Ruinas del siglo XXI

Favorito

Christopher Domínguez Michael

Ateos, esnobs y otras ruinas

Santiago de Chile, Ediciones Universidad Diego Portales, 2020, 394 pp.

Algunas misceláneas desafían su propia naturaleza y alcanzan una extraña coherencia. Es el caso de Ateos, esnobs y otras ruinas, libro en el que el crítico literario Christopher Domínguez Michael recopila más de setenta textos breves acerca de obras, acontecimientos o polémicas producidas en lo que llevamos de siglo. En la trayectoria del autor, el libro supone el cierre de una suerte de trilogía que incluye La sabiduría sin promesa. Vidas y letras del siglo XX (2009) y Los decimonónicos (2012). Ante el lector, el libro actúa como un amplio, fundamentado y heterogéneo repaso a los últimos veinte años en el ámbito de la literatura y la crítica.

Curiosamente, la principal conclusión que se extrae de Ateos, esnobs y otras ruinas es lo joven que sigue siendo este siglo XXI. Las dos primeras décadas de esta centuria habrían actuado fundamentalmente como una prolongación de las angustias, las ensoñaciones o sencillamente los recorridos biográficos que marcaron la anterior. Las ocasionales referencias a la obra de Walter Benjamin facilitan que uno se acuerde del ángel de la Historia mientras pasa las páginas. Es cierto que el primer texto –sobre las ruinas de Palmira y el martirio del arqueólogo Jaled al-Asaad a manos del Estado islámico– sugiere que lo que vendrá es un sombrío repaso de las promesas incumplidas de la modernidad. Pero las páginas que siguen van afinando el tiro. La mayoría de textos se ocupa del legado teórico, político y literario de figuras capitales del siglo XX, por mucho que su trayectoria vital y su obra hayan proseguido en el XXI. Sirvan de ejemplo algunos nombres: Mario Vargas Llosa, Günter Grass, José Donoso, Milan Kundera, Svetlana Aleksiévich, Robert Lowell, Jorge Luis Borges, Martha Nussbaum, Roger Scruton, Carlos Monsiváis, J. D. Salinger. La devoción de Domínguez Michael por autores como Bolaño o Vila-Matas resalta también la importancia de la continuidad de determinados proyectos literarios en el largo tránsito de un siglo al otro. El libro da fe igualmente de la alargada sombra que han proyectado experiencias históricas como la dictadura castrista o el maoísmo (es excelente el texto dedicado al sinólogo y ensayista Simon Leys). Incluso se ocupa del interés de varios escritores actuales por recrear literariamente las vivencias de figuras como Antonin Artaud, Ezra Pound o Dmitri Shostakóvich. La evidencia se acumula: aún somos hijos de dos siglos.

El libro está dividido en cuatro secciones, de las cuales solo una (“Lenguas vivas y lenguas muertas de América Latina”) tiene una consistencia interna claramente diferenciada. El lector descubre pronto que esto es irrelevante: lo que marca la lectura es el ritmo de los propios textos, la agilidad con que van saltando entre análisis de –digamos– Foucault, Nicanor Parra, Mariana Enriquez o algún artefacto teórico que haya causado furor en los claustros universitarios. Enhebrándolo todo está, también, el estilo crítico de Domínguez Michael, que resulta tan grato como impresionante. Es de admirar que, pese a la cantidad de juicios que emite, la diversidad de cuestiones sobre las que se pronuncia y la evidencia de que lo hace todo desde un posicionamiento concreto (el de un liberalismo razonablemente flexible), jamás transmite una sensación de arbitrariedad, sectarismo o autocomplacencia. Cada opinión viene apoyada por un cúmulo de lecturas y un esfuerzo crítico que se exhiben como pruebas argumentales, y no como mero plumaje intelectual. Esto ocurre incluso ante desafíos de envergadura considerable, como el espléndido diálogo que entabla con la metodología crítica de Gérard Genette o el ejercicio de comprensión ante alguien tan ajeno a su sensibilidad política como Christa Wolf (esto también es liberalismo). Es cierto que Domínguez Michael no se niega –ni niega al lector– el placer de lanzar frases contundentes: desde enjuiciar un argumento concreto como “una desmesura y una tontería” a emitir valoraciones lapidarias como “Nunca me ha parecido que Michel Houellebecq sea un gran escritor” o “Era del todo previsible que con la muerte de Mario Benedetti se expandiese un agudo brote epidémico de cursilería”. En muy contadas ocasiones –como la inclusión de un texto sobre el Nobel de Dylan del que luego se reniega en una nota al pie– la osadía puede resultar desconcertante. Sin embargo, la impresión general que se desprende de los textos es que se toman muy en serio tanto al lector como al objeto de su análisis. Además, y pese a que Domínguez Michael no tiene reparo en utilizar la primera persona, la atención permanece centrada en los múltiples sujetos que desfilan por estas páginas. Al terminar el libro uno no tiene tanto la impresión de conocer mejor al crítico como de saber mucho más sobre César Aira, Rafael Rojas, los autores del crack, las propuestas teóricas de Fernández Mallo o los reproches que se le pueden hacer al orientalismo académico. En esto, también, Ateos, esnobs y otras ruinas exhibe una rara y valiosa coherencia. ~

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