Me animé a ver Torrente presidente, porque total. La primera de la serie la vi, si no me falla la memoria, con los amiguetes del barrio en el antiguo Canciller, que antes fue sala jevi y ahora es un Aldi. Si bien se piensa, tenía todo el sentido que fuera así. Entonces salíamos a la vida como el país salía a una nueva prosperidad y a una conciencia reforzada de sí mismo. Y se permitía bromear con un policía putañero y fascista porque Torrente empezaba ser un Otro, por decirlo en pedante y en francés; y el mundo de Torrente era el vestigio que dejábamos atrás. Ahora veo Torrente presidente cuando me dedico al negocio del que trata la película, y tanto la serie como el personaje están mucho más vigentes que el juicio que entonces nos formábamos de nosotros como país en ascenso. Me imagino que hay también una coherencia aquí.
Desde el punto de vista cinematográfico estricto, la cosa no tiene mayor interés, como era de suponer. Quizás el experimento, que no es original del todo, pero es extremo, de construir una película casi íntegramente a base de cameos. Hay también en el cameo una técnica, y Segura la domina. Su productora no se llama Amiguetes por nada. Ha convertido el amiguismo en un arte, digo esto sin asomo de ironía. Emociona –una emoción un poco grotesca, pero emoción al cabo– ver al Esteso terminal y conectado al oxígeno en los planos iniciales. Los invitados cubren un rango amplísimo en lo artístico, lo social y lo ideológico, como un universo español que ya lo quisiera el CIS. Está la novedad de incorporar a famosos digitales –digo yo que serán famosos. Y se beneficia de la presencia de dos actores americanos de relumbrón en horas bajas, cada uno por sus motivos.
Si sigue habiendo algo así como un sentido común nacional, está en Torrente presidente. Los de “Nox” son un poquito racistas, a “Pedro Vilches” se le ha ido la olla y el Papé es un partido desdibujado y autoparódico, representado por una señora indefinible que pierde la peluca en una pelea. También hay un tipo motorizado que dice gilipolleces sin parar, y asesores de todo pelaje cometiendo crímenes metafóricos y reales. Es verdad que la parte de los periodistas está poco afinada, pero sigue respondiendo a tópicos acendrados.Y cuando Torrente desbarra contra el catecismo trans, provoca un escándalo, pero nadie le rebate ni etic ni emic. En fin, algo así como un encefalograma o fotografía de aura del votante mediano. O un larguísimo anuncio navideño, dicho de nuevo sin asomo de desprecio.
Es además, si bien se mira, la primera película de masas sobre la nueva derecha española. Que sea una comedia es lo natural en nuestro cine, incapaz genética e institucionalmente de deglutir la complejidad política desde la seriedad. Así que no tienen razón las críticas por ese lado. Se dibuja incluso el conflicto larvado entre las viejas élites del partido y los nuevos populistas. Es cierto que el gobierno es un continente vacío, poco más allá del casting against type del actor que interpreta a “Pedro Vilches”. Y la caricatura más divertida es la de “Pachi”, porque es apenas caricatura. No costaría verlo en la tribuna del Congreso o dando un canutazo con el cogote hacia Besteiro.
Hace un tiempo tuve que bloquear, contra mi constumbre, a una señora muy impertinente que me afeaba preferir Que vienen los socialistas de Ozores a El puente de Bardem. Entiendan que no era pose, lo creo así. Torrente nos devuelve la posibilidad de aquel cine popular arrasado por Miró –madre, que les veo venir– y hoy existente de nuevo, aunque refugiado ante todo en formatos familiares y plataformas. Aunque sabemos que es un espejismo: fuera de un fenómeno generacional y personal como Segura, incluso él en cuestión por la matraca ideológica, no hay voluntad ni incentivos para buscar o construir ese público común, salvo en menores de edad.
Ah, los menores. Estos días, muchos futboleros extraviados acabamos viendo minutos furtivos de la programación nocturna de Televisión Española, que de normal no frecuentamos. Una vez, de niño, mis padres y yo nos internamos en el barrio rojo de Amsterdam por error; creo que fue una sensación parecida. Ya no resulta ni ofensivo, sino lisa y llanamente incomprensible. No sé si es ideológico o generacional, pero se me antoja como asomarme a un país que no es el mío: las referencias, la estética, los personajes, el sistema de valores. Si la verdadera función de la propaganda no es forzar opiniones, sino enseñar quién manda y escenificar una humillación cotidiana del discordante, quizás una forma suave, banal y pseudofestiva de propaganda consiga al menos ese extrañamiento. Lo contrario de un sentimiento de comunidad.
Bueno, pues eso: se ha dicho de Torrente presidente que palidece ante las noticias del momento, como si Segura no hubiera podido seguirle el paso a la realidad española. “La leyenda negra, en estos días menguados, es la historia de España”, escribió Valle. Hoy, tragedia y farsa, el guión de Torrente pasaría por historia del tiempo presente si no fuese por los cameos y algún desparrame inevitable –todo se andará. Creíamos que José Luis Torrente y su gabinete eran una estantigua y son los rostros que nos devuelve el espejo. Y ese es en esencia el valor de la peli, que lo tiene: representar la cara B de un país. Que en realidad es la A, claro.