Hay algo sombrío en los premios que se entregan a un autor vivo que ha declarado que no seguirá creando. Hay algo trágico y, al mismo tiempo, admirable en el gesto de un autor que dice ya no más, se acabó. Gesto o gesta, porque hay algo asimismo extraordinario en la lucidez que posee una despedida decidida. A Julian Barnes, que ha cumplido 80 años, le han concedido el Premio Princesa de Asturias de las Letras. Barnes, uno de los grandes escritores contemporáneos, acaba de publicar Despedidas, el último libro que escribirá, o que ha escrito, según ha anunciado. Los tiempos verbales se confunden en el acto de detenerse cuando es aún reciente. El presente clausura el pasado y cierra el futuro, pero pasado, presente y futuro sobrevuelan unidos la lectura de Despedidas. ¿Cómo leer sin tener en cuenta que esas páginas son la mar, que es el morir, gran cantar? Ya lo dijo Jorge Manrique.
Si el premio Princesa de Asturias premia la obra realizada por Barnes, ¿cómo recibirá, o ha recibido, el premio el premiado: como una celebración de su talento o como un elogio fúnebre? ¿A quién aplaudirá el público, trajeado y acicalado, en el coqueto teatro Clara Campoamor de Oviedo: al cadáver del escritor o a su doble mortal? ¿Al artista o al hombre? ¿Quién de los dos habrá tomado la decisión? ¿Quién de los dos ha sobrevivido? ¿Por quién sonarán las gaitas a la entrada del teatro? ¿Qué transmitirá su sonido penetrante: admiración, dolor, estremecimiento ante la fugacidad del tiempo? O quizá escepticismo, porque las despedidas anunciadas no siempre son definitivas.
Adiós no significa necesariamente “hasta nunca”. Sucede con frecuencia entre los músicos. El guitarrista Juan Habichuela se despidió de los escenarios en Granada en 1996 y diez años después se despidió de nuevo en Córdoba. La banda The Who, británica como Barnes, hizo su gira de despedida en 1982 y décadas después sigue ofreciendo conciertos en directo. En el mundo de la literatura, aunque no existen giras de despedida, también ocurre el fenómeno “donde dije digo digo Diego”. Stephen King, por ejemplo, declaró que se retiraba en 2002 y aquí sigue en activo. Es cierto que Barnes ha titulado Despedidas el libro que ha anunciado como el último, pero los títulos no son infalibles. En 2011, el escritor publicó otro libro, El sentido de un final, con el que ganó el Booker.
Pero pensemos que esta vez la despedida es cierta. Que Julian Barnes abandona la escena. La emoción en Oviedo será inmensa. Barnes ha recibido numerosos premios a lo largo de su carrera, entre ellos el Booker, pero a no ser que el Nobel venga a continuación, el premio Princesa de Asturias quedará en su biografía como el último que recibió.
Conocí a Barnes en 2014 con motivo de otro premio. Acababa de publicar Niveles de vida, una novela extraordinaria que escribió tras la muerte de su esposa y que arranca con estas líneas: “Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia.” Lo entrevisté en un imponente teatro de Bilbao, dentro del festival Ja! Pregunté al hombre sobre el escritor y no sé, nunca se sabe, quién de los dos me contestó. Hablamos de su escritura, fluida, precisa, delicada, y de cómo narraba, mezclando el ensayo, la memoria y la ficción. Hablamos de la diferencia entre humor e ironía, tan presente en su obra, como en el genial libro de relatos Una historia del mundo en diez capítulos y medio. Hablamos del dolor por la pérdida de un ser amado, que aparece una y otra vez en sus páginas. Hablamos de su amor por Francia, un amor correspondido ampliamente con premios y ventas. Después de escribir dos novelas que transcurrían en Inglaterra, publicó El loro de Flaubert, que transcurre en Francia, y vendió más de un millón de ejemplares. Hablamos de sus padres, dos profesores de francés. Hablamos de su pasión por la cocina, a la que dedicó su novela El perfeccionista en la cocina. Y hablamos del amor, tout court, del que tanto ha escrito, pero al tocar ese tema lo hicimos con cuidado.
Me habían pedido que no mencionara a su mujer, la agente literaria Pat Kavanagh, a quien Barnes ha dedicado la mayoría de sus libros. En un momento de su larga relación, Kavanagh se enamoró de la escritora Jeanette Winterson, de quien también era agente. Cuando la relación terminó, Kavanagh volvió con Barnes. Que a un excelente escritor su pareja le deje por una excelente escritora bien podría haber sido un argumento del propio Barnes. Aquel episodio había convertido conversar sobre el amor en un campo minado, pero salió el nombre de su mujer tímidamente, ya que su apellido fue el heterónimo que utilizó Barnes para firmar sus novelas negras: Dan Kavanagh. Yo creo que él se sintió a gusto. Estuvo serio. Sonrió. Hizo honor a la definición que daba de sí mismo: a cheerful pessimist, un alegre pesimista. No diré que hizo fácil lo difícil, pero sí que hizo muy interesante la conversación. Me dedicó los libros que le había llevado con su letra pequeña y con tinta negra. Yo, que prefiero no conocer a los escritores a quienes admiro para evitar decepciones, me fui con la reconfortante sensación de que el hombre Julian Barnes era tan interesante como el escritor.
No asistiré a la ceremonia de entrega del premio Princesa de Asturias de las Letras en el teatro Clara Campoamor. Flaubert, a quien tanto admira Barnes, escribió: “El artista debe arreglárselas de modo que la posteridad acabe creyendo que jamás existió”. Tengo sus libros en casa. Me basta.