Reloj de agua

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Luis Gal, conocido por su excepcional exploración pictórica del cuerpo, se interesa ahora en el paisaje. En sus desnudos, la piel se expresa en todos los grises que caben entre el blanco y el negro. Sus figuras tienen una condición nocturna; se entregan al letargo o aguardan un repentino despertar. El retratista se ocupa de un material a un tiempo vivo y vulnerable; celebra las formas —el triunfo de la sangre y sus invisibles recorridos—, pero también registra el corrosivo paso de las horas. Hechos de tiempo, los cuerpos de Gal revelan la herida fugacidad de la belleza.
     Algo similar ocurre con su reciente apropiación del paisaje. El pintor se adentra en la maleza y las lagunas como en un organismo. Su mirada no viene de lejos; parece estar ahí desde siempre. No busca las grandes panorámicas que seducen al excursionista, sino el retrato íntimo de quien hace del ojo una prolongación del tacto: palpa hojas, granos de arena, orlas de espuma.
     Gal prefiere los horarios inciertos, cuando la luz se debilita sin rendirse ante la noche. En esa frontera sombría, descubre brillos en la superficie del agua, noticias de un mundo indeciso, que habla con la inseguridad del primer día. También ante la luz opta por la ambigüedad cromática. En el mediodía de Gal, el agua se disipa en el cielo. Un incendio líquido, deslumbrante: su azul contiene todos los colores.
     Estos paisajes son una experiencia del espacio, pero también del tiempo. Una cascada cae para medir las vidas verticales de los árboles, el agua capta fugitivos resplandores, la silenciosa deriva de los astros.
     Con insólita fluidez, Luis Gal ha pasado del cuerpo al paisaje. Mejor: ha hecho del paisaje un cuerpo. Un trazo secreto altera la quietud del agua. En lo hondo de esa piel, el mar respira. –

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