Opciones del pragmatismo

El debate político mexicano ha girado en torno a las definiciones poco útiles de izquierda y derecha. Para la oposición, la pregunta relevante es cómo construir una alternativa real.
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Existen espacios políticos en donde es relativamente inútil el intento de esquivar las definiciones geométricas de izquierda y derecha. No sucede en todos. Buena parte del mundo está distanciada de las identificaciones del espectro. Las posiciones políticas pueden, con mayor precisión, encontrarse vinculadas a adscripciones religiosas, tribales, a veces territoriales, militares, tolerantes a modos de autoritarismos o de populismos; cercanas a la defensa de etnicidades o meras figuras individuales; conjuntos que tienen poca relación con los principios económicos, retóricos o sociales desde los cuales se construyen los idearios tradicionales en Europa o América.

En otros lugares, donde las etiquetas de izquierda y derecha son utilizadas, es posible que estas nomenclaturas no se ajusten con precisión a lo que en muchas ocasiones se toma como un concepto universal, sin que lo sea.

México es uno de esos países donde no tiene gran sentido político buscar distancia de la afinidad ideológica. Las acepciones de izquierda y derecha son usadas, como en pocos, sin importar la disolución de sus probables principios; dependen en exceso de la autoadscripción de los individuos políticos y de la identificación por oposición.

En los grados de lo rupestre hay un tipo de identificación que parte de no ser el polo opuesto. Es frecuente que por rechazar las políticas de quien se ofrece de izquierda se adopten planteamientos que van de la derecha tradicional a sus formas más radicales y, que en la negación a lo que quiera entenderse como el imperialismo, yanquismo, derecha internacional o cuanto adjetivo admita lo vacío, se abracen y disculpen aberraciones dictatoriales por su simple oposición a las generalizaciones vistas como antípodas de la izquierda.

Las opciones políticas que se puedan construir en México no están en ninguno de esos espacios.

Para hacer política y ser una opción en esta, se necesita leer el entorno, y no me da la impresión de que las fórmulas actuales lo estén haciendo.

La insularidad con la que coquetea el proyecto en el gobierno, en su incapacidad para criticar regímenes dictatoriales de filiación política cercana a sus sectores más duros, es problema a futuro del país por una circunstancia geográfica que no podemos eludir mediante decreto. El dogmatismo oficial en aspectos más convencionales es lo que pide opciones para aspirar a un espacio político mínimamente sano. Por esa única razón es necesario llevar la discusión, no solo al ejercicio del poder en México, sino a las posibilidades políticas que tiene un eventual electorado.

Esas opciones se agotan entre un partido político con crisis de identidad capaz de hacer anuncios durante el Mundial de futbol, otro secuestrado por sí mismo, un partido nacional que hasta ahora no ha pasado de ser local en un par de estados y las incorporaciones de nuevo ingreso.

La lógica de una organización política sin inclinación ideológica clara puede parecer razonable en el entorno de polos encontrados, un cobijo a quien huya de ellos. Por ese entorno, cae en la ingenuidad, la buena voluntad o la falta de pragmatismo político que los lleve a la gran razón de la existencia de todo partido: ganar elecciones. Y lo tiene que hacer contra un sistema funcional para sus pares. Cuando la aspiración inicial de una nueva organización, en principio secular –políticamente hablando–, es conservar su registro, su utilidad se remite a ampliar el debate político. No es algo despreciable, permite mesas con manteles verdes, como llama a los paneles un buen amigo. Pero carece de todo lo que permite funcionar en este país para acercarse a su única razón de ser. Si es una apuesta en el tiempo, no estoy seguro de que cuente con él.

Llegamos al punto en que la costumbre a las desviaciones democráticas ha hecho perder fuerza a la denuncia de pulsiones autoritarias. Es necesario, entonces, pensar y analizar los comportamientos del proyecto político en el poder, pero también los comportamientos de la sociedad frente a sus acciones.

Sectores sociales más estridentes que efectivos, afortunadamente, se han inclinado por lo que, gracias a la falta de universalidad en las definiciones geométricas, es catalogado como extrema derecha, o por su defensa de ciertos valores hoy llamados libertarios, o por su afinidad a otros proyectos políticos que ven favorables algunas posturas del Washington actual.

No es extraña la conversación en la que se advierta preocupación por organizaciones de extrema derecha que den vuelo a un Milei, Kast, Bukele o De la Espriella nacional. Esto ha dado insumos para el oficialismo mucho más que para que cualquier otra cosa. Ensucia el espacio político y fomenta histerias. No he escuchado un solo argumento que me saque de la idea de que esas pulsiones de extremos siguen siendo marginales en México. Las que intentaron registrarse como organización política no lograron la convocatoria mínima. Los individuos que, con dichas posturas, vean en partidos existentes un lugar de acogida, deberán sortear la templanza con la realidad dentro de esos partidos. En caso de equivocarse, se arriesgan a un suicidio que los retire de un sistema fascinantemente redituable. Siendo tan alto el riesgo, no estoy seguro de que vean con buenos ojos la apuesta. Dicho riesgo está en la lectura o no del entorno.

Muchos hemos argumentado que el oficialismo ha dado grandes pasos en la construcción de un proyecto autoritario y poco democrático. ¿Qué tanto de lo que consideramos puntos de quiebre en el espacio democrático nacional lo es también para los votantes mayoritarios? ¿La gente tiene en general alguna sensación de estar inmersa en una experiencia autoritaria?

En varias partes del mundo hemos visto libertarios que coquetean con el anarquismo y constantemente van contra de las nociones de Estado. Los peores casos han pasado por teorías de determinismo genético, racial, esencialismo biológico, separatismo político y populismo de derecha que deviene en neoconservadurismo. Ideas de un mundo donde los bienes y el mercado se muevan libremente, pero los aspectos culturales, en su mayor extensión, se encuentren limitados por geografías específicas. Idiotas que argumentan la vinculación hereditaria de los niveles de inteligencia y aseguran que las disparidades, incluso de clase, son condiciones genéticas por lo que son inútiles, según ellos, las políticas que intentan allanar las disparidades. ¿Qué de eso tiene espacio en el escenario político nacional a gran escala?

Hace tiempo escribí en estas páginas de la necesidad de entender los triunfos del oficialismo en códigos culturales. El primero, la identidad.

La construcción de una identidad es un aspecto cultural que ningún ejercicio político puede modificar a corto plazo. Esto obliga a la opción política que realmente busque abrirse paso, a utilizar algunos de los insumos o constructos del proyecto en el poder. Mantenimiento y reforzamiento de programas sociales –es imposible pelearse con ellos–, con una urgente solución económica que hoy no se tiene; cercanía a idearios de izquierda —si se quiere con un apelativo que les nombre de otra forma y reduzca confrontaciones—, ya que las concepciones de derecha no convencen masivamente más que mediante identidad por oposición y, porque en México, decir socialdemocracia es equivalente a nada; refrendar símbolos de identidad nacional sin caer, a diferencia de Palacio, en un etnonacionalismo excluyente.

El pragmatismo en la conformación política que se debe construir obliga a dejar un tanto de lado la racionalización en exceso a la izquierda mexicana y encontrar un espacio, ya existente y con solidez entre los pocos que hay, al que puedan migrar las estructuras regionales dentro de los partidos –las del PRI que no se hayan ido con Morena, las del PAN–. No los notables o sospechosos comunes, en su mayoría impresentables. Lo mismo con miras al próximo año como al 2030 o más adelante. ~


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