Miranda July o mi historia entre sus dedos

Miranda July nos recuerda que la vulnerabilidad es un refugio. Entre el absurdo y la ternura, sus personajes encuentran sentido en el fracaso.
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Me resisto a volver a Miranda July como se evitan esos lugares donde la pasaste bien, pero te alejaste un poco y, cuando quisiste volver, habían cerrado sin previo aviso. La emoción por la posibilidad de revivir los buenos momentos se convierte en desencanto al descubrir que ya solo son recuerdos. Confío en que la memoria me conduzca con suavidad por ese paisaje, que ahora mismo miro de lejos, y que me entregue algún hallazgo.

A Miranda July me la presentó R. en 2011. Lo único que recuerdo acerca de ese primer relato que llegó a mí es que se trata del encuentro casual entre la protagonista y un actor famoso durante un viaje en avión. Tengo que acudir a mi “caja de las cosas que no sirven, pero no se tiran” –mote que bien podría haber elegido la misma Miranda July, a quien le gustan los títulos largos– para hojear la Letras Libres donde lo leí hace tantos años y donde encuentro otra serie de casualidades que, estoy segura, a Miranda July también le agradarían.

Releo el cuento “Roy Spivey” y descubro que el cruce de ambos personajes en primera clase es la evocación de un momento donde la protagonista pudo haber cambiado para siempre su vida, pero no sucedió. Muy parecido a lo que nos pasó a R. y a mí. La narradora se emociona tanto de viajar al lado de una estrella de Hollywood que corre al baño para lavarse el sudor de las axilas y, por los nervios, se moja toda la ropa, pero eso mismo le da a su compañero de asiento la confianza para mostrarse tal cual, más allá de los reflectores. Miranda me enseñó que la vulnerabilidad es el sustento de la empatía. Que nuestra fragilidad es un lugar seguro para vivir. De inmediato quise escribir como ella, copiarla, construir historias como las suyas, crear personajes idénticos. La he buscado frenéticamente, cada año tecleo en el buscador su nombre para conocer lo más reciente que ha hecho. Actualmente puedo saber de ella a un clic en sus redes sociales, pero en ese entonces solo encontré un video suyo de menos de cinco minutos.

En él, Miranda July, en primer plano, dice que demostrará cómo es que se hacen los botones. Su imaginación y ludismo son evidentes desde el inicio, pues afirma que se encuentra frente a una fábrica que, a todas luces, es una cafetería llamada Le Petit Beaujolais. De hecho, July señala que beaujolais significa “botón” en francés, aunque eso sea mentira. Comprometida con el juego que ella misma ha creado, continúa explicando el proceso de manufactura con objetos cotidianos que, a sus ojos, son otra cosa. Ya dentro del local vierte cuatro bolsitas de azúcar en la mesa, pues asegura que “poca gente sabe que los botones, al principio, son de una mezcla granulada”. Tapa los cuatro montículos con lo que parecen cuatro tazas de café, pero, nos aclara, son “endurecedores de alto voltaje”. Así, con ayuda de una comensal y unos sencillos trucos de video, transforma el azúcar en galleta salada, luego en corcholata y finalmente en el deseado botón de plástico.

Mi primer libro de Miranda July, la edición en inglés de Nadie es más de aquí que tú (No one belongs here more than you, Scribner, 2007), me lo regaló R. en 2012. Se lo pedimos a una amiga que vivía en Nueva York y vendría de vacaciones a México, tal como se conseguían antes las cosas del extranjero. Como a él no le gustaba leer en inglés, lo leí yo sola. Mi cuento favorito de los dieciséis que lo componen es “The swim team”: una joven le encuentra sentido a su vida al dar clases de natación a tres ancianos en la cocina de su casa, sin más agua que la que contiene una cubeta, porque carecen de alberca. Pasó poco tiempo para que pudiéramos comentarlo juntos, porque ese mismo año se anunció en la cartelera de teatro de la CDMX una nueva temporada de una obra basada en textos de Miranda July llamada Nadie pertenece aquí más que tú, escrita y dirigida por Mariana Gándara. Nos gustó mucho el montaje, tanto que R. se convenció de leer el libro en inglés. Luego yo recreé en mi primera novela una escena en la que la protagonista entrena la respiración bajo el agua en una palangana.

Un pez dorado en una bolsa de plástico con agua, olvidado sobre el techo de un coche en movimiento con dos personas procurando evitar su caída desde otro auto es la imagen que viene a mi mente siempre que recuerdo la primera película de Miranda July, Tú, yo y todos los demás (2005)Ganador, entre otros galardones, de la Cámara de Oro en Cannes y el Premio Especial del Jurado en Sundance, el filme escrito, actuado y dirigido por ella misma presenta los exiguos intentos de relacionarnos en un mundo individualista a través de Christine, una artista entusiasta que conduce un taxi para adultos mayores, y Richard, vendedor de zapatos y padre de familia recién divorciado. R. y yo la vimos por segunda vez en 2023, ahora en la pantalla grande –o mediana, sería mejor decir– del proyector del Cineclub Santa Rosa, una iniciativa autogestiva, gratuita e itinerante que presenta películas agrupadas por temas. El ciclo de esa ocasión fue “Pertenencia voluntaria” y exploraba las prácticas que nos permiten hallar nuestra identidad en colectivo. Vuelvo a la fuente más confiable para estos fines, la servilleta de R. con manchas de marquesita donde escribió las palabras del presentador acerca del filme y me la dio, casi como una apuesta: “Amar y jugar, a costa de la vergüenza, solo así.” El trabajo de July trata del coraje de atreverse.

De agosto de 2014 a octubre de 2015 funcionó Somebody, la aplicación de mensajería instantánea que creó Miranda July junto con la marca de modas Miu Miu, la cual pedía a extraños que entregaran recados de viva voz enviados entre amigos. Funcionaba más o menos así: elegías al amigo o amiga a quien querías mandar el mensaje, lo escribías, escogías a una persona cercana a él o ella que tendría que entregárselo, añadías ciertas especificaciones –el tono de voz, los gestos corporales– y, finalmente, el responsable de expresar el mensaje recreaba ante el destinatario las palabras que le habían sido previamente enviadas por el remitente original. Hubo propuestas de matrimonio de rodillas entre desconocidos, enamoramientos a primera vista, rompimientos de relaciones con lágrimas actuadas, malentendidos. Cuando R. y yo la probamos presentó problemas de programación. Buscamos durante mucho tiempo a la redonda al usuario que le daría mi mensaje, pero nunca pudimos encontrarlo a pesar de que su ubicación estaba marcada. Fue un poco frustrante, pero ambos concluimos que eso mismo representaba con bastante precisión la convivencia humana, que requiere de estar en el lugar y el momento adecuados.

La primera novela de Miranda July, The first bad man (Scribner, 2015), fue un regalo de parte de una amiga de R. Es la historia de Cheryl Glickman, integrante de una organización originalmente sin fines de lucro que enseña defensa personal a mujeres, pero que termina vendiendo videos de fitness. Vive sola bajo su propio sistema de reglas y rituales cotidianos, hasta que un día se ve obligada a hospedar a la hija veinteañera de sus jefes y su cotidianidad da un vuelco. Al tiempo que se somete a los caprichos de la joven que es todo lo opuesto a ella la protagonista fantasea, para sobrellevar su nueva realidad juntas, con algo parecido al amor.

“Escúchame. Soy una mujer que te ama, te adora y, creo, te entiende. No hiciste nada malo. Él no es amable. Dice cosas no agradables con una voz agradable, así que parecen agradables, pero no lo son. No es amable ni cuidadoso contigo, y si está así después de diez años de terapia grupal, entonces que Dios nos ayude a todos. Él no es para ti porque no es para nadie. Entiendo la demasiada atracción, pero él no merece tu energía; en cambio el chico de artes puede no ser perfecto, pero empezó con el pie derecho, ofreciéndote algo de sí mismo y momentos placenteros”, escribe la directora de cine Lena Dunham a una tal “K”, su amiga, el domingo 12 de febrero de 2012 a las 19:42 horas en un mensaje que llegó a mi correo electrónico y al de más de 104 mil lectores de 170 países. Venía junto a los consejos de los escritores Etgar Keret y Sheila Heti, la fotógrafa Catherine Opie, el basquetbolista Kareem Abdul-Jabbar, el físico Lee Smolin, el artista conceptual Danh Võ, las hermanas Mulleavy –diseñadoras de moda de la firma Rodarte– y la actriz Kirsten Dunst. Del 1 de julio al 11 de noviembre de 2013, recibimos todos los lunes en nuestra bandeja de entrada, como parte de la pieza electrónica de Miranda July, We think alone, un compendio temático de los correos electrónicos de sus amigos sobre el dinero, las madres, los sueños, el miedo, la tristeza, etc. Pero el que se quedó en mi memoria es el de Lena, resonaba bastante con mi sentir en esa época.

Conforme pasa el tiempo y descubro la variada producción artística de Miranda July –para lo cual es útil el libro retrospectivo Miranda July (Prestel, 2020), realizado por ella misma y colaboradores cercanos como Spike Jonze y David Byrne–, advierto algunas sensaciones que me produce el total de su obra. Siento sorpresa e incredulidad ante su trabajo realizado antes de que yo supiera algo sobre ella, casi como si este hubiera surgido cuando la vi por primera vez (claramente una fantasía mía); luego, experimento ansiedad porque jamás veré esas piezas que creó en ese otro tiempo distinto al de nosotras –sobre todo fanzines como Snarla, que publicó en los noventa con su mejor amiga Johanna Fateman y distribuyó en los clubes de punk californianos, y The boy from Lam Kien, un cuento de once páginas sobre el encuentro de un agorafóbico y un niño, que hoy solo se consigue de segunda mano en más de mil pesos– o en tiempos recientes como su primera exposición individual y antológica ocurrida en 2024, New Society, en la Fundación Prada de Milán; finalmente, me desborda la desilusión de saber que no me gusta todo lo que hace. Supongo que es normal, somos humanas.

Por ejemplo, desde mi lugar de escucha amateur, intento descifrar el motivo de la irritación que me provoca su música. Quizás sea la distorsión armónica que la distingue o que solo alcanzo a percibir diálogos con una pista sonora de fondo, algo más parecido al spoken word. Ella misma reconoce que, sin saber tocar ningún instrumento, se integró a la escena Riot Grrrl en Portland a principios de los noventa como vocalista de la banda de queercore CeBe Barnes (más adelante The Need). “Todo lo que podía ser era una persona al frente un poco más hablantina que las demás, porque realmente no podía cantar”, dice en entrevista para Pitchfork en 2020, “siempre estaban horrorizados, como si pudiera volar antes que hacer eso”.

Miranda July narra en todas las artes que ha incursionado. “No oíamos mucha música en la casa, porque mis padres son escritores y necesitaban silencio alrededor.” Su padre Richard Grossinger y su madre Lindy Hough son los fundadores de la editorial North Atlantic Books en California, especializada desde 1974 en títulos new age. Ella y su hermano Robin fueron pasantes sin remuneración del negocio familiar: clasificaban las existencias en el sótano y enviaban pedidos de libros por correo postal. “El hecho de que mis padres sean escritores no famosos me hizo entender que esto era algo que valía la pena hacer día tras día”, confiesa July a The New Yorker, “la escritura está en la base de todas las cosas que hago”. Al sacudirse la vergüenza juvenil por los temas de nicho que han caracterizado el oficio editorial de sus padres, July supo extraer la enseñanza de que no se necesita ser de una determinada manera para agradar a un grupo de lectores.

A Miranda July la amas o la odias. Por cada devota apasionada suya, como yo, hay un detractor igualmente enardecido. A treinta años del inicio de su producción artística, ha habido reseñas sobre su trabajo que lo consideran exasperante, infantil, incómodo, ñoño y superfluo, la versión anticuada de Raymond Carver y Mary Gaitskill. Lo que tales críticas han obviado es su interés perenne por los aspectos menos luminosos de la existencia humana, los personajes inadaptados y sus deseos ingenuos y perversos a la vez, los temas como la soledad y la transgresión sexual. Al mismo tiempo que su apuesta por la ternura como camino hacia la compasión. R. nunca volvió a leer a July ni conversamos nada más sobre ella, pero no tuvo que ver con los motivos de sus opositores.

Mi fervor hacia Miranda July se nutrió de mi relación con R., por eso cuando en mayo de 2024 se publicó su segunda novela, All fours (Riverhead Books), y ni siquiera lo comentamos, tuve un mal presentimiento. Esta vez la crítica ha señalado que el libro resulta diferente en su trayectoria literaria, el New York Times se refirió a él como “la primera gran novela de la perimenopausia”. La protagonista es una artista semifamosa –casada con un productor musical y también madre de Sam, persona no binaria– que, con un guiño al Wakefield de Nathaniel Hawthorne, decide marcharse de casa en un road trip de Los Ángeles a Nueva York que durará, aparentemente, dos semanas. Tiempo suficiente para recapitular su vida que incluye los dramas de ser una celebridad menor, el tedio de la maternidad, el desgaste matrimonial, el deseo lésbico y los cambios hormonales de una mujer de 45 años. “Un día dejaría esta casa, esta gente, esta ciudad y viviría una vida completamente diferente”, afirma la narradora, para quien esta aventura es el inicio y no el final, como en el cuento del autor estadounidense. El 24 de julio de 2022, Miranda July publicó en su cuenta de Instagram una foto de tres pares de zapatos –los suyos, los de su esposo y los de su hije– e informó que, aunque él y ella seguían viviendo juntos, habían puesto fin a su relación amorosa. A la salida de esta novela, cuya historia se asemeja bastante a la de ellos, cada uno se fue por su cuenta. Para mí, en el tejido de coincidencias y paralelos, se trata del primer libro de July que me compré tras mi separación de R.

Y qué bien, porque ella se queda conmigo, ahora que nosotros nos fuimos, como mi escritora favorita siempre, la más. ~


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