Somos seres antiguos

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Andrés Moutas

Oráculo

Madrid, Ediciones Franz, 2021, 95 pp.

Las dos columnas del templo de Tutmosis III en Karnak reproducidas en una Histoire de l’art égyptiene de 1878 que aparecen en la portada de Oráculo son una advertencia muy precisa de lo que podemos encontrar al leer este libro de Andrés Moutas (Bilbao, 1979), recién publicado por Ediciones Franz y compuesto por una serie de “micrologías marginales”, según se avisa en la contraportada.

Algo de egipcio tiene el libro, del Egipto misterioso sustentado por poderes mágicos que estaba en la imaginación de tantos escritores y artistas del siglo XIX, y también tiene mucho de la sensibilidad simbolista y decadentista –aquí sobre todo en su versión francesa– que utilizaron para hablar de las épocas pasadas. Aquí se pronuncia la extemporánea presentación de la visita espectral. “Somos seres antiguos”, anuncia nada más empezar, y aunque aquí y allá aparecen referencias a nuestra época, como supermercados o vagones de metro o hasta Ikea, o precisamente por eso, todo marco temporal resuena como arrancado de lo lineal y flotando como la postal en que el fantasma contempla la escena que en su vida no alcanzó a comprender del todo, y que se presenta ahora con su aspecto profundo. Se revela la dimensión profunda de la superficie al sacarnos de la boca la moneda.

De “Misticismo”: “Una vez fui una mujer que paseaba desnuda por las murallas de una ciudad antigua. Llevaba carne colgada del cuello. La gente me odiaba. Yo quería que me detestaran. Para alcanzar el cielo primero hay que alcanzar el infierno.”

Aparecen personajes como el sofista Gorgias, o Plutarco, Critias y Cicerón, que pululan desconcertados por el umbroso hall entre los mundos como han consignado tantos libros antes que este. A veces parecen atrapados en el momento de haber atravesado el umbral de las dos columnas egipcias. Aparecen rincones de ciudades orientales o europeas por las que se vaga como si nos hubiésemos despertado antes de concluir el proceso del sueño o del conjuro (“es la tentativa de un hechizo”, dijo de la poesía la finlandesa Leka Mäari), pero sin verdadera sorpresa porque algo ha cambiado efectivamente en nosotros. Y los comerciantes del zoco han sido siempre fantasmas como nosotros. Fíjate en ellos para comportarte.

De “Viaje nocturno”: “Así circulamos por el mundo, los vehículos en la noche, entre cementerios y desguaces circulamos hacia el túnel del bostezo, sobre esa baba negra que sale de tu boca, de tu lengua. Le has puesto cadenas a tu lengua, para no caer por los collados, ni las sierras de medio filo que aguardan en tus párpados.”

Oráculo se divide en tres partes: “Ecos”, “Voces” y “Meditaciones”. En el eco están los otros y yo, en las voces están los otros, en las meditaciones estoy yo, pero es siempre como si la comunicación fuese un afán imposible, como si fuese una producción fisiológica que se expulsa y se muestra en la palma de la mano, y la única manera de comprender lo que se nos está diciendo no es escuchar, sino convertirnos en quien lo dice para sentirlo igual y asomarnos al mismo puente en el castillo en ruinas. Nos llegan las oraciones y recuerdos de nuestros semejantes, tan gaseosos que no los podemos tocar aunque extendamos el brazo, y nos recuerdan nuestra soledad. Pero para el desamparo y para el espanto existe un consuelo, aunque sea desesperado y por muy antigua que sea esta idea y aunque vayamos a acabar engullidos, y es detenerse a describir al monstruo y descubrir que desde el suelo podemos atisbar otros mundos. En realidad eso es lo que hacen los escritores: detenerse a describir al monstruo que se los va a comer.

A veces me ha recordado al Rimbaud de Un corazón bajo la sotana, a las prosas sueltas en que el poeta señala con esa maliciosa mezcla de ligereza y solemnidad el espesor terrorífico de Francia, y aquí Francia quiere decir muchas cosas. En ciertos pasajes caemos en la cuenta de que lo tenebroso no es una cripta de magos ni un bosque bajo la luna brumosa ni un demonio disfrazado de voluptuosa bayadera, sino la instancia que dentro de nosotros nos permite que nos apoltronemos en una relación abúlica con lo cotidiano. Nos damos cuenta de que nos hemos dejado alcanzar por lo tenebroso cotidiano, ¿y no será más limpio que eso entregarse, con toda la voluntad, a la catástrofe, y propiciarla?: (de “Caer”) “Caiga el horizonte en lo profundo del mar; y la pluma del pájaro abatido en pleno vuelo. Caiga la flecha que no has sabido disparar; y esa piedra que busca sin cesar el final de los ríos. Caiga esa mano inmensa, más grande que un brazo, más grande que un cuerpo, y se hunda hasta la puerta del infierno, donde hay obras y no nos dejan pasar.”

A pesar de que todo el rato se manejan figuras –no quiero decir conceptos– del ámbito de lo sublime, y de que yo al reseñarlo me he dejado desmelenar gustosa por su tono, Oráculo no es un libro ni artificioso ni anticuado. Aunque sea ambicioso es llano. Está vivo y se dirige al mundo con gracia incluso cuando es insolente, y a pesar de que no pasa por alto las miserias que nos rodean, no se queja nunca. Parece presentarse, un poco walserianamente, en “Declaración”: “Quizás pueda despistarte unos instantes con las flores que he arrancado del jardín de tu vecino, pero antes o después te acabarás dando cuenta de mis zapatos viejos y llenos de polvo. Como ya habrás comprobado no soy muy puntual; y para qué engañarnos, hay días en los que no aparezco.” ~

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