España monumental, libro de Manzano Moreno, puede entenderse como una continuación de otro suyo, publicado el año pasado por la misma editorial, titulado España diversa, que tuve la ocasión de reseñar en esta misma sede. La intención es, una vez más, luchar contra las narraciones de un pasado “qué solo interesa en cuanto sirve para argumentar agendas políticas, o cuando se percibe como parte de búsquedas identitarias”. O lo que es lo mismo: un libro que critica por igual un esencialismo españolista de antigua raigambre y la negación de una historia común típica de los nacionalismos periféricos.
Esta España monumental de Manzano Moreno es, por tanto, un ameno y muy fotogénico paseo por la historia de las diferentes historias que componen los diversos territorios del país –desde la Prehistoria hasta la época Contemporánea– a través de 46 lugares culturales declarados Patrimonio Mundial por la Unesco. Podría recordar, en cierta medida, a libros de sesgo e intencionalidad muy diferente, como por ejemplo aquella Historia total de España. Del hombre de Altamira al rey Juan Carlos, de Ricardo de la Cierva, ejemplo acabadísimo de historia nacionalista, en donde los homínidos encontrados en las excavaciones del yacimiento burgalés parecen disponer de un DNI expedido por el Ministerio del Interior y animar a la “Roja” en encendidas tertulias futbolísticas. Pero no: el primer capítulo del libro que aquí se reseña es una advertencia del peligro que entrañan ese tipo de ejercicios “intelectuales” con el ayer de un país de tan articulado y complejo pasado.
Para subrayar la distancia entre su obra y ese tipo de aproximaciones a la historia, y mostrar también sus intenciones metodológicas, el autor concentra en el capítulo de apertura su atención en la definición de los caracteres del patrimonio histórico. Ello incluye también un breve repaso a los traumas bélicos y las dificultades políticas que han vivido muchas de las joyas artísticas más conocidas de España.
Las mejores páginas, por ser aquellas que critican de modo militante antiguos modos de hacer historia, son aquellas dedicadas al problema derivado de la unión de “patrimonio e identidad”. En ellas se vuelve a los problemas conceptuales de entender el pasado y sus obras como un campo de batalla identitario por las peores políticas del siglo XX, en plena forma en este siglo XXI nuestro. Manzano Moreno denuncia así las manipulaciones históricas que sufren todavía en la actualidad obras y monumentos, recordando, a su vez, una de las paradojas del sistema político español: se acusa de la mala salud de yacimientos, museos y catedrales a un fantasmagórico centralismo sin percatarse de que las competencias sobre patrimonio histórico están delegadas a las comunidades autónomas (la Ley de Patrimonio Histórico de 1985) por esas cosas que tiene nuestra arquitectura institucional, tan criticada cuando conviene.
Además, el patrimonio no tiene únicamente en las políticas de la memoria y la identidad nacional (de cualquier nacionalidad) a sus principales antagonistas. También el turismo concentra algunas de las reflexiones de este capítulo inicial, sobre todo cuando se denuncia como la persecución a ultranza del beneficio económico por esa “industria”, que pone en peligro enteros conjuntos patrimoniales, expuestos a la degradación por el uso irresponsable de sus ambientes, sin importar los costes sociales y culturales representados por su dramática sobreexplotación.
Con la intención de interpretar las condiciones y contextos económicos y políticos que dieron lugar a la creación de yacimientos y monumentos, los capítulos que siguen se articulan cronológicamente, como en un manual escolástico. A la Prehistoria siguen los restos de una romanidad imperial, sustituida por esa Edad Media de contrastes entre formaciones sociales cristianas y un Al-Andalus tan criticado como mitificado por los unos y los otros (son casi cien páginas y tres capítulos, el grueso del libro, quizá por ser medievalista su autor).
Se continua con la creación de un imperio, su auge y su declive para terminar con el patrimonio construido por voluntad de una burguesía cada vez más potente y adinerada, sobre todo en los territorios industriales del País Vasco y Cataluña, bordeando una vez más el proceloso mar de las identidades nacionales, nacidas en aquel tiempo en ambos territorios.
El último capítulo es original e insólito: Cuenca: toda la historia de España en un solo lugar. Y ello a pesar de los problemas que el patrimonio histórico de esa ciudad y su provincia tienen para identificar sus espacios con un compendio de los periodos históricos que han caracterizado el pasado de eso que seguimos reconociendo con la etiqueta España. Sus yacimientos prehistóricos y romanos no son muy conocidos (con la excepción de la villa de Noheda y sus mosaicos) pero, en su conjunto, el relato que sostiene la ciudad de las casas colgadas es muy interesante: desde la dominación islámica y la conquista de Alfonso VIII (tras ella Castilla ideó el castillo de tres torres; desde entonces símbolo y metonimia de todo un reino) para terminar en su Museo de Arte Abstracto, creación de un grupo de artistas liderado en pleno Franquismo por Fernando Zóbel.
Si José Antonio Labordeta fue capaz de llevar un país en su mochila, Manzano Moreno acerca con igual fascinación este otro (que sigue siendo el mismo) a quien lea las páginas de su libro.
España monumental. Una historia a través del patrimonio
Eduardo Manzano Moreno
Barcelona, Crítica, 2025.