Preso en Estados Unidos, el narcotraficante Ismael “Mayo” Zambada no está vencido. No porque tenga información comprometedora ni porque conserve una red de poder impenetrable, o no solo por eso, sino principalmente porque tiene algo más grande: el miedo de la clase política mexicana. Eso es más poderoso que cualquier secreto.
La carta que envió el narcotraficante al gobierno de México es reveladora. En ella exige ser repatriado para evitar la pena de muerte en Estados Unidos y en términos legales tiene razón: el gobierno mexicano tiene la obligación de velar por los derechos de sus ciudadanos, incluso de los criminales más notorios. Lo que resulta escandaloso no es su demanda, sino el tono de la carta. Un criminal le advierte al gobierno mexicano que su repatriación no es opcional. ¿Por qué puede atreverse a algo así? Porque le tienen miedo.
Claro, El Mayo también tiene miedo. Sabe que la pena de muerte es su destino si no logra que México lo proteja. Pero mientras eso ocurre, mientras la diplomacia y los procesos judiciales se desarrollan, él tiene el sartén por el mango. No necesita revelar secretos ni amenazar con fotografías comprometedoras. Su verdadero poder radica en el terror que despierta en quienes deberían gobernar sin miedo. La mejor evidencia de ese terror es la reacción exagerada de la clase política ante la mención, en su carta, del abogado defensor Juan Pablo Penilla.
Penilla es un abogado con una vida pública instagrameable: aparece en fotos con legisladores, con gobernadores, con la presidenta. Un hombre condecorado y celebrado tanto por morenistas como por panistas despistados. Pero bastó que su nombre apareciera en la carta de Zambada para que todos se deslindaran de inmediato y con altavoz.
Pobre Penilla. Primero aplaudido, ahora repudiado, solo por hacer su trabajo. Criminales, inocentes, poderosos y desposeídos, todos tienen derecho a un abogado y los que pueden pagar, tienen los mejores. Los políticos lo saben. Saben que defender a un criminal no convierte a un abogado en delincuente, pero aun así corrieron a marcar distancia. No porque desconocieran la naturaleza de su labor, sino porque tienen los nervios destrozados y viven en estado de pánico.
El miedo a Zambada no es personal, es estructural. La expansión del narcotráfico en México es consecuencia, entre otras cosas, de un Estado que ha cedido el control de vastas regiones del país a poderes fácticos. No se trata solo de que los cárteles sean más fuertes, sino de que las capacidades del Estado han sido deliberadamente destruidas o entregadas en una coordinación velada entre criminales y gobernantes.
Por eso un criminal puede exigir que se cumpla la ley en su caso. No porque crea en la justicia, sino porque sabe que la clase política mexicana lo teme. Y ese miedo, más que cualquier evidencia o secreto, es lo que mantiene su poder intacto. No necesita pruebas ni revelaciones: le basta con saber que el gobierno ha coexistido con el narco. ~