Noche del 10 de junio, horas antes de la inauguración de la Copa Mundial de Futbol 2026. De un lado, la presidenta Claudia Sheinbaum brinda en el Castillo de Chapultepec, en una cena de gala ofrecida a los jerarcas de la FIFA. Del otro lado, en la calle, las madres buscadoras protestando pacíficamente bajo la lluvia, intentan llegar al Estadio Azteca. El contingente se tiene que detener porque está cercado tanto por policías como por personas vestidas de blanco, enviadas por el gobierno a intimidar a los manifestantes. Una de las madres buscadoras se arrodilla ante los antimotines, suplicando que les permitan proseguir con su marcha hacia el estadio. Algunos policías la miran compungidos, pero no se mueven. Hasta ahí llegó la protesta.
El contraste entre estas dos escenas es tan claro, la línea ética que las divide es tan roja, que no debería existir debate alguno. La sociedad mexicana entera debería unirse en un fuerte reclamo moral a la presidenta. Porque si uno simpatizara con ella, podría argumentar atenuantes: el problema de las desapariciones es muy grande y no comenzó con Sheinbaum, o ni siquiera en 2018, cuando el actual grupo gobernante llegó al poder. Pero lo que no debería estar a discusión, lo que no admite duda, es que la indiferencia, el desprecio y la animadversión con los que la presidenta de la República ha tratado a las madres buscadoras no tiene justificación ética, ideológica o política.
La pregunta que cualquier ciudadano debería hacerse ya no es solamente ¿por qué Claudia Sheinbaum puede tratar así a las madres buscadoras sin consecuencia alguna? La pregunta que nos debemos plantear es: ¿qué estamos dispuestos a hacer para que esas consecuencias existan?
Ante las madres buscadoras, la sociedad mexicana parece dividirse en tres reacciones. La primera es la condena: quienes ven en el trato de la presidenta una línea moral cruzada. La segunda es la alineación con el poder: quienes deciden guardar silencio, minimizar el hecho, cambiar de tema o deslegitimar a las víctimas. La tercera reacción es la más amplia y decisiva: la ambivalencia. Ahí están millones de ciudadanos que se conmueven ante las madres buscadoras, admiten que su causa es justa y desearían que fueran escuchadas, pero al mismo tiempo siguen aprobando a Claudia Sheinbaum.
A esas personas hay que interpelarlas. No para exigirles una conversión opositora. No para que se vuelvan detractoras de la presidenta, sino para pedirles algo más básico: pongan un límite. Demuestren que su aprobación no es obediencia ciega. Prueben que todavía hay una diferencia entre apoyar a una presidenta y justificarle todo. Porque si en esa mayoría que las encuestas dicen que aprueba a Sheinbaum no hay ciudadanos dispuestos a exigir consecuencias cuando se cruzan límites morales claros, entonces el mensaje para ella y quienes le rodean es inequívoco: pueden usar el poder del Estado para humillar ciudadanos y seguir adelante sin pagar costo alguno.
Hay una verdad que se nos ha olvidado en México: el verdadero límite ético de un gobierno populista no lo ponen sus adversarios, sino quienes lo apoyan. Los opositores pueden denunciar, escribir, marchar, votar en contra, reclamar. El poder populista ya sabe cómo metabolizar esa fuerza y convertirla en combustible para su causa. Lo que realmente incomoda a un régimen blindado por la polarización es que alguien que no reconoce como enemigo diga: apoyo a Sheinbaum, pero esto no está bien. Simpatizo con la presidenta, pero esto no se hace. Yo no soy “conservador” ni “neoliberal”, pero la presidenta no puede seguir humillando a las madres buscadoras. Y hay que decirlo, y decirlo fuerte y constantemente.
Esa capa ambivalente de la sociedad no se moverá sola. Las sociedades no producen consecuencias políticas únicamente porque una injusticia sea evidente. Necesitan liderazgos, voces, instituciones y figuras públicas capaces de convertir la conmoción privada en presión pública. Necesitan señales morales: alguien que rompa el silencio y diga, en el momento correcto y con la claridad necesaria“la conducta de la presidenta ha cruzado un límite y no lo podemos aceptar”. Necesitan un mínimo de pudor ciudadano y valor civil.
Y ahí aparece el gran vacío. ¿Dónde están esas voces? Porque cuando los analistas en los medios y los partidos opositores critican, se acusa interés político. Si lo hicieran las empresas y los gremios, se acusaría interés económico. Pero hay otros actores con capital social y cultural que podrían estar en primera fila de este reclamo ético. Actores, directores, escritores, músicos, deportistas e incluso influencers. Figuras que son capaces de romper las burbujas políticas y partidistas y hablarle a públicos amplios. Famosos que merecidamente destacan en el exterior y que son capaces de convertir una injusticia en conversación internacional.
Si ante el PRI de 2014 era urgente decir “fue el Estado”, ante Morena en 2026 hay que decir “es el Estado”. Porque el Estado hoy claramente no está del lado de las víctimas. Está administrando el daño, cuidando la imagen, investigando quién financia a quienes protestan, dejando que la sospecha caiga sobre las familias antes que sobre las fiscalías. Lo peor es que esto se hace a la vista de todos, y del peor modo posible, como cuando la presidenta se burla de este movimiento social, al decir que “había más personal de la comisión de búsqueda que manifestantes”.
El populismo ha construido una maquinaria abusiva y enorme para dividir, distraer y desinformar. Esa maquinaria cuenta con abundantes recursos públicos. Pero ninguna propaganda funciona en el vacío. Necesita una sociedad dispuesta a dejarse adormecer, una élite dispuesta a callar y una ciudadanía que decida mirar hacia otro lado. Así, el poder no necesita convencernos de que las madres buscadoras no sufren. Le basta con lograr que su sufrimiento no nos duela lo suficiente como para hacer o decir algo. Ese triunfo del poder es nuestro fracaso colectivo.
Ante las madres buscadoras, Claudia Sheinbaum ha cruzado un límite ético. La pregunta es si nosotros, como sociedad, todavía lo tenemos. ~