mayor era Paz, los intelectuales nacidos durante la década de los años treinta, a quienes tocó vivir, en la primera juventud, el cenit del victorioso imperio soviético emergido de la Segunda Guerra Mundial y las primeras manifestaciones de su derrumbe: la muerte de Stalin, el XX Congreso del PCUS, la revuelta de Hungría y la invasión de Checoslovaquia, la frustración emanada de la Revolución cubana. Estaban, en aquel interregno de 1990, a la vez asombrados y felices; la escena, increíblemente, era suya y la ocuparon en plena madurez política e intelectual. Socialistas democráticos y socialdemócratas algunos, pensadores cristianos o filósofos sin otra obediencia que el libre examen, liberales más perfilados y ortodoxos otros, poetas perseguidos y militantes democráticos de origen marxista, los participantes en el encuentro, además, pudieron hablar entre sí. Para algunos ese respiro fue muy provechoso.
El asunto central fue, como es evidente, la caracterización de lo que había sido el comunismo y cuál sería el destino nacional de esos países tras lo que Heller llamó, a la inglesa, las Revoluciones Gloriosas. La pretensión de Sánchez Vázquez de librar a Marx y al marxismo, en su pureza, de la contaminación de la experiencia realizada en su nombre, haciendo de la perestroika un nuevo principio, fue vivamente refutada. No sin cierto dejo nacionalista, Kołakowski le dijo al profesor hispanomexicano que era el movimiento de Solidaridad el que había desencadenado las fuerzas de Gorbachov y no al revés; los bolcheviques, afirmaba Kołakowski, habían aplicado, a grandes rasgos, la doctrina de Marx. Colletti agregó que el leninismo era, dicho en términos hegelianos, la plena realización del marxismo. Más duro, si cabe, fue Revel: “Los marxistas dicen que lo que se hizo no fue marxismo, y piden otra oportunidad. Yo les contesto: no. El socialismo ha podido experimentar sus ideas sobre más de dos mil millones de seres humanos, sobre los cuales ejerció un poder absoluto. Ningún otro sistema ha tenido semejante oportunidad.”
No es meramente académica la discusión sobre lo que hay de Marx en Lenin, dijo Paz, pues remite a otra, la que interroga a la Revolución francesa sobre su maternidad sobre el Terror jacobino. Los latinoamericanos fueron enérgicos sobre ese punto: falló “el marxismo in toto”, opinó Nuño, y Merquior aseguró que “nos guste o no, el socialismo como tradición filosófica debe ser, en alguna medida –y yo diría que en gran medida–, castigado: debe pagar el precio del socialismo real”.
La mayoría se cuidó de profetizar. Era lógico: ¿quién se habría atrevido a hacerlo, en ese 1990, cuando apenas un año antes había caído el Muro de Berlín y Václav Havel había sido electo presidente de Checoslovaquia? Se temía, durante el encuentro, por las consecuencias catastróficas planetarias que tendría la desintegración territorial de la URSS. Ocurrió que el costo humano de la implosión fue relativamente bajo y que la balcanización se trasladó a los Balcanes, de cuya inminente hecatombe, en Yugoslavia, apenas se habló. Los invitados soviéticos estaban obligados a ser optimistas en ese verano de 1990 y, más allá de lo que pensaran de Gorbachov, se respiraba, en aquellos estudios de televisión donde transcurrió el encuentro, que su presencia garantizaba la democratización, en orden, de la URSS. Borís Yeltsin aparece muy poco en los índices onomásticos de La experiencia de la libertad. Putin no estaba en el horizonte de nadie. El lituano Venclova confesó no creer en la posibilidad de una Rusia próspera y democrática ni concebir un lugar para sí mismo en ella.
La gran ausencia fue China. Si en ese entonces se les hubiera dicho a los ponentes, y a su público, que el gran artífice de la metamorfosis del comunismo no sería el fotogénico liberador Gorbachov (1931-2022), de destino tan agridulce, sino el discreto y paciente Deng Xiaoping (1904-1997), seguramente se habrían reído, entre azorados y nerviosos. La nota periodística se la llevó Vargas Llosa al llamar, al régimen mexicano, “la dictadura perfecta”. Conviene releer esas páginas. Paz, respaldado por Castoriadis, consideró inexacta e inadecuada una caracterización que obviaba las peculiaridades que incluso los críticos del pri teníamos a bien presumir como únicas. Los rasgos autoritarios del sistema eran los mismos enumerados por Vargas Llosa y Paz (y por Krauze, que terció en la discusión) pero había una diferencia esencial en los matices, que en el caso de Paz tenían, cómo dudarlo, una dimensión autobiográfica. No solo apreciaba el poeta como valiosísima la ausencia, en México, del terror (y del terror ideológico) propio de las dictaduras del siglo, sino, como hijo de la Revolución mexicana, prefería verla bajo el motivo dramático de la revolución traicionada y no de la dictadura. Era propio de esa generación conservar cierta confianza metafísica en la Revolución mexicana, sin abandonarla en el patibulario desván de las dictaduras. José Revueltas había llamado, en un ensayo clásico de 1957, una “democracia bárbara” a nuestro autoritarismo. Conceptualmente, en aquel encuentro de 1990, era más exacto Paz; la definición del novelista peruano era muy oportuna políticamente e ilustraba una urgencia que Paz no compartía. El debate ocupó su lugar en ese conflicto, tan latinoamericano, entre la esencia y las apariencias. Vargas Llosa tocó una fibra muy sensible de Paz. Eso fue muy notorio para quienes estuvimos allí ese día.
En fin, recordando ese verano de 1990 y leyendo lo que entonces se dijo se me vienen a la memoria aquellas líneas de Heine en que habla sobre cómo, a veces, ciertos héroes, alados y presurosos, nos visitan en casa cuando van en el camino de regreso del exilio. ~
La versión completa de este ensayo apareció en la edición de noviembre de 2009 de Letras Libres.
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