En 1095, el papa Urbano II clamó “Deus Vult” –“Dios lo quiere”– en el Concilio de Clermont y desató la primera Cruzada. Casi un milenio después, esa misma leyenda en latín aparece tatuada en el brazo del secretario de Defensa de Estados Unidos. No es anécdota: es la pista estética de una estrategia política que, conforme se prolongan el conflicto con Irán y las hostilidades en el Golfo Pérsico, revela con nitidez sus dos motores. Para Trump, las acciones militares y diplomáticas en la región persiguen objetivos tanto de política exterior como –acaso sobre todo– de política interna.
La coalición MAGA hoy muestra fracturas tectónicas. El caso Epstein y el retorno de E.U. y de tropas estadounidenses a conflictos en el exterior –la promesa de no hacerlo fue bandera central de la campaña electoral de Trump en 2024– han abierto grietas visibles; emerge ya una facción abiertamente antibelicista en su interior, y los índices de aprobación del presidente caen en prácticamente todos los demográficos que lo llevaron al triunfo. Ante la erosión, Trump está buscando consolidar su voto duro, entre el cual una porción significativa abreva del nacionalismo cristiano. Y ahí cobran sentido la narrativa, los mensajes y la iconografía religiosa a los que han recurrido él y su círculo cercano: están calibrados para seducir a esa base y a los líderes evangélicos que controlan un sofisticado aparato de movilización electoral, el bloque más disciplinado del Partido Republicano. No sorprende, entonces, que algunos de sus partidarios más prominentes estén enmarcando abiertamente el conflicto con Irán en clave religiosa.
Buena parte de los seguidores de Trump lo ven como figura sacralizada. En un reciente evento celebrado en la casa presidencial en el marco de la Pascua, Paula White-Cain –asesora principal de la Oficina de Fe en la Casa Blanca y consejera de larga data del mandatario– lo comparó, sin ambages, con Jesús: “Fuiste traicionado, arrestado y acusado falsamente”, le dijo, “un patrón familiar que nuestro Señor y Salvador nos mostró”. Los líderes de la derecha religiosa llevan años sosteniendo que Trump fue “elegido por Dios”; él siempre les ha seguido el juego: se rodea de hipócritas y sicofantes, pulveriza el principio del Estado secular –piedra angular de la democracia estadounidense con la Primera Enmienda constitucional– y difunde profecías religiosas en sus redes sociales. En marzo circuló un video de pastores colocándole las manos y orando por el presidente dentro de la mismísima Oficina Oval. Otro sector religioso extremista, heredero directo de la New Apostolic Reformation y del llamado “Mandato de las Siete Montañas”, está convencido de que Occidente libra un choque de civilizaciones contra el Islam. La retórica religiosa sirve para presentar la guerra en Gaza, Medio Oriente, Irán y el Golfo Pérsico, como un capítulo más de esa cruzada. Entre los trumpistas más fervientes, la fe que se profesa, bien interpretada, es simple y llanamente una teología del dominio: aplastamiento del enemigo, voluntad de hierro y celebración de la violencia hipermasculina.
Pete Hegseth, secretario de Defensa de Trump, es uno de los hombres que más explícitamente tañe esas cuerdas. Durante el último año, su rebautizado “Departamento de Guerra” –nombre de dicha dependencia que Washington había abandonado con la Ley de Seguridad Nacional de 1947 y cuyo regreso es, en sí mismo, una declaración simbólica– ha producido videos promocionales con versículos bíblicos y oraciones superpuestas a imágenes de tanques, soldados, cazas y misiles. El ex periodista de Fox News ha subrayado su intención de restaurar una cultura guerrera en el Pentágono y en las fuerzas armadas de E.U. Hegseth luce además tatuajes que remiten inequívocamente a las Cruzadas, entre ellos el mencionado “Deus Vult” en el antebrazo interior y la Cruz de Jerusalén, también llamada Cruz de los Cruzados, en el pecho. Esa iconografía es cada vez más popular entre supremacistas blancos estadounidenses, incluyendo a varios de los asaltantes del Capitolio el 6 de enero de 2021; ya había aparecido, por lo demás, en la marcha neonazi de Charlottesville en 2017 durante el primer mandato de Trump, la cual este minimizó y normalizó retóricamente. En el bíceps izquierdo, Hegseth exhibe además la palabra árabe “káfir” –“infiel” o “incrédulo”– aparentemente para provocar a los musulmanes y autodefinirse por oposición a ellos.
La misma ideología late en su libro de 2020, American crusade: Our fight to stay free. En él presenta las cruzadas medievales como una guerra defensiva y sostiene que musulmanes y cristianos libran una batalla civilizatoria. Afirma que Europa está “demográfica y culturalmente superada” por los musulmanes y culpa a los “políticos europeos pusilánimes y débiles”. No casualmente, ese discurso abona al relato que Trump, su vicepresidente y buena parte de la Casa Blanca despliegan contra Europa, que explica la embestida del último año contra mandatarios y alcaldes europeos y contra la propia Unión Europea, y que arroja luz sobre la fascinación del entorno presidencial por figuras como Viktor Orbán, el recién derrotado primer ministro húngaro. En el mismo libro, Hegseth remata: “¿Podría ocurrir lo mismo en Estados Unidos? Por supuesto. Al igual que los cruzados cristianos que repelieron a las hordas musulmanas en el siglo XII, los cruzados estadounidenses deberán reunir el mismo valor contra los islamistas de hoy”. Su lectura de la agresión contra Irán como guerra santa explica su protagonismo mediático durante todo el conflicto.
Ese andamiaje no es improvisado. Detrás de Trump y de Hegseth opera un ecosistema tejido con paciencia: el Proyecto 2025 de la Fundación Heritage –un centro de análisis que durante décadas estaba anclado en la derecha conservadora del Partido Republicano y que a partir del primer mandato de Trump decidido pivotear a la extrema derecha y convertirse en el think tank de cabecera para las políticas públicas del movimiento MAGA– que aboga por la captura de la burocracia federal bajo premisas teocráticas y teopolíticas; Russell Vought, artífice del “Schedule F” y teórico del nacionalismo cristiano desde la Oficina de Presupuesto de la Casa Blanca; el presidente de la Cámara de Representantes Mike Johnson, partidario declarado de aplicar al gobierno una “cosmovisión bíblica” estricta; y un circuito de otros think tanks y pódcasts que reclutan a jóvenes varones para una cruzada que mezcla gimnasio, whisky y salterio. Lo que cabía antes en la periferia evangélica es hoy parte de la arquitectura del poder.
Toda esta gramática y simbolismo tiene consecuencias tangibles más allá del Golfo Pérsico, y pesa en particular sobre nuestra región. Convierte la política migratoria en cacería moral y reescribe el vínculo con México y América Latina desde la sospecha civilizatoria. La retórica del “reemplazo demográfico”, reciclada desde foros supremacistas hasta la Oficina Oval, encuadra a mexicanos y centroamericanos como amenaza existencial y justifica la xenofobia y las deportaciones masivas. Entender el motor religioso del trumpismo no es, por ende, ejercicio anecdótico: es condición para descifrar por qué lo que vemos, en términos de narrativa, políticas públicas y política exterior, parece cruzada.
La extrema derecha religiosa y el nacionalismo cristiano seguirán siendo piezas decisivas en el futuro político de Trump, y Hegseth –su “secretario de Guerra”– será uno de sus símbolos y vocero más influyente. El riesgo, con todo, trasciende a Trump y a Hegseth. Cuando una superpotencia nuclear conduce su política exterior con la gramática del fin de los tiempos –cruzadas, infieles, civilizaciones destinadas a chocar– el margen para la diplomacia se estrecha y la puerta de la escalada queda entornada. La pregunta no es si Dios lo quiere, sino quién pagará la cuenta cuando la fe y un régimen crecientemente teocrático sustituyan a la razón de Estado. ~