comer maravillas las tardes de verano cuando se levanta el viento, conversar miles de maravillas, cuyas cáscaras de rayas blancas y negras se acumulan en las ojotas de los hablantes, conversar con la fresca lo caliente que están estos días y acomodar la semilla del girasol en la lengua, apretarla levemente con los dientes, un masticado fino para no dañar la pulpa y decir: dónde estará mi primavera, las canciones favoritas de mi adolescencia, dime dónde hay que ir para encontrarnos: volver al verano de tus 17 y junto a tus amigas encandilar el lago Rapel, luna llena de febrero: fogatas de eucaliptus y un beso de noche como un incendio forestal, y de eso fácilmente pueden ser 30 años, contando la misma historia comiendo maravillas, poniendo la maravilla en la punta de la lengua, lágrima de sal, hija de la lágrima, girasoles animados por el ciclo, ahora es verano, pareciera que siempre habrá verano, ¿a qué precio estamos pagando las frutas y verduras fuera de temporada? ¿a qué sabe una huma, una sandía, a qué sabe una tarde de verano comiendo maravillas con alguien a quien uno amó? Comer maravillas da sed y las noches de verano animan a perderse por las orillas oscuras, buscando espacios donde hacer fuego y cantar, pegarse un bajón de puras maravillas, pelarle maravillas a la maravilla por el Cachapoal, ir por hielo y darse la posibilidad de una aventura: este podría ser mi último verano en la tierra y quiero maravillas, me niego a un verano sin maravillas. Maravilla, ven a mí. ~
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