La escuela del oficio
Un día de 1947 –mientras México comenzaba un nuevo gobierno con Miguel Alemán al frente–, un joven de veintiún años llamado Julio Scherer García llegó al edificio de Excélsior en la calle de Bucareli. Era un muchacho tímido que vivía en San Ángel, hijo de una familia que había sido muy importante durante el porfiriato. Intentó ser abogado, pero luego de pocos semestres en la Escuela Nacional de Jurisprudencia descubrió que su camino no estaba en las leyes. Pasó un breve tiempo estudiando filosofía, pero tampoco le agradó lo suficiente. No tenía claro qué deseaba hacer y su padre, Pablo Scherer y Scherer, decidió que no iba a permitir que el joven Julio desperdiciara su tiempo.
Pablo Scherer era amigo de Gilberto Figueroa, gerente del periódico Excélsior, y le pidió por favor que le diera a su hijo algún empleo. Don Pablo sabía que a su hijo le gustaba escribir y quizá podría ser periodista, o por lo menos estar ocupado un tiempo en lo que encontraba otra profesión. Ninguno de ellos podía saber que ese muchacho de ojos verdes y complexión delgada se convertiría en uno de los periodistas más importantes de México.
Figueroa recibió a Scherer y lo envió al sitio donde se formaban los que querían trabajar en Excélsior y desde abajo: la segunda edición del diario Últimas Noticias, también conocida como La Extra. Un periódico que había nacido en la Primera Guerra Mundial para mantener informados a los lectores rápidamente de lo que pasaba en ese conflicto, pero que además se especializaba en la nota roja y en dar seguimiento a las noticias de la mañana.
En Últimas Noticias, Scherer conoció a quien sería su primer maestro en el oficio: Enrique Borrego. Un periodista originario de Durango que había fundado La Extra en 1939, que escribía en Revista de Revistas y en Jueves de Excélsior, y que además redactaba el noticiero de la estación de radio xefo. Borrego tenía fama de ser un gran reportero y fue uno de los primeros en entrevistar a León Trotski cuando este personaje llegó a México en 1937. Pero también se le conocía por ser un hombre con amplios contactos en la política mexicana de esos tiempos y por sus dos grandes pasiones: las mujeres y el dinero.
Borrego conoció a Scherer y le preguntó si leía los diversos diarios y revistas que publicaba Excélsior. El joven le confesó que solo le interesaba la sección deportiva (era fanático del Atlante). El periodista decidió que el muchacho iba a permanecer a su lado y que le enseñaría el oficio desde abajo: comprando cigarros y haciendo cualquier mandado que le encargaran. La idea era ver si Scherer de verdad tenía las ganas de ser periodista y, luego, que aprendiera ese trabajo viendo lo que hacían los reporteros de la casa Excélsior. Si Scherer pasaba esas dos pruebas (la de la paciencia y la de la observación), quizá podría empezar a escribir alguna pequeña nota.
El hecho es que Scherer aguantó esa primera etapa y se quedó en Excélsior. Rápidamente conoció los gustos de su jefe y aprendió que el buen periodismo se trataba de describir los hechos. También obtendría una de las enseñanzas más importantes de toda su vida profesional: un periodista es tan bueno como sus contactos.
Además de su jefe, Scherer tenía que conocer a los demás periodistas de Excélsior. Para eso había que acercarse a la redacción y hacer amistad con ellos. Se volvió obligatorio, por ejemplo, acompañarlos a las cantinas que estaban alrededor del periódico, donde también se reunían reporteros de los otros medios de la zona, como El Universal y Novedades.
En esa época conoció a otro periodista que se volvió un referente de todo lo bueno y todo lo malo del periodismo de esa era: Carlos Denegri. Un hombre educado en Europa, hijo de un diplomático, que era políglota y dejó un futuro estable por la emocionante vida del periodismo. Uno de los grandes triunfos de Denegri fue viajar a Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial con el fin de conocer cómo vivían y sufrían los ingleses ese conflicto, para luego regresar a México en un buque carguero que pasaba por África, justo por la zona donde los submarinos alemanes estaban hundiendo barcos. Su libro Luces rojas en el canal se convirtió en un éxito de ventas y logró que le abrieran todas las puertas.
Por otra parte, Denegri tenía fama de corrupto. Usaba la información que obtenía para chantajear a los funcionarios, o se ponía de acuerdo con ellos para destruir las carreras de otros políticos. Su columna “Fichero Político” era brutal por la información que contenía y porque estaba pensada para enriquecer a Denegri. También tenía fama de alcohólico y de abusador de las mujeres. Décadas más tarde, Scherer lo recordó como “el mejor y el más vil de los reporteros”, ya que era el ejemplo de que un periodista podía ser excelente y a la vez profundamente corrupto.
Este fue el ambiente que enseñó a Scherer a hacer periodismo. Y si bien toda su vida tuvo problemas para convivir con la corrupción que caracterizaba al oficio, al mismo tiempo encontró una profesión que lo llenaba totalmente y de la que jamás se apartó durante toda su existencia.
Susana Ibarra: el amor de su vida
Mientras Scherer empezaba a construir su carrera periodística, la vida le tenía reservada la sorpresa del amor. Llegó a él en una mujer que fue su soporte por décadas y a la que recordó siempre, Susana Ibarra Puga.
Ella venía de una familia proveniente de Guadalajara y de orígenes muy humildes, a diferencia de los Scherer. Su padre Jesús Ibarra Navarro comenzó a trabajar a los diez años en Ferrocarriles Nacionales de México y con el tiempo ascendió hasta ser el electricista en jefe del Tren Presidencial. Era un hombre generoso, pero también un bebedor y un mujeriego. Por su parte, su madre Ana Puga Rodríguez era huérfana y vivió en la pobreza hasta que conoció a su marido y tuvieron varios hijos. A pesar de venir de un ambiente con muchas necesidades, Susana Ibarra tenía una gran ambición por salir adelante. Intentó ser química, pero su madre se lo prohibió diciendo que esa carrera “era solo para hombres”. Se decantó entonces por la filosofía y entró a estudiar al Centro Cultural Universitario, antecedente de la Universidad Iberoamericana. Aunque no terminó la carrera, siempre fue una gran lectora e impulsó a sus hijos a salir adelante.
Susana Ibarra tenía un novio llamado Agustín Polanco, un joven refinado, muy educado y profundamente católico, como ella. A su mamá, Agustín le parecía perfecto para su hija. Pero el destino decidió otra cosa. Julio Scherer García había estudiado brevemente filosofía en esa escuela y en sus inicios como reportero acudía de vez en cuando. Allí conoció a Susana, quien le pareció una joven muy hermosa e inteligente. Cuando Scherer supo que Susana estaba comprometida, decidió que no iba a permitir ese matrimonio y se casaría con ella. El noviazgo entre los dos duró poco, los últimos meses de 1951, y para el 26 de febrero de 1952 se casaron en la capilla de la Inmaculada, anexa al templo de San Felipe de Jesús en la Ciudad de México, tras haber celebrado la boda civil en la casa de la familia Ibarra Puga.
Al principio ambas suegras desaprobaron el noviazgo. Paz García de Scherer consideraba que Susana no era la mujer correcta para su hijo. Muchas veces doña Paz fue muy fría con ella, pero Susana aprendió a tratarla y al final pudieron convivir agradablemente hasta que la madre de Julio Scherer falleció en 1973. Por su parte, Ana Puga tampoco quería a Julio porque Agustín Polanco le parecía un mejor partido, además de que el nuevo novio de su hija y futuro marido era periodista; una profesión mal vista en México por los bajos salarios, la corrupción y el alcoholismo. El día de su boda, medio en broma y medio en serio su papá Jesús Ibarra le propuso a Susana que, si rompía el compromiso, en ese momento se la llevaba a Acapulco.
El matrimonio Scherer Ibarra se distinguió desde el principio por salirse de las reglas. A los pocos días de casado Julio perdió su argolla, lo que le dolió muchísimo a Susana, pero luego ella simplemente dejó de usar la suya. Se fueron de luna de miel a Tlacotalpan, Veracruz, porque a Julio no le gustaban los lugares llenos de turistas y prefería un pueblito tranquilo. Al regresar rentaron su primer departamento en la calle de Estocolmo 19, departamento 3, en la colonia Juárez. Tenía solo dos recámaras, lo que en ese momento era perfecto para ellos, pero pronto sería insuficiente.
Al principio Julio quería tener un solo hijo, pero Susana era una católica devota y estaba dispuesta a tener “todos los hijos que Dios le mandara”. En ese primer departamento de la calle Estocolmo nacieron sus tres primeros hijos: Pablo Germán (1953), Ana Marcela (1954) y María Regina (1955). La familia creció tan rápido que tuvieron que mudarse constantemente a lugares cada vez más grandes, pero siempre padeciendo estrecheces económicas y problemas de espacio.
El trabajo periodístico, la honestidad y la corrupción
Julio Scherer García aprendió pronto las primeras lecciones que le dio Enrique Borrego en La Extra: ser paciente, ser muy observador, enfocarse en los hechos y crearse una gran red de contactos. Gracias a eso, el 28 de marzo de 1948 publicó su primera nota: “Universidad del crimen. Más de dos millones anuales para degenerar a los menores”. Scherer siempre dijo que “el periodista se forma en la calle”, él venía de una “escuela periodística” que se remontaba a finales del siglo XIX en la que se aprendía saliendo a buscar la información y a conseguir más contactos; y además había que leer todos los libros y periódicos que se pudiera. Aunque para finales de los años cuarenta ya existía la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, los reporteros de ese entonces estaban acostumbrados al viejo método en el que los más experimentados les enseñaban a los nuevos cómo ir redactando sus notas: desde la vieja frase atribuida a Félix Palavicini (“Usted nomás platíquele a la máquina de escribir”) hasta la utilización de muletillas como “el torvo asesino” y “el sanguinario puñal”. Desde el siglo XIX, en las redacciones de los periódicos (auténticas “mesas de redacción”) había a disposición de los reporteros algunos diccionarios, una enciclopedia y quizá un almanaque para que ellos pudieran informarse y así redactar sus notas, pero casi nadie había estudiado una carrera. Y muchos de esos periodistas habían caído en el oficio debido a que no habían encontrado otro empleo, por lo que se dedicaban simplemente a sobrevivir el mayor tiempo posible.
Pero Scherer era diferente. Él había estudiado en el Colegio Alemán y en el Instituto Bachilleratos (dirigido por jesuitas). Tenía fundamentos de derecho y de filosofía, y su mamá era una ávida lectora que lo había encaminado hacia la pasión por los libros. El autor más importante de Julio era Dostoievski, quien además le había abierto la puerta a un mundo mucho más caótico, injusto pero al mismo tiempo fascinante que no se podía ver a simple vista desde la inmensa casa familiar ubicada en la plaza San Jacinto de San Ángel. A eso hay que sumarle que Scherer sí se enamoró del periodismo. Lo convirtió en su pasión diaria por el resto de su vida, lo que también le provocó problemas con su esposa ya que no podía estar siempre junto a su familia. Alguna vez Susana Ibarra le reclamó: “¿Por qué no le pusiste un vestido de novia a Excélsior y te casaste con él?”
Pero es que el oficio así era: con largas jornadas y muchas veces había que salir de viaje a buscar la nota. Al final eso traía recompensas: en 1949, Scherer entrevistó en su casa a María Félix, quien se quejó de que los productores no le pagaban lo que valía por las películas que hacía; siendo muy joven conoció también a los grandes pintores mexicanos: Frida Kahlo, Diego Rivera, Juan O’Gorman, José Clemente Orozco y especialmente a David Alfaro Siqueiros, sobre el que escribió su primer libro, La piel y la entraña, en 1965.
El 26 de julio de 1959, Excélsior publicó uno de los trabajos periodísticos más importantes de Julio Scherer García: una entrevista con Fidel Castro. A seis meses de que la Revolución había tomado el poder en Cuba, todo el mundo estaba intrigado por lo que haría el nuevo líder. Scherer llegó a la isla y esperó durante horas a que Castro apareciera. Al final logró “cazarlo” de madrugada en la cocina del hotel Habana Hilton, donde el comandante cenaba “como un hambriento: carne, leche, frutas, panes; todo en abundancia”. Luego de saludar a unos turistas, Castro le dijo a Scherer que se subiera con él a un jeep y que platicarían “unos minutos” porque lo esperaban en otra parte. Scherer logró alargar la entrevista para que durara más de hora y media. El periodista no llevaba grabadora (tardó años en confiar en la tecnología y hasta el final de su vida usó máquinas de escribir y nunca computadoras) y Castro le hablaba de tantas cosas que no podía escribirlas en su libreta por lo que tuvo que confiar en su memoria. Al final la entrevista terminó después de las cuatro de la mañana y fue el inicio de una relación que duró décadas y en la que hubo otros encuentros.
Junto con su trabajo como reportero, Scherer empezó a principios de los cincuenta una columna que también le sirvió para consolidar su creciente posición en Excélsior. Se llamaba “Desayuno” y la hizo junto a otros dos periodistas que fueron importantes en esta etapa de su vida: Alberto Ramírez de Aguilar y Manuel Becerra Acosta. A los tres se les ocurrió crear una columna sobre política que se publicaba los domingos y para firmarla juntaron sus nombres y crearon el seudónimo de Julio Manuel Ramírez.
“Desayuno” pronto se publicó en la primera plana de Excélsior porque así lo decidió Rodrigo de Llano, el director del periódico, quien además también ejerció una enorme influencia en Scherer. De Llano –regiomontano nacido en 1890– llegó a trabajar en el legendario periódico porfirista El Imparcial, y fue uno de los fundadores de Excélsior en 1917. Desde principios de los años treinta era el director general de la “Casa Excélsior” y junto con Gilberto Figueroa dirigía esa empresa cooperativa con una mezcla de mano dura y paternalismo. Era un hombre severo, de pocos amigos con los que se reunía en el restaurante Ambassadeurs, a un lado de Excélsior sobre Paseo de la Reforma; a la vez era alguien capaz de encontrar a periodistas talentosos, a fin de impulsarlos para que el periódico tuviera las mejores plumas; por eso en su momento apoyó, entre muchos otros, a Carlos Denegri, Luis Spota y por supuesto Julio Scherer. De Llano también era consciente de que debía tener una muy buena relación con el gobierno y sus políticos. Cuando Scherer le llevó el original de una de las columnas para que el director la revisara, este se negó totalmente a publicarla porque incluía una crítica a Fernando Casas Alemán, el entonces regente de la Ciudad de México, y con quien De Llano había cenado días antes.
Una más de las lecciones que Scherer tuvo que aprender era que siempre debía tomar en cuenta la relación con el gobierno. Los periódicos dependían del favor gubernamental para sobrevivir puesto que no había tantos lectores ni anunciantes; una circunstancia que se remontaba al siglo XIX. El gobierno les vendía papel a un precio más bajo que el del mercado internacional; les ayudaba con sus deudas con la Secretaría de Hacienda, les compraba espacios para anunciarse, les daba dinero en efectivo a los reporteros para que así no sufrieran por los malos sueldos que siempre les pagaron.
Pero, de nueva cuenta, Scherer era diferente. Quizá por venir de una familia que siempre tuvo dinero, o porque le enseñaron que el trabajo honesto era más importante que el simple enriquecimiento. El hecho es que Julio empezó a hacerse de fama en el medio porque sus notas estaban bien trabajadas y bien escritas; y porque no aceptaba dinero ni del gobierno ni de particulares. Al respecto, el periodista Regino Hernández Llergo publicó en la revista Impacto del 18 de diciembre de 1957 una anécdota que le tocó presenciar: estaba en la oficina de un funcionario del Partido Revolucionario Institucional hablando sobre la campaña del entonces candidato Adolfo López Mateos, cuando llegó un joven periodista, “buen mozo y amable”. El funcionario se acercó a hablar en voz baja con el recién llegado pero después de un momento, luego de ponerle la mano en el hombro, le dijo a Hernández Llergo: “Mire; él es un gran muchacho, magnífico periodista, ¡pero es imposible!”, a lo que Scherer contestó: “¡Es que yo quiero noticia, no dinero!”
Tanto se impresionó Hernández Llergo que en su columna de Impacto contó esa historia, señalando que Julio Scherer García era un “mirlo blanco”: un ave rara cuyas plumas son albas mientras que en todos los demás pájaros de su especie son negras.
El joven de San Ángel que eligió Bucareli
La vida pública y privada de Julio Scherer García, cuyo centenario de nacimiento se cumple este mes, no es solo la historia de un periodista célebre, sino el laboratorio vivo donde se forjó el periodismo mexicano del siglo XX y el costo íntimo de ejercerlo en serio. En la biografía de Scherer se cruzan la construcción de un oficio, la tensión permanente con el poder y las fracturas, silencios y lealtades que se juegan en la mesa familiar.
Scherer comenzó su vida profesional como un muchacho tímido que llegó a Excélsior sin una vocación definida, para luego irse convirtiendo en un reportero que entendía que la calle, la paciencia y los contactos eran la verdadera escuela de periodismo. Su aprendizaje al lado de reporteros llenos de talento y vicios le mostró el doble rostro del oficio: la posibilidad de narrar el país con rigor y, al mismo tiempo, la tentación constante del dinero fácil, el chantaje y la cercanía cómoda con el gobierno. Su decisión de apostar por la noticia y no por el sobre no es un gesto abstracto de pureza, sino una toma de posición en un medio acostumbrado a la corrupción desde décadas atrás.
Pero esa ética solo se entiende por completo cuando entramos a su vida íntima. El origen porfirista, la formación intelectual, el encuentro con Susana Ibarra –mujer de otra clase social, otro mundo y otra biografía familiar–, las resistencias de las suegras, las mudanzas apretadas, los hijos que llegan uno tras otro, dibujan el reverso doméstico de la vocación. El reclamo de Susana, preguntándole por qué no se casó con Excélsior, condensa mejor que cualquier tratado el precio humano de una vida entregada al periodismo. Conocer ambas dimensiones de Scherer es, en el fondo, una forma de preguntarnos qué significa en México dedicar la vida al periodismo sin corromperse y qué se pone en juego cuando alguien decide pagar ese precio. ~
Este artículo es un avance de la biografía de Julio Scherer García que se publicará próximamente.