“Cuando yo tenía veinte años –cuenta Christopher Domínguez Michael– mi maestro Hugo Hiriart me amenazó misericordiosamente: ‘En ti nació primero el impulso crítico que el impulso creador. Pero vives en una cultura que desprecia la crítica. Tu destino ineluctable es convertirte en otro Castro Leal, colmado de prólogos y antologías.’”1 En estas líneas, in nuce, se encuentra la imagen que ha pervivido de Antonio Castro Leal como crítico de nuestras letras: la del “crítico como fracasado”, la del crítico de “herencia mediocre”, la del crítico que ejerce “la historia literaria sin crítica literaria”.2
La presencia de Castro Leal en nuestra tradición parece tan tenue que apenas y resiste por esas incursiones de las que se burló Hiriart: acá en portadas de la Editorial Porrúa, allá en ediciones de Aguilar. Su nombre reluce en los anales de nuestro mandarinato; todo estudiante de literatura sabe de él mas no ha posado los ojos sobre las páginas de algunos de sus libros. En síntesis, hemos olvidado la herencia de su obra, más todavía su método y su vigencia en la actualidad.
Demorar en la vida de Castro Leal comporta una injusticia: persiste en la difuminación del opus del crítico en beneficio del curriculum vitae del funcionario. No hacerlo, empero, resulta imposible: como Torres Bodet o José Gorostiza, Castro Leal encarnó el arquetipo del escritor funcionario. Que me sea permitido apretar su vida en tan solo unas líneas –y entonces pasar a exhumar el valor de su producción como crítico literario.
Nacido el 2 de marzo de 1896 en San Luis Potosí, Castro Leal se mudó a la capital a los siete años. En 1907, ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria –donde compartió aula con Alberto Vásquez del Mercado, Alfonso Caso, Manuel Gómez Morin, Vicente Lombardo Toledano, Teófilo Olea y Leyva, Jesús Moreno Baca– y, hacia 1914, a la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Castro Leal formó parte, pues, de la generación de 1915, aquella que sigue a la del Ateneo y que precede, por otro lado, a la de los Contemporáneos. Emulando a unos, ayudó a construir el México de la posrevolución; a los otros, nuestra pequeña tradición crítica.
De personalidad solitaria, Castro Leal se volcó pronto a la escritura, apenas permitiéndose acompañar a sus congéneres en algunas de sus tempranas empresas. Ya en el año 14, de la mano de sus más cercanos –Manuel Toussaint y Vásquez del Mercado–, editó Las cien mejores poesías (líricas) mexicanas y formó la Sociedad Hispánica de México; en ese año capital, Castro Leal también se desempeñó como profesor de lengua y literatura españolas en la Nacional Preparatoria. En 1916, impulsó, con muchos de quienes se conocerá como los Siete Sabios, la Sociedad de Conferencias y Conciertos en la librería de Casa Moneda en clara imitación ateneísta.
En todas estas tareas resalta el influjo de quien –se comenta– Castro Leal fue el alumno más aventajado: Pedro Henríquez Ureña (años después, en 1966, Salvador Novo apuntará: “tiene hasta la fecha la letra inconfundible de Pedro”).3 Del dominicano heredará sobre todo tres cosas: la anglofilia, su larga afición por la figura de Juan Ruiz de Alarcón y el entendimiento de las antologías como ejercicio crítico. En aquellos años –estamos ya en 1917–, Castro Leal también se convirtió en asiduo colaborador de las revistas Pegaso y Moderna de México, así como de la editorial Cvltvra, bajo el cuidado de Agustín Loera y Chávez. En esos espacios publicó con la misma soltura cuentos y comedias, crítica de teatro y de poesía.
En 1920 se graduó como abogado y, antes de que alcanzara siquiera a quitarse el birrete, José Vasconcelos lo nombró su secretario particular. El joven Castro Leal había secundado a nuestro Ulises en su campaña por la autonomía universitaria (solo la conseguirá décadas más tarde como rector); el cargo le valió seis meses, pasando del dominio nacional al internacional y de las manos de Vasconcelos a las de Enrique González Martínez, quien sería su jefe en la embajada de México en Chile. Tras ocho años como primer secretario en Santiago, Castro Leal recibió un ascenso y una nueva adscripción como ministro en Washington donde, además, obtendrá un doctorado en filosofía por la Universidad de Georgetown.
En diciembre del 28, Castro Leal regresó a México para fungir como rector de la Universidad Nacional, periodo en el que se formuló el nuevo plan de la Nacional Preparatoria, se abrió la Escuela de Economía y, lo más importante, se otorgó autonomía a la institución. Hay quien se pregunta si, más que conceder la autonomía, no la habrá urdido él mismo al tratarse de una vieja preocupación que databa de sus años como integrante de la Escuela.4 Apenas construido su legado universitario, unos cuantos meses después, Castro Leal volvió al servicio exterior como ministro en Francia, Inglaterra y España; poco más tarde, ascendió a encargado de negocios de las embajadas de Polonia y los Países Bajos.
Castro Leal fue igualmente –me apresuro– director del Instituto Nacional de Bellas Artes en 1934, jefe de supervisión de cinematografía en la Secretaría de Gobernación en 1945 y director general de la unesco de 1949 a 1952. Los reconocimientos tampoco demoraron: en el 48 ingresó a El Colegio Nacional y en el 53 a la Academia Mexicana de la Lengua. De 1958 a 1961 fue electo como diputado federal, a petición del propio presidente de la república (todo se trataba de ganar a Gómez Morin, antiguo camarada, la circunscripción). Su paso por el Congreso, empero, no fue tan anodino como las razones que lo motivaron: Castro Leal logró frenar el proyecto del entonces regente Uruchurtu para abrir vías primarias en las inmediaciones de la Plaza de la Constitución.
Mediaron veinte años entre la última encomienda pública de Castro Leal y su muerte: fueron décadas gráciles, de vuelta –si no a la vida privada– al menos a trabajos de mayor aliento. De estos años datan las antologías de La novela de la Revolución mexicana (1960) y de La novela del México colonial (1964), asimismo su largo ensayo Díaz Mirón, su vida y su obra (1970). Y como en el poema de este: como tronco en montaña vino al suelo el 7 de enero de 1981. Se le inhumó en el Panteón Francés con todos los honores.
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Gozar de aquellas y muchas más altas funciones actuó en desdoro de la producción literaria de Castro Leal. Continuó escribiendo –un escritor nunca deja de escribir, y Castro Leal ciertamente lo era– pero no cometo iniquidad si afirmo que el funcionario engulló al crítico. Si Gorostiza logró barruntar su Muerte sin fin en horario laboral, confeccionando verso tras verso con esmero y perfección, en medio de sus altas responsabilidades (él, el único de nuestros escritores diplomáticos, junto a Torres Bodet, que hizo verdadera carrera en el ministerio), a Castro Leal aguardó un camino distinto y más pedregoso. La crítica, acaso tocada en menor medida por las musas, exige mayores exigencias de tiempo y de fondo. Hace falta leer para contextualizar; contextualizar para entender; y entender para criticar.
Fueron cuatro décadas como funcionario, ya se ve, y en aquellas décadas de serias ocupaciones publicó en El Nacional, El Popular, El Mundo de Tampico, Novedades y Excélsior. Alfonso Reyes, que lo quería, comentó hacia 1950 a Emmanuel Carballo: Castro Leal es “prosista de raza que tard[ó] algo en darnos lo que debía, porque calló mucho tiempo, y luego se alcanzó a sí mismo en dos zancadas”.5 El primer libro de Castro Leal consistió en una antología; el último, en una defensa del español. Fraguar antologías –véase Cuesta, véase Paz, véase Zaid– es ejercer el temperamento crítico, pero este no puede ceñirse únicamente a ello; defender la lengua, por su parte, es más bien anacrónico: un afán más propio de nuestros primeros hombres de letras –el conde de la Cortina–, nuestros patriotas –Ignacio Manuel Altamirano–, nuestros mandarines de la posrevolución –ay, Castro Leal–. ¿Con tan poco se “alcanza uno a sí mismo”?
Samuel Johnson, patrono de los críticos de Antiguo Régimen, creía que la tarea de la crítica es establecer principios, transformar la opinión en conocimiento y distinguir de manera racional los medios que agradan irracionalmente nuestra fantasía;6 Sainte-Beuve, epítome del Nuevo, que aquella consiste en encontrar el instinto y las leyes del genio creador.7Castro Leal parece no estar de acuerdo con ninguno de ellos: describe y parece formar todavía parte de ese primer estadio de la crítica (la descripción) sin llegar ni a la prescripción ni a la crítica propiamente dicha. Platón deseó la proscripción del poeta y Aristóteles el cultivo de la mimesis; qué desea Castro Leal es algo que no sabemos porque no criticó.
Castro Leal escribió fundamentalmente historia de nuestra literatura, que es parte constitutiva de la crítica pero que se revela incompleta por sí misma. Se escribe crítica literaria bajo la premisa de que los juicios que formulamos son en sí mismos parte de las obras literarias: no se refieren (o no solo se refieren) a una realidad externa, sino al espacio en donde la obra literaria misma tiene su existencia. Para acometerla, sin embargo, la crítica exige el marco en el cual esas obras aparecen: la historia de la disciplina. Y si la historia es el marco, y la crítica lo que otorga forma al paisaje, ¿qué salta a los ojos cuando vemos el marco sin aquello que acoge? Castro Leal cometió el peor de los pecados para un crítico, según observó Nietzsche: “Como historiador, le falta filosofía, el poder de la mirada filosófica; pero se resiste a juzgar en todas las cuestiones fundamentales, escondiéndose tras la máscara de una presunta ‘objetividad’.”8
La crítica sin historia literaria ha desembocado en teoría; la historia sin crítica, en anales. ¿Y qué otra cosa son los prólogos a las novelas coloniales y de la Revolución, sino lúcidas contextualizaciones de los periodos históricos en los que surgieron esas dos tradiciones? No quiero decir que Castro Leal no advierta rasgos de estas dos expresiones literarias, claro que lo hace, hay valoraciones incluso; pero son apenas introducciones que, además de esta noble tarea, no arriesgan juicios sobre las obras que comenta. Otra vez el doctor Johnson: la crítica bajó al mundo de los hombres para examinar las actuaciones de aquellos que se proclamaban devotos de las musas.9 Y aquí no es que no haya qué examinar; simplemente no se examina.
El espectro de Castro Leal fue amplio, qué duda cabe, e incluye a todos nuestros clásicos: sor Juana y Juan Ruiz de Alarcón, Urbina y Díaz Mirón, Alfonso Reyes y José Vasconcelos. Todos ellos son nombres que figuran en las páginas críticas de Castro Leal; y, sin embargo, la imagen que tenemos de cada uno de ellos no es la que el crítico sin crítica nos ha legado. Recordamos la sor Juana de Alatorre y los modernistas de José Emilio Pacheco (sabemos asimismo que su Alarcón proviene de Henríquez Ureña). Castro Leal se consagró con igual denuedo a la tradición latinoamericana, a veces también a la europea; pero de estos ejercicios apenas si nos enteramos por “piadosas bibliografías” (Domínguez Michael otra vez), como la preparada por Víctor Díaz Arciniega para el Fondo de Cultura Económica. El crítico no tiene quien le escriba.
Con sus antologías no sucedió cosa distinta. Fernando Fernández ya ha constatado la participación de Castro Leal en la perpetuación de dos famosas erratas en la obra de López Velarde (“Con un hijo, yo perdería la paz para siempre. No es que yo quiera dirimir esta cuestión con orgullos o necias pretenciones”10 y “la carretera alegórica de paja”).11Octavio Paz, por su parte, reprobó la manera en que seleccionó fragmentos para la segunda edición –da solo– de Las cien mejores poesías en 1936; en cuya presentación, además, también encontró inaceptables “reducciones”, “recortes” y “matices”. Concluye Paz: “el resultado es monótono”, sin dejar de conceder que, “crítico impresionista”, Castro Leal tenía claros los pilares de nuestra tradición poética (Urbina, Díaz Mirón y González Martínez).12
Sorprende que Castro Leal no haya reparado en la estrechez de su propio método; en un ensayo de juventud afirma: “La obligación del literato es entender la vida, y después entender la literatura. La vida es para él la fuente; la literatura, el vaso.”13De tal crítica, no muy lejana de la tradición de un Matthew Arnold, se esperaría mayor vinculación entre lo que el crítico escudriña y la vida misma: es decir, entre la literatura y ese río subterráneo que subyace a las sociedades humanas: sus pasiones, sus miedos, sus pulsiones, sus rencores y sus amores. En sus mejores momentos, en sus ensayos sobre Vasconcelos o Díaz Mirón, por ejemplo, parecen asomar por momentos esas visiones críticas más profundas. ¿Será que el ancho espíritu de estos autores termina por imponerse a la usual templanza del crítico?
Crítico sin crítica, Castro Leal es parte fundamental de nuestra tradición pese a todo: su devoción por la forma y la historia, aunada a su falta de arrojo, no empaña su espíritu ecuménico ni la elegancia de su estilo, así tampoco el orden y la clara exposición de sus ideas. ¿Hemos sido justos con él, pasándolo de largo, reduciéndolo a sus “prólogos y antologías”? Creo que no –porque nadie ha sido tan necesario como él para preparar la llegada de nuestros verdaderos críticos–. Reyes se reveló crítico de primera línea, pero fue más que eso; Tablada, a su manera, cuando no se quiso poeta, también fue excelente crítico. Castro Leal solo se deseó crítico y por ello ha debido pagar un precio muy alto.
En Castro Leal se cumple el tránsito de la crítica literaria del siglo XIX al XX. Sin él, serían impensables los Cuesta, Paz y José Luis Martínez; y así también los Jorge Aguilar Mora, Guillermo Sheridan y José Joaquín Blanco. Castro Leal preparó, en suma, el terreno para que floreciera la mejor crítica del siglo, y eso no es baladí: su trabajo, silente pero firme como el de una columna, ha permitido que solo después se coloquen el frontón y el friso de nuestra tradición crítica.
El destino de Antonio Castro Leal como guardián de nuestra tradición literaria ha sido pobre. Martínez no lo mienta en El ensayo mexicano moderno; Domínguez Michael lo reconoce apenas como la “eminencia gris” de nuestra tradición crítica.14 Queriéndolo halagar, Jiménez Rueda pareció dar con la respuesta. “Por una frase inteligente, bella, sacrifica un párrafo, un prólogo”, declaró en entrevista a Carballo.15Y en eso quedan muchos ensayos de nuestro Antonio Castro Leal: en ejercicios historiográficos, pulcros en su forma, medrosos en su penetración, donde –pese a Jiménez Rueda– tampoco recordamos alguna observación, algún veredicto o rectificación. Nicolas de Chamfort sentenció en otra época, sobre otro dominio humano: “Cuanto más se enjuicia, menos se ama.” En el crítico ha de ocurrir al revés. ~
- Ensayos reunidos 1984-1998, Ciudad de México, El Colegio Nacional, 2020, p. 646.
↩︎ - Idem ↩︎
- “Mis recuerdos de Pedro Henríquez Ureña”, Revista de la Universidad de México, núm. 10, junio de 1966, pp. 18-19.
↩︎ - Raúl Cardiel Reyes, Antonio Castro Leal. Crítico e historiador de la cultura en México, Ciudad de México, Universidad Autónoma de San Luis Potosí, 1981, p. 16.
↩︎ - Diecinueve protagonistas de la literatura mexicana del siglo xx, Ciudad de México, Empresas Editoriales S. A., 1965, p. 116.
↩︎ - The Rambler, “No. 92. Saturday, February 2, 1751”, en Complete works of Samuel Johnson, Londres, Delphi, 2013, p. 934.
↩︎ - Critiques et portraits littéraires, París, BnF, 2019, p. 21.
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↩︎ - El crepúsculo de los ídolos, Ciudad de México, Fontana, 1999, p. 73.
↩︎ - “No. 3. Tuesday, March 27, 1750”, op. cit., p. 312.
↩︎ - “A su memoria este Retablo. Cien años de El minutero, de Ramón López Velarde”, Periódico de Poesía, enero de 2024. Disponible en periodicodepoesia.unam.mx.
↩︎ - “Una errata pertinaz”, 5 de junio de 2015. Disponible en: oralapluma.blogspot.com.
↩︎ - “Poesía mexicana moderna”, Generaciones y semblanzas, Ciudad de México, fce, 1994, p. 79.
↩︎ - “La profesión literaria”, Repasos y defensas, Ciudad de México, fce, 1987, p. 14.
↩︎ - La innovación retrógrada. Literatura mexicana, 1805-1863, Ciudad de México, El Colegio de México, 2016, p. 425.
↩︎ - Emmanuel Carballo, op. cit., p. 179. ↩︎