Crecer entre las rocas

Las trabajadoras

Mónica Nepote

Heredad

Ciudad de México, 2024, 64 pp.

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Recién premiada con el Premio Xavier Villaurrutia, Las trabajadoras de Mónica Nepote (Guadalajara, 1970) se inserta en una sólida genealogía literaria donde destacan El libro vacío de Josefina Vicens (1958), La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska (1971), Ese espacio, ese jardín de Coral Bracho (2003), Tela de sevoya de Myriam Moscona (2012), Muerte en la rúa Augusta de Tedi López Mills (2009) y El invencible verano de Liliana de Cristina Rivera Garza (2021). Sin necesariamente responderse entre sí, estas obras –ya canónicas– abordan temas relacionados con el rol de la escritura y de la memoria desde una conciencia profundamente íntima y, a la vez, profundamente social.

Nepote se define como una escritora transdisciplinar que alterna entre ecosistemas de la escritura. Ha trabajado poesía, ensayo y se acerca a los distintos géneros de manera intuitiva: descubre conexiones –donde parecería no haberlas– y transita de un espacio (o forma expresiva) a otro, de acuerdo con la necesidad de la propia escritura. La transformación o, como ella le llama, “activación” de sus obras, en piezas, performances, amplifica la noción de “libro” y muestra la elasticidad de sus textos. En su quehacer artístico hay una inclinación por explorar la relación con la naturaleza, la tecnología, las mujeres, y por reivindicar –a toda costa– una libertad adquirida con la misma tenacidad y disciplina con la que se sube una montaña.

Las trabajadoras se divide en nueve partes intencionalmente desiguales: “Conjuros”, “Materiales”, “Inventario”, “Dejar las marcas/Dejar mensajes”, “Coser y cantar”, “Una máquina puede ser una casa”, “Transcripciones dictados”, “Venia flores”, “Máquinas utópicas”. Parece un conjunto deshilado de textos simples con un estilo directo, pero se trata más bien de un tejido de múltiples voces, reflexiones, preguntas, imágenes y comunicados. Plantea un cuestionamiento radical de las labores mecánicas, domésticas y/o automatizadas asignadas al género femenino; y su lectura produce una sensación de moverse de la oscuridad hacia la plenitud. Desde el primer texto se percibe una voz rebelde que rechaza la obligación de repetir una tarea sin cuestionarla:

En los últimos tiempos prolifera una ansiedad por darle sentido a las palabras. Es decir, noto cada vez más que buscamos en su origen, su etimología y su composición una especie de fábrica posible […] Para conjurar hay que tener un hilo y hacer costura, hacer un gesto de trabajadora, como lo hicieron mi abuela, mi tía y mi madre. Hago un pespunte, saco los filos y los hilos. Aquí está mi camino y mi mapa.

Este mapa honra el legado de quienes, con su vida y su trabajo, han forjado su pensamiento. Por un lado, las mujeres de su familia –madre, hermanas, abuela– porque “tu sangre camina / tu sangre hace casa”. Por otro, los manifiestos (marxista, zapatista, feminista) que inspiran las luchas de las y los trabajadores. Para conjurar hay que “tener un hilo” –nada se teje en el vacío–, es necesario ir a buscar los orígenes, las etimologías y trazar las relaciones entre uno y otro punto, entre una y otra idea, entre una y otra lucha. La voz poética descubre, desde los ciclos de su cuerpo que sangra y revienta, una forma de comunicar –propia y común– que le otorga fuerza. Les saca filo a los cuchillos. Con el lenguaje como arma, explora críticamente los múltiples oficios designados: mecanógrafa, cuidadora, costurera, madre.

Una mujer puede ser una máquina, un cuerpo “que muere / no descansa / un breve punto llamado / auxilio”. Puede suprimirse, invisibilizarse, pero con esas mismas herramientas que la someten, puede imaginar un mundo distinto: “A mis catorce años aprendí a dominar el teclado / A sus catorce, ella se formaba y se alejaba del padre, la madre. / Volcarse en el teclado, ser precisa, significaba emancipación, / significaba abrir y cerrar el frasco de las posibilidades.” La imaginación no acepta suturas hechas, las deshace y las rehace de nuevo. Por eso también los versos se duplican, se disocian y adquieren otros significados: una máquina puede ser un engranajeuna imagenuna músicauna vozun final o un “guion para una lectura performática” que incluye hojas de registro con textos mecanografiados. Nepote saca lo literario de su nicho y lo libera en otro contexto, con otras audiencias.

¿Cómo se deja de ser máquina, si no hay descanso? Si cuando no se trabaja, de todos modos, se lava, se cuida, se plancha: “¿Cómo? Forz[ar] puertas clausuradas?” “Tenemos que prenderle fuego al fuego”, “escrib[ir] y tachar”, dejar de ser invisible, “ser mujer-lámpara-objeto-plancha-lavandera”, “ser servicio / ensambladora / ser objeto sordo”. ¿Cómo se rompe con un sistema donde no hay horarios ni límites para quien trabaja? Hay que revolucionar desde lo habitual y lo conocido, desde el oficio mismo, como la monja gitana que borda alhelíes, porque “los colores” hablan por “las bocas silenciadas”: “Si construimos tras Juana de Belén, esa república federal / de las mujeres / pese a los edictos y las prohibiciones / al sofisticado, enrarecido / juego de palabras aristotélico / que impide, que manda / pese a Schöpenhauer o un cercano o no cercano Melchor / de las Epístolas. / Mejor lanzo la llama, arma del lenguaje, ese que busco.”

La escritura permite destruir y reconstruir un sistema de pensamiento, un condicionamiento, un linaje:

Somos estas tres mujeres que se encuentran
en una letra cargada con el peso de la mano.
Me sé viva en el gesto de escribir.
Te escribo, la escribo
somos el texto y su revés, tejidas.

Las generaciones familiares y literarias se comparten saberes, se citan, “se encuentran”, pero la repetición nunca se da de la misma manera. La cita es un punto de partida, un homenaje, una conversación secreta, una respuesta. Todo esto permite crear un “tejido de pensares” donde las trabajadoras se unen para surgir de la noche y florecer, tal y como en el poema “Camelias” donde la vida humana y la vegetal coinciden: “Nuestras vidas están enlazadas por las flores. Parecen decirme / mis hermanas. / ¿Sabes dónde están los botones que encienden el amor sin / apagarse?, son tal vez este despliegue de raíces sinuosas, lecciones / de sobrevivencia, voces corales, cuerpos que crecen hacia el sol. / Juntas son las plantas, juntas nos enseñan a tejernos con ellas…”

El último apartado, “Máquinas utópicas”, es un guiño con el emblemático “Nosotros nacimos de la noche” de la Cuarta declaración zapatista, aquí transformado en un“Surgimos en la noche y era bello nuestro acontecer”. Permanece “[la] alegría de ya no apagar[se] nunca más” y un trenzado de escrituras y voces antes invisibles, inaudibles, tachadas. Este libro es un aullido contra todo lo silenciado y lo aprendido. Un destejer de mandatos. Es un collage, de muchas voces, en el que podemos reconocer el aullido de nuestras abuelas, nuestras tías, nuestras madres, nuestras compañeras. Un homenaje a las que vinieron antes y las de “nuestra calaña que crecen entre las rocas”. ~


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