El humor amargo de Jonathan Swift

Pocos libros han nutrido tanto la imaginación colectiva como Los viajes de Gulliver. En el tricentenario de su publicación, una relectura de la obra capital de Jonathan Swift muestra que su forma de utilizar el enfrentamiento ideológico y la relación entre lenguaje y política nos ayuda a entender los debates que tenemos hoy.
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El genio de Jonathan Swift consistía en hacerse entender por todo el mundo. Era tan exigente con la claridad de su prosa que en una ocasión hizo que les leyeran sus textos en voz alta a dos criados. Mientras escuchaban cada párrafo, él comprobaba qué entendían y qué no, y corregía hasta que el pasaje resultaba perfectamente claro para los mozos de librea. Esa preocupación por el lector común convirtió a Swift en uno de esos escritores a los que se cita en las situaciones más cotidianas. Cuando el estudioso de Swift Irvin Ehrenpreis trabajaba en la biblioteca de Dublín, un joven empleado de las estanterías le preguntó a qué autor investigaba. “Ah, sí”, dijo el chico al oír el nombre de Swift, “quema todo lo inglés menos el carbón”.

La sencillez de Swift se convirtió en su mayor influencia sobre los escritores posteriores. T. S. Eliot afirmó en alguna ocasión que las Cartas del pañero eran indispensables “para cualquiera que quisiera conocer bien la literatura inglesa”. Adam Smith parece haberlas admirado también. Sabemos que situaba a Jonathan Swift entre los mejores escritores, y este fragmento de la primera carta sin duda lo influyó:

En lo que a mí respecta, ya sé lo que voy a hacer; tengo una tienda bien surtida de tejidos y sedas irlandesas, y en lugar de aceptar el mal cobre del señor Wood, pienso trocar con mis vecinos los carniceros, los panaderos, los cerveceros y los demás.

Eso escribía Jonathan Swift en 1724. Adam Smith escribiría en 1776, en un pasaje célebre, sobre nuestra propensión a trocar y comerciar, y sobre el interés propio del carnicero, el cervecero y el panadero. Este pequeño eco es característico de la enorme influencia de Swift sobre quienes vinieron después. Es el manantial humilde de un gran río. Casi todo el mundo conoce algo de Swift. La mayoría de los niños han visto alguna ilustración, si no una película, de Gulliver atado por los liliputienses. Samuel Johnson, notoriamente hostil a Swift (era su gran rival), decía que una vez que uno había imaginado a los hombres pequeños y a los hombres grandes todo lo demás salía de forma natural. Pero no es así.

El placer de leer a Swift reside en que su sencillez no tiene nada de simple. Como muestra la cita elegida por aquel empleado de biblioteca (tomada del panfleto de 1720 Una propuesta para el uso universal de los productos irlandeses), Swift era feroz en defensa de una causa justa. Le encantaba dejar que una frase o un párrafo se fueran desplegando, como una mosca que traza círculos concéntricos sobre el lugar donde va a posarse, para golpear al final con un chasquido. Veamos la descripción de cómo los liliputienses disponen su escritura en la página:

Por ahora diré poco de su saber, que durante muchas épocas floreció en todas sus ramas entre ellos: pero su modo de escribir es muy peculiar, pues no es de izquierda a derecha, como los europeos, ni de derecha a izquierda, como los árabes, ni de arriba abajo, como los chinos, sino en diagonal, de una esquina del papel a la otra, como las damas de Inglaterra.

Swift es un maestro de la acumulación lenta y el giro repentino que convierte una enumeración inocente en un remate feroz. Los viajes… se estudia a menudo como un libro de ideas, y sin duda lo es, pero también es un libro tremendamente divertido. El humor es esencial para su arquitectura moral.

El primer libro, la visita al país de los enanos liliputienses, es una sátira sublime de las maquinaciones de la política. Trabajé dos años en el parlamento británico y lo encuentro desternillante, mejor incluso que P. G. Wodehouse. Como experimento durante un viaje en tren particularmente deprimente, el año pasado escuché una versión en audiolibro narrada por David Hyde Pierce (el actor que interpretaba a Niles Crane en Frasier). Pierce capta los ritmos a la perfección, y me encontré muerto de risa en la estación de Charing Cross. Swift se presta especialmente a la lectura en voz alta y es de suponer que seguirá ganando lectores en esta nueva era del audio y el vídeo.

El humor político del primer libro sigue siendo sorprendentemente pertinente. En Liliput, Gulliver recibe la visita de Reldresal, secretario principal de asuntos privados, que le explica que el país está asolado por el sectarismo político. Le cuenta que “durante unas setenta lunas ha habido en este imperio dos facciones en pugna, llamadas Tramecksan y Slamecksan, por los tacones altos y bajos de sus zapatos, que son su distintivo”. Se cree que el rey favorece a los de tacón bajo, pues “los tacones imperiales de su majestad son al menos un drurr más bajos que los de cualquiera de su corte (el drurr es una medida equivalente a la decimocuarta parte de una pulgada)”.

Lo mejor está por llegar. El enfrentamiento de las dos facciones es tan intenso que ni siquiera pueden comer juntas. Los de tacón alto son más numerosos, pero los de tacón bajo tienen todo el poder. Aunque eso podría cambiar porque el hijo del rey, el heredero al trono, tiene “uno de sus tacones más alto que el otro, lo que le produce un bamboleo al caminar”. Se sabe que la esposa del verdadero heredero al trono encontró este pasaje desternillante cuando se publicaron Los viajes… Reldresal pasa luego a relatar las terribles guerras civiles religiosas que ha sufrido Liliput, todas por una disputa sobre si un huevo debe abrirse por el extremo ancho o por el estrecho. El remate verdadero llega cuando se nos revela el texto religioso que inspira esa disputa: “que todos los creyentes verdaderos rompan sus huevos por el extremo que resulte más cómodo”.

En cada uno de los tres primeros viajes de Gulliver, esta simplicidad engañosa produce un gran placer. Cuando el palacio del rey de Liliput se incendia y a Gulliver se le ocurre apagarlo orinando sobre él, podemos concluir, como decía mi antiguo tutor universitario, que a Swift no le importa mear fuera de tiesto. Pero el humor se va oscureciendo a medida que avanzamos. En Brobdingnag, la reina y su enano se divierten groseramente a costa de Gulliver (que es un enano para ellos). En varias ocasiones, mientras la reina se entretiene, Gulliver está en peligro. Cuando, en el tercer viaje, conoce a los magos capaces de invocar a cualquier difunto a voluntad, una de las peticiones de Gulliver es política.

Pedí que el Senado de Roma apareciera ante mí en una gran sala, y una asamblea representativa moderna frente a él, en otra. Los primeros parecían una reunión de héroes y semidioses; los otros, una pandilla de buhoneros, carteristas, salteadores de caminos y matones.

Aquí el remate cómico ya no hace gracia. Llamar al parlamento inglés “una pandilla de buhoneros, carteristas y salteadores de caminos” tiene su mérito, y es el tipo de frase con que los llamados satiristas modernos siguen llenando sus días. El añadido final de “matones” tiene el mismo efecto de rematar la lista con un giro, pero ahora es un quiebro brusco que se aleja del humor. Swift bromea, pero lo dice en serio. En un poema escrito hacia el final de su vida, Swift dice que “fustigó el vicio”. En pasajes como este, uno se va riendo y de pronto siente el latigazo al final.

Esto es una inversión del patrón anterior. En la primera parte de Los viajes…, lo serio se vuelve hilarante, mientras que en la tercera, cada vez más, lo gracioso se vuelve sombrío. A su llegada a Laputa, Gulliver observa la práctica del golpeo. Los laputanos están tan absortos en sus especulaciones abstractas que, a menos que un criado les golpee la cara con una vejiga llena de guisantes, “no pueden hablar ni atender al discurso de los demás”. La historia está llena de anécdotas sobre grandes hombres de ideas incapaces de realizar las tareas más sencillas, como J. S. Mill, que supuestamente no sabía parar un taxi o encontrar asiento en un tren sin mucho titubeo y angustia. El humor de Swift lleva a los laputanos al extremo más absurdo de este tópico cómico.

Y la tarea de este funcionario es, cuando dos, tres o más personas están reunidas, golpear suavemente con su vejiga la boca de quien va a hablar y la oreja derecha de aquel o aquellos a quienes se dirige el hablante. Este golpeador está también encargado de acompañar diligentemente a su amo en sus paseos y de darle de vez en cuando un golpecito en los ojos; porque está siempre tan ensimismado que corre el evidente peligro de despeñarse por cualquier precipicio, de golpearse la cabeza contra cada poste y, en la calle, de empujar a otros o de ser empujado él mismo hacia la cuneta.

“Cuneta” produce el efecto swiftiano habitual: el humor se acumula lenta e implacablemente hasta esa imagen final del “especulador intenso” arrastrado por la cuneta. Pero el chiste no puede durar mucho. De este tipo de ensimismamiento estrecho resulta una miseria humana muy real. En su recorrido por Laputa, Gulliver se topa con toda una serie de horrores.

Sus casas están muy mal construidas, con las paredes en bisel, sin un solo ángulo recto en ninguna habitación; y este defecto se debe al desprecio que sienten por la geometría práctica, que consideran vulgar y mecánica; las instrucciones que dan son demasiado refinadas para el entendimiento de sus obreros, lo que ocasiona constantes errores. Y aunque son suficientemente diestros sobre el papel, en el manejo de la regla, el lápiz y el compás, en la conducta y el comportamiento ordinarios de la vida no he visto gente más torpe, desmañada e inhábil, ni tan lenta y confusa en sus concepciones sobre cualquier tema que no sea las matemáticas o la música.

Y sus preocupaciones sobre los cielos les provocan una angustia perpetua.

Esta gente vive en continua inquietud, sin disfrutar un minuto de paz mental; y sus perturbaciones proceden de causas que apenas afectan al resto de los mortales. Sus temores nacen de varios cambios que aguardan en los cuerpos celestes: por ejemplo, que la Tierra, por el continuo acercamiento del Sol hacia ella, deba con el tiempo ser absorbida o engullida; que la superficie del Sol quede poco a poco cubierta por sus propios efluvios y deje de iluminar el mundo; que la Tierra escapó por muy poco del roce con la cola del último cometa, que la habría reducido infaliblemente a cenizas; y que el próximo, que han calculado para dentro de treinta y un años, probablemente nos destruya.

Swift se burla, pero ¿nos reímos? Estas preocupaciones impiden a los laputanos dormir tranquilos o “saborear los placeres comunes” de la vida. Lo primero que hacen cada mañana es preguntarse por la salud del Sol. Tienen un apetito profundamente irracional por estas especulaciones aunque los mantengan en un estado de angustia constante. Swift escribe: “Esta conversación la emprendían con el mismo ánimo que los niños cuando disfrutan oyendo historias de terror sobre espíritus y duendes, que escuchan con avidez y luego no se atreven a irse a la cama del miedo.” De nuevo, esto tiene el carácter de una broma, pero a estas alturas se ha vuelto demasiado oscuro para disfrutarlo del mismo modo que los disparates de Liliput. Cuando Gulliver desciende de la isla volante de Laputa a la ciudad de Lagado, que está debajo, las condiciones son verdaderamente miserables.

A la mañana siguiente a mi llegada, me llevó en su carruaje a ver la ciudad, que tiene aproximadamente la mitad del tamaño de Londres; pero las casas estaban construidas de modo muy extraño y la mayoría en ruinas. La gente en las calles caminaba deprisa, tenía aspecto salvaje, con la mirada fija, y en general iba harapienta. Atravesamos una de las puertas de la ciudad y nos adentramos unas tres millas en el campo, donde vi a muchos trabajadores […] Nunca había visto una tierra tan mal cultivada, casas tan mal trazadas y tan ruinosas, ni un pueblo cuyos semblantes y modo de vestir expresaran tanta miseria y necesidad.

Todo esto está tomado directamente de la Irlanda que Swift observaba a su alrededor cada día. El cristianismo firme y pragmático que subyace a todo lo que escribe quedaba profundamente escandalizado por la terrible miseria humana causada por la dominación política inglesa de Irlanda: el gobierno británico era como Laputa, sobrevolando sus dominios, amenazando con aplastarlos, dejando a la gente hambrienta, salvaje y andrajosa. Swift sigue fustigando el vicio, y ya no tiene nada de gracioso. Su prosa sencilla se ha convertido en un instrumento de indignación. El problema no es complicado y no requiere ningún artificio literario.

En el viaje final, al país de los ultrarracionales houyhnhnms, ese movimiento de la risa al horror llega a una conclusión más feroz que cualquier otra cosa que escribió Swift. Hoy es famoso por el viperino panfleto satírico Una modesta proposición, en el que, indignado por la sumisión de Irlanda ante la dominación inglesa y hastiado de que sus propias exhortaciones no surtieran ningún efecto, aconseja a la gente que se coma a sus bebés como sustituto alimenticio. Una modesta proposición es diabólicamente satírica, aunque plantea una observación seria que no se le escapa a nadie. Pero en Los viajes… la sátira cede el paso a la representación directa de la maldad.

Cuando Gulliver llega al país de los houyhnhnms, se topa con los yahoos, criaturas peludas y asquerosas, mitad hombres, mitad monos, que trepan a los árboles y defecan encima de él. Son ruines y viles, llenos de apetitos y desprovistos de razón. Los houyhnhnms, en cambio, son criaturas de (supuesta) razón pura, calcadas del caballo domado en la imagen del alma que ofrece Sócrates en el Fedro. Gulliver es lo bastante ingenuo como para creer que los yahoos son despreciables y los houyhnhnms son ideales. Cae en el grave error de pensar que los yahoos son seres inferiores cuya esclavitud está justificada. Esto ocurre porque él mismo sabe que tiene algo de yahoo. Los yahoos se parecen tanto a los humanos que uno de ellos intenta acostarse con Gulliver.

En su admiración por los houyhnhnms, Gulliver pierde todo sentido de la moralidad. Después de varios años viviendo entre ellos, Gulliver asiste a una “gran asamblea” de los houyhnhnms en la que debaten “el único debate que jamás hubo en su país”. Estos seres supuestamente racionales no tienen palabra para la mentira, no tienen concepto de opinión y nunca intentan coaccionar al prójimo. Y, sin embargo, “la cuestión a debate era si los yahoos debían ser exterminados de la faz de la tierra”.

La expresión “la faz de la tierra” evoca las referencias bíblicas al genocidio (Génesis 6:7 “Destruiré al hombre que he creado de la faz de la tierra”) y el significado aquí es inequívoco. Tras haber esclavizado a los yahoos, los racionales houyhnhnms desean exterminarlos. Su racionalidad los ha conducido a una desmesura extraordinaria y abyecta. Gulliver dice, unos capítulos antes, que al ver la semejanza entre él mismo y los yahoos empezó a rebajar su estima por la humanidad en comparación con los houyhnhnms.

Debo confesar libremente que las numerosas virtudes de esos excelentes cuadrúpedos, contempladas frente a las corrupciones humanas, me habían abierto tanto los ojos y ensanchado tanto el entendimiento que empecé a ver las acciones y pasiones del hombre bajo una luz muy distinta, y a considerar que el honor de mi propia especie no merecía la pena defenderlo.

No hace ninguna reflexión semejante sobre sí mismo ni sobre los houyhnhnms cuando oye hablar de su deseo de genocidio. La aportación de Gulliver consiste en proponer que castraran a los yahoos en lugar de matarlos directamente. Se convierte en cómplice voluntario de su esclavitud y exterminio.

Mencioné una costumbre que teníamos de castrar a los houyhnhnms cuando eran jóvenes para domarlos; que la operación era fácil e inocua; que no era ninguna vergüenza aprender sabiduría de los brutos, así como la hormiga enseña la laboriosidad y la golondrina la construcción (pues así traduzco la palabra lyhannh, aunque se trate de un ave bastante más grande); que este procedimiento podría aplicarse a los yahoos más jóvenes del lugar, lo cual, además de volverlos dóciles y más aptos para el trabajo, acabaría con toda la especie en una generación, sin necesidad de quitarles la vida.

Terminamos el libro sintiendo más lástima que repulsión por Gulliver. Está equivocado, es ingenuo, irracional y algo tonto. Pero en este momento es imperdonablemente estúpido. Swift, desde luego, nos habla por encima de Gulliver, satirizando las prácticas de su propia sociedad y criticando el colonialismo. Lo que empezó como una broma ha terminado como una exhortación. Swift dijo que escribió Los viajes… para irritar al mundo y, en su trayecto de la hilaridad al genocidio, ha creado una obra de humor frustrado. Cuanto más nos reímos al principio, más brusco es el giro al final. ~

Publicado originalmente en Plough.

Traducción del inglés de Daniel Gascón.


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