El Dr. Atl en El Colegio Nacional

La exposición “Dr. Atl: este es mi verdadero nombre” reúne cartas, ilustraciones, ensayos, fotografías, manifiestos y textos que en su conjunto construyen la imagen de un personaje ecléctico, voraz en su curiosidad y en sus obsesiones.
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Entré a la exposición Dr. Atl: este es mi verdadero nombre, curada por Luis Rius Caso en El Colegio Nacional, esperando encontrarme con obras que muchos tenemos en mente cuando pensamos en el pintor tapatío: volcanes estallando, colores encendidos, amaneceres sobre el Popocatépetl. Y sí, ahí estaban, entre otras piezas, La ola (1916), Amanecer en el Popocatépetl (1943), gouaches del Iztaccíhuatl, así como varios autorretratos y su célebre lienzo de Nahui Olin (1940). Pero lo que más llamó mi atención fue descubrir materiales de diversa índole –cartas, portadas de libros e ilustraciones, ensayos, fotografías, manifiestos y textos– que rara vez circulan en muestras y que en su conjunto construyen la imagen de un personaje ecléctico, voraz en su curiosidad y en sus obsesiones, complejo. “Una vanguardia de locura cosmogónica y desfachatez”, en las palabras del crítico literario Christopher Domínguez Michael, uno de los coordinadores de la exposición junto a Felipe Leal.

El recorrido abre con correspondencia relacionada a la entrada de Dr. Atl a El Colegio Nacional en 1951. En una carta fechada el 7 de noviembre de 1950, el también crítico literario José Luis Martínez, entonces secretario administrador, le informa formalmente de su designación como miembro titular. La carta va dirigida a “Sr. ‘Dr. Atl’, Gerardo Murillo”. Unos meses después, el 5 de marzo del siguiente año, Dr. Atl escribe a El Colegio Nacional suplicando que lo llamen por “su verdadero nombre”: “Si la divinidad –esa entidad intangible e incognoscible– asume diversos nombres, ¿por qué negarle a un simple mortal el derecho de llamarse como se le antoje?” Más adelante: “Yo fui el ignorado hasta que una tormenta me envolvió con su furia en el Atlántico, y ahora soy el Dr. Atl.”

En juego está mucho más que una tormenta en medio del océano. Atl compara su puesta a prueba con la conversión de Saulo en el apóstol Pablo. Romper con Gerardo Murillo –el “otro” que dice haber desaparecido “en una explosión de fuerza nuclear”– significaba convertirse en un apóstol de las vanguardias artísticas y de las nuevas corrientes científicas y filosóficas. Su conversión, sin embargo, encierra a la vez una afirmación de orígenes. “Atl”, vocablo náhuatl que quiere decir agua, fusiona los muchos mundos a través de los cuales se mueve el personaje: lo local y lo universal, lo indígena y lo internacional, el presente eterno de lo elemental y el pasado prehispánico, ciencia y ficción, folclore y vanguardia.

Según una descripción atribuida a Diego Rivera, Dr. Atl fue “uno de los personajes más curiosos que han nacido en la modernidad del continente americano. Tiene la historia más pintoresca de todos sus pintores. Imposible tratar de relatarla sin emplear varios tonos”. Hacer una exposición sobre un personaje tan multidimensional enfrenta un reto evidente. La curaduría opta por organizarlo en distintos núcleos que representan los diversos mundos desde los cuales Atl se inventó a sí mismo: su escritura, sus especulaciones antropológicas, y, sobre todo, su vulcanología.

Gerardo Murillo nació en Guadalajara en 1875. Frecuentó el taller de Félix Bernardelli antes de viajar a la Ciudad de México para estudiar en la Academia de San Carlos. En 1897 obtuvo una beca del gobierno de Porfirio Díaz y un apoyo económico del gobierno de Jalisco para estudiar en Europa. En un momento en que José María Velasco era el canon, Atl –inspirado por los viajes donde descubrió el japonismo que revolucionó el arte a inicios del siglo xx y también por las estampas japonesas que vio por primera vez en casa de José Juan Tablada– propuso una nueva forma de pensar el paisaje. Mientras Velasco buscaba una representación meticulosa, con profundidad y perspectiva clásica, Dr. Atl rompía con esa tradición mediante planos de color yuxtapuestos, contornos simplificados y composiciones más abruptas. Así, la línea del ukiyo-e –“pinturas del mundo flotante”, movimiento artístico que surgió en Japón durante el periodo Edo y se basa principalmente en grabados que representaban la vida urbana– comenzó a mezclarse con su impulso de sintetizar las formas. De esa fusión nació lo que él mismo bautizó como “signismo”, definido como “la deducción rigurosamente lógica de las manifestaciones universales… expuesta sintéticamente en forma de signos representativos”. Este encuentro se vuelve especialmente evidente en el núcleo de la exposición “Un vanguardista en la cúspide del Popocatépetl”. En esta sección, obras como Les volcans du Mexique, las vistas del Iztaccíhuatl y otros paisajes a la japonesa revelan cómo Atl logró comunicar lo profundamente local con un lenguaje visual universal.

Los volcanes son, por supuesto, su tema más recurrente. De este interés surge la obra que la exposición reúne en el núcleo Vulcanología y recursos naturales: libros dedicados al oro y al petróleo. Algo particularmente revelador de esta sección son las fotografías del Dr. Atl tomadas por Armando Salas Portugal, en las que aparece junto al arquitecto Luis Barragán en los jardines del Pedregal. Estas imágenes, junto con otros retratos del artista-científico realizados por Lola Álvarez Bravo, ayudan a construir su figura dado que revelan su postura, su mirada y su presencia. Sin embargo, lo que protagoniza esta sección son las vistas del Popocatépetl, los gouaches, los dibujos realizados a pie de cráter y una serie de vitrinas llenas de libros y cuadernos que documentan su obsesión científica.

El núcleo incluye publicaciones dedicadas al Paricutín –Volcanes de México. La actividad del Popocatépetl (1939), Un tratado de geología dinámica: el Paricutín (1947) y Cómo nace y crece un volcán. El Paricutín (1950)– junto con títulos como Oro más oro (1936) y Petróleo en el valle de México (1938), que muestran la amplitud de sus intereses en torno a los recursos naturales. Cuando nace el Paricutín –el volcán más joven de México– el 20 de febrero de 1943 en Michoacán, Dr. Atl se instala en sus faldas para observar el fenómeno en toda su evolución y magnitud. Durante dos años analiza, dibuja, pinta y escribe lo que se convertirá en una monografía clásica sobre el nacimiento y crecimiento del volcán, un verdadero regalo de la naturaleza para él. Sus observaciones son valoradas por geólogos y científicos, su interés por este nuevo volcán termina desviando su atención de la política –donde había asumido posturas extremistas, incluido el nazismo– para dirigirla nuevamente hacia la vulcanología.

Es en el cono de un volcán donde Dr. Atl situaría, años después, su ciudad ideal: Olinka, una utopía en la que artistas, científicos e intelectuales pudieran regenerarse. Imaginó museos, teatros, un estadio asentado en un cráter y hasta un Templo al Hombre destinado a promover una renovada espiritualidad. Este proyecto se despliega en el núcleo Especulaciones antropológicas y proyecciones utópicas: un grito en la Atlántida y Olinka a través de los dibujos que acompañan el libro Olinka, ciudad ecuménica, de Jacobo Königsberg, así como de una serie de nueve fotomecánicos que muestran las interpretaciones arquitectónicas del autor para la ciudad ideal del Dr. Atl. Los dibujos que acompañan el libro revelan hasta qué punto los ideales políticos y artísticos del Dr. Atl se proyectaban en esta ciudad utópica. Junto con Un grito en la Atlántida (1947) –libro ilustrado en el que mezcla la leyenda de la isla perdida con vocablos en náhuatl– y su folleto Crear la fuerza (1952) –otra reflexión sobre su ciudad ideal– estas aproximaciones a la ciencia ficción constituyen uno de los aspectos más inesperados de la exposición.

Al salir de Dr. Atl: este es mi verdadero nombre queda claro que detrás del famoso pintor de volcanes había un hombre lleno de contradicciones, delirios y una enorme energía creativa. Su curiosidad, que llegaba hasta la obsesión, le permitía vivir en distintos mundos simultáneamente. Dr. Atl fue un personaje inagotable, capaz de moverse entre múltiples terrenos: pintar, escribir, teorizar, proponer ciudades ideales, levantar manifiestos, estudiar volcanes e incluso explorar la ficción especulativa. ~


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