Al anzuelo del viaje
el horizonte
le da el tirón faltante.
Subo a bordo ligero de equipaje, con una pluma de quetzal y el
corazón abierto a los recios avatares de una azarosa existencia. Hace
un día espléndido…
Una vez que perdemos de vista la costa, percibo a mi redonda el
resoplido poderoso y salobre de la mar, robusta madre de todo lo
que tiene aliento. Y me surge entonces este ruego:
Madre, arrebátame
por siempre del marasmo.
Deshaz en tus arenas mi memoria.
Afina mis oídos al silencio
del recalmón del viento y la marea.
Hazme Capitán Gaviero
de los soplos que paren huracanes,
del acerado serpenteo luminoso
de la aurora boreal y los hielos flotantes.
Da a mi pulso los ritmos vehementes
del día y de la noche,
los murmullos que el claro de la luna
argenta en las caletas… ~