Un reportaje reciente de la BBC sobre el conglomerado militar-empresarial cubano, GAESA, ha sido muy comentado en los últimos días. Esta investigación, que confirma la ya ampliamente conocida existencia de una cúpula cívico-militar que controla buena parte de la economía cubana, permite establecer un paralelo inquietante con procesos en curso en el contexto mexicano.
En efecto, más allá de sus diferencias evidentes, la estructura y lógica de operación de GAESA parecen encontrar un eco, todavía incipiente pero cada vez más visible, en el recientemente rebautizado Grupo Mundo Maya, antes GAFSACOMM.
GAESA: el sostén financiero del castrismo
GAESA, o Grupo de Administración Empresarial S.A., trasciende con mucho la noción convencional de empresa estatal. Surgido en el contexto del “Periodo especial” de la década de 1990, el conglomerado se consolidó como un mecanismo para canalizar divisas en un entorno de aislamiento económico. Con el tiempo, su radio de acción se expandió hasta abarcar algunos de los sectores más rentables de la economía cubana: turismo, comercio exterior, servicios financieros, puertos, telecomunicaciones y remesas, entre otros.
Esta expansión ha estado acompañada de un grado notable de opacidad institucional: ausencia de auditorías públicas, limitada rendición de cuentas y una arquitectura corporativa diseñada para diluir responsabilidades. GAESA puede ser entendido como una suerte de “economía paralela” articulada en torno a las Fuerzas Armadas, cuya función no es únicamente económica, sino también política: garantizar la estabilidad del régimen mediante el control de recursos estratégicos.
Con sus propios matices, esta estructura parece estar siendo replicada en México por el otrora Grupo Aeroportuario, Ferroviario, de Servicios Auxiliares y Conexos, Olmeca-Maya-Mexica (GAFSACOMM), ahora Grupo Mundo Maya. Controlado por la Secretaría de la Defensa Nacional, este conglomerado ha asumido en los últimos años la administración de activos que incluyen aeropuertos, hoteles, servicios turísticos y, en menor medida, infraestructura logística vinculada a proyectos emblemáticos como el Tren Maya.
GAFSACOMM y la militarización en México
Sería impreciso sostener que nos encontramos ante una réplica exacta del modelo cubano. No obstante, resulta difícil ignorar la convergencia en ciertos rasgos fundamentales: la integración de sectores estratégicos bajo control militar, la generación de ingresos propios y, de manera más sutil pero no menos relevante, la progresiva opacidad en la gestión de estos recursos. En este sentido, el cambio de denominación hacia “Mundo Maya” puede leerse menos como una transformación sustantiva que como un cambio de marca orientado a legitimar, desde el imaginario turístico, una estructura más amplia.
La comparación adquiere mayor densidad al situarla en el contexto de la relación bilateral entre México y Cuba durante el sexenio de López Obrador. Como han documentado diversos analistas, la visita del mandatario presidencial –acompañado por los titulares de Defensa y Marina– a La Habana en mayo de 2022 respondió, en parte, a un interés por conocer de primera mano el papel que las Fuerzas Armadas cubanas desempeñan en la administración de empresas estratégicas.
Este intercambio sugiere la existencia de canales de comunicación y aprendizaje entre élites militares que operan en contextos que son comparables en ciertos aspectos. La noción de “pueblo uniformado”, recurrente tanto en el discurso de López Obrador como en el del castrismo, deja de ser una simple figura retórica para adquirir una dimensión operativa: la de unas fuerzas armadas que no solo garantizan la seguridad, sino que participan activamente en la producción y gestión de recursos económicos.
La literatura reciente sobre cooperación autoritaria permite afinar el análisis más allá de la mera analogía. Como señalan Marianne Kneuer y Thomas Demmelhuber, los procesos de autocratización no deben entenderse exclusivamente como fenómenos domésticos, sino como dinámicas en las que diversos regímenes interactúan a través de la promoción activa o de la difusión de prácticas e instituciones. En particular, el concepto de “centros gravitacionales autoritarios” resulta útil para pensar estos procesos como combinaciones de empuje y atracción: por un lado, regímenes que, de manera más o menos deliberada, proyectan modelos de gobernanza; por otro, contextos receptores que adoptan ciertos elementos en función de su utilidad percibida.
Desde esta perspectiva, el caso de GAESA y Grupo Mundo Maya pueden entenderse como uno de emulación funcional, donde se adoptan ciertos mecanismos –la participación de las Fuerzas Armadas en la gestión de sectores económicos estratégicos– que permiten resolver tensiones internas específicas: garantizar la lealtad militar, centralizar el control sobre megaproyectos y, de manera no menos importante, generar flujos de recursos en espacios relativamente menos expuestos al escrutinio público.
Entre afinidad y pragmatismo
Ello no implica que exista un proyecto sistemático de importación –total e idéntica– del modelo cubano. Sin embargo, la convergencia en prácticas como la articulación del poder militar y la gestión económica, plantea interrogantes que no pueden ser fácilmente descartadas. Más aún si se considera el contexto institucional mexicano en el que estas transformaciones tienen lugar, esto es, un proceso gradual de militarización de la vida pública y de concentración del poder en el partido hegemónico, con la consecuente erosión del sistema de pesos y contrapesos y de las instancias de rendición de cuentas.
De este modo, la cuestión de la transparencia adquiere una relevancia particular. La expansión de conglomerados económicos bajo control militar coincide, en el caso mexicano, con una reconfiguración de los mecanismos de acceso a la información, marcada por la desaparición del INAI, el organismo que, de acuerdo con el manual de organización de GAFSACOMM, sería el encargado de fiscalizar sus actividades. Cabe preguntarse, entonces, si la consolidación de estructuras como Grupo Mundo Maya no abre la puerta a formas de gestión en donde la distinción entre seguridad nacional y administración económica se vuelve cada vez más difusa. Dicho de otro modo: ¿hasta qué punto la lógica que subyace a estos conglomerados –la de concentrar recursos estratégicos bajo estructuras de baja visibilidad– puede derivar en dinámicas de opacidad similares a las observadas en el caso cubano?
Responder a esta pregunta exige evitar tanto el alarmismo fácil como la complacencia analítica. No obstante, la evidencia disponible sugiere que existe un campo de convergencia en el que ambos modelos de gobernanza comienzan a compartir cada vez más rasgos comunes. ¿Se trata de un proceso incipiente de imitación institucional, o más bien de una adaptación pragmática a problemas similares en contextos distintos? Los hechos recientes apuntan, en México, a un avance paralelo: por un lado, la exportación deliberada, desde Cuba, de modelos y prácticas iliberales a través de misiones médicas, propaganda y movilización de grupos militantes; por el otro, una afinidad ideológica y organizativa del oficialismo mexicano que facilita la recepción de esos mecanismos.
La opinión pública nacional haría bien en discutir estas dinámicas con mayor consistencia. No se trata de equiparar sin matices a la Cuarta Transformación con el castrismo, sino de cuestionar las implicaciones de una convergencia creciente con la dictadura más longeva del hemisferio. Resulta problemática la existencia de una crítica asimétrica, que condena ciertas alianzas iliberales mientras relativiza otra. Una opinión pública democrática debería someter a escrutinio, con el mismo rigor, cualquier vínculo con regímenes que operan bajo lógicas de opacidad y restricción de libertades. ~