Al salir del portal
un solemne me obliga
a la primera sonrisa
educada,
pero de pronto,
me distraigo
y aflora mi cara de idiota:
es que la mosca
me llama con su vuelo
insistente,
que me absorbe
con más fuerza
que el vuelo silencioso
y ondulado de la mariposa.
La urbanidades me cansan,
me obligan a un esfuerzo
de hipocresía.
La mosca es espesa,
no vive del aire,
vuela de uno a otro
excremento,
pero el ruido de su vuelo
me devuelve
al sol de la broma y el juego.
Cuando debo sonreír,
sonrío,
pero no entiendo
por qué sonreír en ayunas
de placer y disfrute;
la mosca,
con su vuelo ladino y pegajoso,
interrumpe reverencias y zalamerías,
entonces y sólo entonces,
verdaderamente, sonrío
e, incluso, me vence
la risa franca. ~
Música y electricidad: Conexiones y cortocircuitos en la era virtual del acelerador de partículas
Aunque sea reciente su confirmación científica, los cronopios y demás seres irrazonables siempre han sabido que las emociones son impulsos eléctricos y que la…
Me gustan los italianos
Me gustan los italianos —ellos son como los grusinos: sangre caliente y vino seco. Me gustan las naranjas…
Fantasma en la máquina
En las elecciones presidenciales de Estados Unidos, hay quien resulta todavía menos fiable que George W. Bush o John Kerry: es la máquina Votomatic, que supuestamente sirve para…
RELACIONADAS
NOTAS AL PIE
AUTORES