Esto es lo que hay: la doctrina Trump y la guerra inevitable

Hay dos tipos de intervencionismo estadounidense: el liberal y el iliberal. El primero es idealista y, a la vez, hipócrita. El segundo es una ideología del poder desnudo.
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En su nuevo libro, The great global transformation. National market liberalism in a multipolar world, Branko Milanovic dice que solo hay dos políticas exteriores estadounidenses: el excepcionalismo americano y el “America first”. La primera es el intervencionismo estadounidense de toda la vida, tanto el clásico imperialista/colonialista del destino manifiesto como el liberal, que se justifica con la “exportación de la democracia”. Su objetivo, dice, es el dominio del mundo.

“America first”, en cambio, “al menos formalmente coloca a todos los países en el mismo nivel. Sostiene que Estados Unidos perseguirá sus propios intereses, pero no espera menos de los demás. […] En la política generalizada de ‘mi país primero’, Estados Unidos, debido a su tamaño e importancia, siempre tendrá más peso que el resto, pero no tendrá ningún deseo de gobernar a los demás o decirles cómo deben ordenar sus asuntos internos. […] EE. UU. se comportará de manera transaccional, lo que de hecho es una política que hace que la guerra sea mucho menos probable”.

Es una visión extraña. El excepcionalismo americano queda bastante claro. Se entiende perfectamente en los conflictos de la Guerra Fría (en su pugna ideológica contra la urss) y en las invasiones posteriores al 11S. Errónea o no, es una doctrina con fundamentos: lo mejor para el mundo es la hegemonía estadounidense. La teoría de “America first”, en cambio, no existe. Es un significante vacío. Y es, sobre todo, propaganda trumpista. En verano de 2025, un periodista de The Atlantic le preguntó a Trump qué significaba exactamente el concepto. “Teniendo en cuenta que el término no se utilizaba hasta que yo llegué, creo que soy yo quien decide eso”, respondió.

Trump ganó las elecciones dos veces con un discurso antiintervencionista: Estados Unidos se había gastado demasiado dinero en aventuras exteriores. Años después, queda claro que el intervencionismo no está tan mal si lo decido yo. Como dijo el exasesor de Trump John Bolton, hoy muy crítico con el presidente: “No existe una doctrina Trump: haga lo que haga, no hay un gran marco conceptual; simplemente hace lo que le conviene en cada momento.”

Para modificar la idea de Milanovic, hay dos tipos de política exterior estadounidense: el intervencionismo liberal y el iliberal. El primero es idealista. Con liberal me refiero a representante del “orden liberal” o “neoliberal” en el mundo (mercados libres o semilibres, multilateralismo, democracia más o menos liberal). Y con idealista, a que intenta justificarse teóricamente. Aunque se ha demostrado una doctrina a menudo hipócrita, tiene un componente también sincero, heredero de la Segunda Guerra Mundial. Quizá el representante teórico más obvio de esta lógica es Michael Walzer y su célebre Guerras justas e injustas. El intervencionismo iliberal, en cambio, es el que representa Donald Trump. No se molesta con ideologías o justificaciones. No oculta sus intenciones o intereses. No intenta tampoco darle un soporte legal a sus intervenciones: es la fuerza de los hechos. Es una ideología del poder desnudo y de su arbitrariedad. Hay una parte extractivista, clásicamente colonial: Trump no la obvia cuando habla de que quiere el petróleo de Venezuela (a pesar de que Estados Unidos en realidad no lo necesita). Pero es, sobre todo, una demostración de fuerza. O, como le dijo un miembro de la Casa Blanca al periodista Jonathan Blitzer, es “propaganda mediante la fuerza”. La intervención en Venezuela, las amenazas a Cuba, Colombia, México o Groenlandia sirven como golpe en la mesa: esta es nuestra área de influencia. ¿No tienen China y Rusia las suyas? Y no piden perdón (ni permiso) por ello. Poco después de la intervención en Venezuela, la Casa Blanca tuiteó: “Este es nuestro hemisferio.” Uno casi puede imaginarse a Trump preguntando a sus asesores “¿Qué es esto? ¿Por qué no es mío?”, como le pregunta Daniel Plainview en la película Pozos de ambición a uno de sus empleados mientras miran un mapa con parcelas.

En la administración Trump hay una tensión entre el intervencionismo liberal y el iliberal. No es una tensión muy problemática: ambas doctrinas pueden convivir, sus intereses pueden solaparse.

El secretario de Estado Marco Rubio es el principal representante de la primera doctrina. Es un halcón de antaño, un neocon clásico que habría encajado perfectamente en la administración de Bush. Su motivación principal para la intervención en Venezuela, y su interés por Cuba, es ideológica: es un clásico anticomunista de la Guerra Fría. Uno de los representantes de la segunda doctrina es el asesor de seguridad nacional Stephen Miller. Tras la intervención en Venezuela, dijo: “Estados Unidos está utilizando su ejército para proteger sin complejos nuestros intereses en nuestro hemisferio. Somos una superpotencia y, bajo la presidencia de Trump, vamos a comportarnos como tal. Es absurdo que permitamos que una nación situada en nuestro patio trasero se convierta en proveedora de recursos para nuestros adversarios, pero no para nosotros.” No tiene ningún interés por la región. La gran obsesión de Miller es la inmigración. Lo que quiere es mandar un mensaje al mundo: fuck around and find out, como dijo el secretario de guerra, Pete Hegseth, otro perfecto representante del intervencionismo iliberal. Juega con nosotros y verás las consecuencias. “Muchos políticos quieren hablar. Quieren hablar de paz. Quieren hablar de diplomacia. Quieren hablar de negociaciones. Quieren hablar de globalismo y organizaciones internacionales. El presidente Trump habla a través de sus acciones”, dijo Hegseth. El poder no se explica, el poder se ejerce.

El multilateralismo ha muerto. Vuelven las áreas de influencia y el mercantilismo. Vuelven Monroe y Mckinley. Trump no tiene una doctrina, pero sí una visión del mundo. Es una visión del mundo mercantilista. Como explica Milanovic, “el enfoque mercantilista del comercio exterior y la visión de los mercados como meros terrenos de disputa y combate es algo que podemos definir como una visión ‘empresarial’ de la economía: considera la actividad económica como una lucha permanente y no ve la ‘mano invisible’ del mercado que concilia los distintos intereses”. El intervencionismo de los neocon era neoliberal: hay que extender la democracia para abrir los mercados, y el doux commerce traerá la paz y la prosperidad. El intervencionismo de los trumpistas es empresarial, al estilo clásico: el comercio global es un terreno de disputa, la mano invisible ni siquiera existe, lo que existe realmente es el capitalismo monopolista. Y, como explicó Joseph Schumpeter en su clásico Capitalismo y democracia, ese es el camino para la guerra.~


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