La UFC entra en la Casa Blanca porque Trump salió de la WWE

La política llevaba años aplicando esa lógica del ring, hasta que inevitablemente acabaron metiendo uno dentro de la Casa Blanca. 
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El pasado domingo 14 de junio se celebró uno de esos acontecimientos que parecen haber sido predichos por Los Simpson. La UFC, principal promotora mundial de artes marciales mixtas, llevó su evento Freedom 250 al Jardín Sur de la Casa Blanca, con Ilia Topuria y Justin Gaethje disputándose el título del peso ligero, y Alex Pereira y Ciryl Gane dándose en los morros por el cinturón interino de los pesados. Un octógono sobre el césped presidencial, rodeado de banderas ondeantes, con las cámaras de televisión y las del Servicio Secreto apuntando hacia el mismo lugar y el Despacho Oval convertido en la sala VIP de un evento premium. Los estadounidenses siempre han sido muy suyos con estas cosillas de fuegos artificiales y espectáculo, pero cuesta no sentir cierto rubor ante una escena así. La política llevaba años aplicando esa lógica del ring, hasta que inevitablemente acabaron metiendo uno dentro de la Casa Blanca. 

No diga deporte, diga máquina patriótica

El deporte siempre ha sido una de las grandes máquinas patrióticas de fabricar identidad. Los primeros Juegos Olímpicos modernos lo entendieron enseguida al convertir en prueba deportiva la leyenda de aquel proto-runner que corrió hasta Atenas para anunciar la victoria sobre los persas y después sufrió una pájara mortal. Pero probablemente el ejemplo más rotundo sea Rocky IV. Este entretenido filme de un Stallone musculoso golpeando carne congelada convierte el boxeo en una especie de tratado geopolítico con guantes. Rocky Balboa había empezado como boxeador de poca monta y cobrador de deudas en un barrio obrero de Filadelfia. Para la cuarta película ya era la condensación hipertrofiada del sueño americano: un pobre tipo que se había construido a sí mismo a fuerza de encajar golpes. Frente a él aparece Ivan Drago, un espécimen soviético fabricado por científicos de bata blanca que miden en sus pantallas la potencia de cada guantazo. Mientras nuestro rural Rocky cortaba leña en la nieve, Drago corría sobre una cinta conectado a una maraña de cables que registraba cada dato al milímetro. Estos dos machotes en calzoncillos son una excusa para el verdadero combate escondido detrás de tantos sopapos. La Guerra Fría quedaba resuelta a hostia limpia entre el individuo hecho a sí mismo del capitalismo y el comunismo de laboratorio. 

Más allá de la opereta, Rocky IV conservaba al menos la coartada de la ficción. Su propaganda era tan discreta como una patada giratoria, pero todavía necesitaba inventar personajes para representar el combate entre dos países en un ring metafórico. Con Trump desaparece esa distancia y el espectáculo ocupa físicamente el decorado del poder. La Casa Blanca, que durante décadas recibió a campeones, organizó partidos infantiles y permitió a sus presidentes jugar al golf, al tenis o a los bolos, se convierte ahora en una arena profesional preparada para las cámaras. Instala una jaula junto al Despacho Oval, celebra el cumpleaños del presidente entre patrocinadores y convierte la casa del pueblo en el palco privado.

“You’re fired”

Donald Trump es una celebridad realmente extraordinaria. Incluso sentado en el Despacho Oval, su faceta más reconocible es la de un hombre de negocios. Es el millonario que cae en bancarrota, pero vuelve a levantarse para colocar su apellido en letras doradas sobre cualquier superficie que aguante el peso. Pero Trump tiene bastante más de las Kardashian que de Juan Roig. Su imperio se forjó en los realities, donde se usó a sí mismo como materia prima. Trump ya era un personaje habitual de la prensa neoyorquina, pero The Apprentice le dio una segunda vida y terminó de fabricar la figura que después presentaría a las elecciones. El programa lo colocaba a la cabecera de una mesa como negociador implacable y millonario infalible, capaz de examinar a los candidatos y decidir quién merecía continuar dentro de la empresa. “You’re fired”. Roy Cohn fue su maestro en la sombra, un abogado despreciable que le enseñó tres reglas bastante sencillas: atacar siempre, no admitir jamás una derrota y convertir cada acusación en un contraataque. Pero, personalmente, creo que para encontrar la verdadera universidad escénica de Trump hay que mirar hacia la WWE, la gran liga estadounidense de lucha libre televisada. 

El Trump Plaza de Atlantic City acogió dos ediciones de WrestleMania, el gran espectáculo anual de la WWE, pero la comunión total llegó en 2007 con la Batalla de los Multimillonarios, una trama en la que Trump y Vince McMahon (otro sórdido millonario abusador coprofílico de pelo para atrás) elegían cada uno a un luchador y apostaban su cabellera al resultado del combate. Puede parecer una colección de payasadas con corbatas demasiado largas, pero ahí está todo lo que puedes ver en un mitin promedio de Mr. Orange President, desde las entradas triunfales con música y coreografías ridículas hasta los enemigos arquetípicos, señalados mediante apodos humillantes y provocaciones calculadas. Pero el ring solo es la mitad del espectáculo. La otra mitad está en las gradas. Tanto los militantes políticos como el público de la lucha libre quedan atrapados entre el villano rentable y el héroe perseguido. Trump utiliza esa colección de gestos pintorescos de la lucha libre como una gramática completa para organizar el conflicto. En la lucha libre existe un concepto central: kayfabe. Es el pacto escénico por el cual todos se comportan como si el combate y sus rivalidades fueran completamente reales, aunque sepan que han sido construidos. Y cuando digo todos, me refiero a todos. Los luchadores cumplen un papel, el comentarista confirma la historia y el público acepta sus reglas. Nadie necesita creer literalmente que esos dos tipos se odian desde la infancia. Basta con suspender durante unas horas la incredulidad y dejar que la ficción te lleve por la carretera de las emociones. 

La fábrica de símbolos

Uno de los clásicos de la ciencia política, Murray Edelman, llevaba décadas estropeando la reconfortante idea de que gobernar consiste simplemente en proponer medidas y aprobar leyes para gestionar el Estado. Le dio la vuelta al concepto y, en vez de fijarse en cómo consigue la gente aquello que quiere a través de la política, en La construcción del espectáculo político estudió cómo la política dice a la gente qué debe querer, qué debe temer y qué puede considerar posible.

Para Edelman, el poder funciona también como una fábrica de símbolos. Primero define un problema, después le pone cara al enemigo responsable y finalmente levanta al líder capaz de resolverlo. El paro necesita culpables que vengan de fuera a quedarse con tu trabajo. La decadencia necesita traidores que hayan echado a perder un pasado supuestamente limpio. La inseguridad necesita monstruos, y todo monstruo bien construido termina reclamando a alguien que venga a matarlo. 

La política reparte los papeles antes de que empiece la función. Y no hablo de papeles como esos programas electorales de ciento veinte páginas escritos en una especie de vocabulario lovecraftiano. Hablo del personaje que cada uno interpreta, uno que se entiende en dos segundos. Basta con verle la chaqueta, escuchar el tono y reconocer al enemigo que ha elegido. Después solo queda decidir si toca aplaudir o abuchear. La lucha libre llama faces y heels a sus héroes y villanos, pero esa división también organiza buena parte de la política contemporánea. Cada partido se presenta como protagonista de una historia de salvación y convierte al adversario en algo más que un rival con propuestas distintas. Es un corruptor, un traidor, una enfermedad, un comunista de pesadilla o el último facha del franquismo. La política deja así de parecerse a una conversación y empieza a funcionar como una batalla de gallos donde cada uno ocupa una esquina, entra con su música y dispone de unos minutos para explicar por qué el contrario quiere destruir el país. Eso es el heat: la reacción emocional del público. En la lucha libre importa que te quieran, pero, si no, no pasa nada, porque también sirve que te odien. Si el público está enfadado y te grita improperios, tu personaje funciona a las mil maravillas. La rabia sube la audiencia. Por eso tantos políticos no intentan apagar los conflictos, sino mantenerlos calientes sin llegar a resolverlos. Resolverlos puede ser contraproducente: el asunto desaparece y se pierde al enemigo que justificaba su presencia. Es mucho más rentable administrar la indignación, dosificarla y convertirla en una forma de programación semanal. Cada episodio necesita un escándalo nuevo, la frase imperdonable de un villano invitado y la sensación de que esta vez sí estamos ante el combate definitivo. Todo parece estar a punto de resolverse. Después llega el lunes y la música de entrada vuelve a sonar. 

Política-kayfabe

El mecanismo se vuelve todavía más fino con el worked shoot: una escena preparada para parecer que ha dejado de estarlo. El político que “dice lo que nadie se atreve a decir”, el tertuliano que “pierde los papeles”, el candidato que “rompe con el sistema” desde el interior del propio sistema o el presidente que “se salta el protocolo” justo cuando todas las cámaras lo están enfocando. La escena se presenta como peligrosa, espontánea y auténtica, aunque haya sido diseñada para circular recortada en vídeos de treinta segundos. La política-kayfabe no necesita engañarte como a un idiota. Le basta con asignarte un personaje. Puedes ser el rebelde indignado, el conservador sensato, el patriota perseguido, la víctima incomprendida o el enemigo sin corazón. En cuanto aceptas ese papel, firmas también una parte del guion que incluye todo un repertorio sobre qué debe darte miedo, qué atrocidades debes perdonar y cuáles deben resultarte imperdonables, y a quién corresponde odiar esta temporada. 

Y así regresamos a las ocho esquinas del jardín presidencial. Si la política ya es puro espectáculo, tenemos que entender que la UFC está ahí para aportar algo que la Casa Blanca necesita desesperadamente: algo verdadero. El combate sigue siendo un producto televisivo, con puñetazos repetidos a cámara lenta y música agresiva, pero las hostias que se meten son de verdad. Esas cejas se abren de un rodillazo y la sangre empapa el suelo. Ese sonido cracoso de un directo en la napia es ensordecedor. Alguien cae al suelo a plomo y no hay montaje que pueda arreglarlo. Topuria y Gaethje ponen el hueso y el pellejo a las fantasías de fuerza y resistencia que tanto se repiten en los eslóganes. En un mundo donde todo parece escrito y ensayado de antemano, el octógono ofrece la garantía de que, por mucho que el espectáculo esté preparado, alguien va a sentir dolor de verdad.


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