Debo reconocer que, para el futbol, soy un bicho raro. El equipo al que más apoyo es la selección mexicana, pero no me hice realmente fan sino hasta los 15 o 16 años. De niño, el representativo nacional que me gustaba era Francia. Me enamoré de ese cuadrado mágico de Platini a los 5 años en el mundial del 82, y desde entonces he tenido un cariño inexplicable por Les Bleus.
En el mundial del 86 México me gustaba, pero me emocionaban más los franceses y Maradona. Y a 90 no fuimos. Fue en ese camino rumbo a 94, cuando Televisa volvió a invertir fuerte en la selección, con la generación de Campos, Aspe, Luis García y compañía, que me volví aficionado de verdad. Por pertenencia, obvio, pero creo que también porque captura mis propias paradojas deportivas personales.
No apoyo a ningún equipo que gane casi siempre, como el Real Madrid, los Yankees o –en mi tiempo– la selección alemana. Me gustan las hazañas imposibles, las historias del perdedor glorioso y la búsqueda de las sorpresas. Sufro los partidos más que gozarlos y el triunfo es un alivio inesperado más que una consecuencia que se dé por sentado.
En ese sentido, la selección mexicana me encaja como guante. Hay una habilidad que los aficionados al Tricolor desarrollamos con los años y que no aparece en ningún manual de autoayuda: la capacidad de ilusionarnos sabiendo perfectamente que probablemente nos van a decepcionar. No es masoquismo sino adaptación. Una manera de sobrevivir emocionalmente a cuatro décadas de quintos partidos, eliminaciones prematuras y generaciones que prometían más de lo que entregaron.
No somos malos, pero tampoco realmente buenos. Vivimos en la paradoja constante. En el sueño de tratar de ser, pero sin llegar a ser. Y este ciclo, el que termina en el mundial de 2026 que se juega en casa, ha sido particularmente intenso en esa montaña rusa. Por ello, a pocas semanas del torneo, vale la pena hacer un inventario de los dos lados de la ecuación. Porque los dos existen, y los dos son reales, y pretender que solo existe uno es hacerse trampa.
Empecemos por el lado que da esperanza, porque la hay, y es genuina.
Raúl Jiménez llega a este mundial en un momento que nadie hubiera apostado hace tres años. Después de la fractura de cráneo que lo alejó más de un año de las canchas, el delantero del Fulham reconstruyó su carrera con una paciencia y una determinación que, independientemente de lo que pase en el torneo, merece reconocimiento. No es el Jiménez decisivo de 2019, el que parecía que se devoraba el mundo, pero es un futbolista inteligente, con experiencia europea y con la capacidad de asociarse y liderar una línea ofensiva. Para México, que últimamente tuvo problemas crónicos en la posición de centro delantero, tener a alguien de su nivel en forma es una ventaja real.
La defensa tiene referentes que llegan en buen momento. Johan Vásquez ha consolidado su lugar en el Genoa de la Serie A y ha demostrado que puede competir semana a semana en un nivel que pocos defensas mexicanos han alcanzado en los últimos años. César Montes, tras su paso irregular por el Espanyol, parece haber recuperado nivel en Rusia. Jesús Gallardo sigue siendo uno de los laterales más completos que ha producido el país en mucho tiempo. No son jugadores de élite mundial, pero son profesionales sólidos con experiencia internacional, y eso en una selección como México tiene un valor que no siempre se aprecia.
Y luego está Gil Mora.
Hablar de Gil Mora con la cautela adecuada es difícil porque el jugador genuinamente despierta una emoción que el futbol mexicano no provocaba desde hace tiempo. No es hipérbole ni emoción patriótica desmedida. Es un futbolista que, a los 17 años, muestra una combinación de técnica, visión y temperamento que rara vez se ve en jugadores de su edad en cualquier liga. Por ahora, nos emociona solo a pinceladas, pero no es inocente que se le ligue con los mejores equipos del mundo. Insinúa algo que únicamente tienen los distintos y quizá en el mundial convierta la expectativa en realidad.
Obed Vargas y Brian Gutiérrez añaden capas de una generación que parece más curtida que sus predecesoras. No son prospectos que viven del potencial: son jugadores que ya han probado algo en sus clubes, que entienden lo que significa rendir bajo presión. El riesgo de siempre con los jóvenes mexicanos es el entorno, la fama temprana, la Liga MX como destino fácil antes de haber desarrollado todo el potencial.
Vargas y Gutiérrez vienen de un espacio geográfico y cultural distinto, el mexicoamericano, y quizá eso les permita olvidar algunos de esos vicios. Que Obed haya conseguido minutos relevantes en Europa tan joven, que su juego no se vea pequeño contra rivales de mayor nivel, que tenga la personalidad para exigir el balón en momentos difíciles, ilusiona. Lo que mostró Brian ante Bélgica y Portugal también hace soñar. No con títulos del mundo pero sí con noches más alegres que tristes.
Porque, en realidad, lo que quiere el mexicano es eso. Incluso el aficionado más optimista, de los que ya no sobran, sabe que el Tri no va a ser campeón del mundo, pero lo quiere ver luchando de igual a igual con los mejores, aunque luego caiga con la cara al sol y llore, aun años más tarde, por lo que pudo ser.
Y luego está el Azteca. No se puede hablar de este mundial sin hablar del Azteca.
No es descabellado decir que el Coloso de Santa Úrsula es el estadio más icónico que ha existido para el futbol. Donde Pelé y Maradona se encumbraron en lo más alto del Olimpo, y que ha sido, tradicionalmente, una fortaleza inexpugnable para la selección mexicana. La altitud de la Ciudad de México, el calor, la contaminación, el impulso de la afición en días buenos, son condiciones que históricamente han pesado y los números de la selección jugando de local en partidos importantes respaldan esa percepción. En ochenta y tantos años de historia, México ha perdido en el Azteca apenas un par de partidos oficiales. Eso no es coincidencia.
Pero aquí llega el otro lado. El que obliga a bajar los ojos de la ilusión y ver la realidad con más frialdad.
El nivel del futbol mexicano nunca ha alcanzado para codearse con la élite. Aun en nuestros mejores momentos. Aun cuando le empatamos a Italia en 1994 y 2002, cuando vencimos a Croacia en 2014 y empatamos en Brasil contra el scratch. Cuando vencimos a Alemania en 2018 y debimos haberlo hecho en 1986 de no ser por un polémico gol anulado. Todos esos resultados se sacaron con el cuchillo entre los dientes. Con orden y determinación, no con dominio absoluto y buen futbol.
Contra Portugal en el amistoso reciente, México compitió bien con un planteamiento muy defensivo y terminó con un empate que fue positivo en términos de resultado pero que también dejó claro dónde está la diferencia real de talento. Solo así hemos podido y podremos competir ante equipos como Alemania, Francia, Argentina o Brasil.
La Liga MX produce jugadores competentes para el contexto regional, pero el nivel de exigencia semanal que enfrentan sus futbolistas es considerablemente menor al que encuentran los convocados de Japón, Marruecos o cualquier selección con la mayor parte de sus jugadores en las grandes ligas europeas. Y esa diferencia de nivel competitivo semanal se nota cuando llega un torneo de alto nivel. No siempre, no en todos los partidos, pero se nota.
A eso hay que sumarle el problema de la afición, que este ciclo ha tomado una dimensión que hace unos años hubiera parecido exagerada. El grito de “puto” no es nuevo. Lleva décadas siendo parte de los partidos de la selección en México. Durante un tiempo se pensó que la batalla por eliminarlo se iba ganando, que los llamados a la tranquilidad y la amenaza de sanciones habían pesado… Pero en los últimos años algo cambió. El grito ha vuelto con más fuerza que nunca. La hostilidad general ha crecido. Los abucheos a jugadores propios se volvieron más frecuentes, más indiscriminados, más desconectados de lo que pasaba en el campo. La violencia general que vive el país, la frustración acumulada, el hartazgo que se expresa en las redes y que encontró en el futbol un canal de descarga, todo eso llegó al estadio con una intensidad que ya es difícil de ignorar.
Las redes sociales han creado una suerte de microcosmos de negatividad dentro del futbol nacional, cuya principal víctima es la selección mexicana. Ya no es “el equipo de todos” de las campañas publicitarias de los años 90. Hoy parece estar de moda hablar mal de ella y exagerar sus defectos. Es por ello que el Azteca puede ser el mejor aliado de México o puede convertirse en su peor pesadilla. Depende de qué le pase al equipo en los primeros minutos de los primeros partidos. Si México sale bien, si el estadio ruge con el primer gol, la magia de antaño puede aparecer y los rivales pueden sentir ese peso que tantas veces ha definido partidos históricos. Pero si México empieza mal, si hay un gol en contra o una actuación tibia en los primeros compases, una parte de esa afición se va a revertir contra el propio equipo con una velocidad que ya hemos visto antes. Y recuperarse de eso, con ochenta mil personas encima, es muy complicado.
Ahí radica la paradoja de este mundial para la afición mexicana. El Azteca es a la vez la mayor ventaja y el mayor riesgo que tiene la selección.
¿Cómo se vive todo esto? Con esa habilidad que fuimos desarrollando sin querer. Esperando lo mejor con sinceridad, porque el plantel lo amerita, porque Gil Mora merece que nos ilusionemos con él, porque Jiménez y los veteranos merecen que los apoyemos. Pero con la mirada de reojo, siempre, temiendo que la diferencia de nivel se haga evidente en el momento equivocado, que la afición se vuelva contra el equipo cuando más lo necesite, que nos caiga el gol de Holanda al minuto 88, o el cabezazo de Bierhoff, o que vuelvan “otra vez los malditos penales”.
Ser aficionado al Tri en 2026 es eso. Es querer que todo salga bien sabiendo perfectamente que el margen entre el bien y el mal es estrecho, que los rivales a partir de los octavos de final van a ser mejores que nosotros en términos objetivos, y que México va a necesitar que todo funcione al mismo tiempo para hacer algo memorable. Pero también es saber que a veces todo funciona al mismo tiempo. Y que cuando eso pasa, el Azteca es el lugar más bonito del mundo para estar. Así que ahí estaré, otra vez, como desde 1994, preparado para ilusionarme.
Con cuidado, con historia encima, con la mirada de reojo. Deseando lo mejor y esperando lo peor. Pero ilusionándome. Como millones de otros mexicanos, que hoy reniegan de la selección, pero que, seguro, volverán a subirse al barco en el momento en que Raúl Jiménez meta el penal con el que abriremos el marcador en el partido inaugural ante Sudáfrica. ~