Fue árbol y creció en un bosque al otro lado del océano. El viento se filtraba entre sus hojas, desplegadas en medio de la espesura como los dedos de unas manos enormes. Pequeños monos de cabeza blanca se colgaban de sus ramas. En el interior de su tronco habitaba un perfume dulce, agazapado tras la corteza de color pardo rojizo. Era amigo de la lluvia, del calor y de las aves.
Los hombres que venían a talarlo llegaron en luna creciente. Así lo establecía la tradición y así lo había decretado un funcionario real que a su vez obedecía a otro funcionario que lanzaba misivas selladas con lacre desde la orilla opuesta del Atlántico. No les costó desgajarlo de su madre, la selva: tenía un tronco flexible que se doblegó sin queja al filo de las hachas. Era un árbol dócil. Allí mismo, cuando yacía en el suelo entre sus hermanos aún erguidos, le cortaron los brazos y dividieron su tronco en pedazos. Caía una lluvia fina y los trabajadores se limpiaban la cara a intervalos con una manga o con el antebrazo desnudo. A veces se quedaban quietos, en suspenso, aspirando el aroma que salía de la resina. Era el perfume del cedro rojo.
Pero él ya no era un cedro rojo, sino simples volúmenes, cilindros que viajaron arrastrados por mulas hasta la orilla del mar. Una nave construida con los cuerpos de otros árboles lo trasladó a su destino. Él, reducido ya a la condición de madera, surcó las aguas envuelto en los miembros de parientes a los que no conocía, robles y pinos criados muy lejos, en una península al sur de Europa. Hasta allí lo condujeron primero el barco y después los carros que surcaron los caminos polvorientos. Hizo su entrada en el Real Alcázar de Madrid a comienzos de 1692, aunque esos datos no tenían sentido para él, antiguo habitante de los bosques del trópico.
Entonces llegó la mujer. Ancha, sólida ella también como un árbol. De manos fuertes y sabias. Varios hombres trabajaban en el obrador de palacio, pero fue ella quien dirigió la división de las piezas en fragmentos de formas caprichosas, según bocetos de su propia creación. Palpaba la madera mutilada como si tuviera la certeza de las formas que se escondían en su interior. Varias veces, abstraída, se inclinó hasta pegar la cara a la superficie veteada y aspiró su olor. Sonreía. Nunca, desde que comenzó como ayudante en el taller de su padre, había dispuesto de un material tan lujoso y perfumado: madera de Indias. Armada con una gubia y un mazo, comenzó a eliminar las partes sobrantes, que se rizaban y caían al suelo del taller, cubierto a partir de entonces de tirabuzones de cedro. De las entrañas del que ya no era árbol fueron surgiendo rostros, dos pares de alas, un cuerpo vestido y otro desnudo.
Uno de los hombres que trabajaban con ella iba policromando los fragmentos ya tallados. La madera dejó de parecerlo para transformarse en piel, en metal, en tela. Allí debajo de la pintura quedaron aprisionados el olor del cedro, el recuerdo del bosque, las huellas del viento y de la lluvia. El pintor, paciente y cuidadoso, consultaba de tanto en tanto a la mujer: «¿Así, Luisa?» Ella se acercaba, observaba durante unos segundos su labor, en silencio. Asentía con la cabeza. Eran cuñados y tenían confianza de hermanos. Otro de los hombres, encargado de desbastar la madera, esgrimía con fiereza los instrumentos, sin pedir nunca consejo. Era el marido de la escultora. La pareja se había instalado hacía poco en la corte, en compañía de sus tres hijos menores. En tierras del sur habían dejado años de trabajo y a sus cuatro hijos mayores, muertos a edad temprana.
Un aprendiz muy joven barría las virutas que cubrían el suelo. Alguna vez descubría una que le llamaba la atención y la observaba. Creía ver en el diseño de su curva el lomo de un animal, la cabeza de un caballo, el perfil de un niño. Se la guardaba entonces furtivamente en una bolsa que llevaba atada a la cintura. Era consciente de estar robándole a su majestad el rey una parte, aunque fuera ínfima, de su imperio. También le parecía ver a veces, en la zona más sombría del taller, donde no alcanzaba la luz de las velas, las siluetas de un par de niñas que se perseguían jugando. En alguna ocasión llegó a oír el llanto o los gorjeos de bebés. Cuando comprendió que la pareja de escultores no se había traído a sus hijos al obrador, dejó de asomarse a los rincones oscuros y permaneció en la zona iluminada, muy cerca de las velas, esperando a ser reclamado.
Ensamblar las piezas ya policromadas fue una labor difícil. Casi costó más erigir las figuras de gran tamaño de lo que había costado derribar el cedro rojo en su hogar de allende los mares. Cuando al fin las tuvieron frente a sí, firmes y elevadas, todos en el taller se quedaron mirándolas sin atreverse a hablar. El marido sonrió por primera vez. El cuñado pintor asentía con la cabeza, casi se diría que emocionado. El aprendiz observó con la boca abierta la resolución de aquel enigma hasta ese momento indescifrable de virutas al aire, golpes de gubia, láminas de oro, miembros de madera que parecían de carne humana repartidos sobre los tableros del obrador, como un cuerpo desmembrado. Frente a él se alzaba un arcángel San Miguel alto y sereno, sujetando con firmeza bajo sus pies a un demonio casi se diría que demasiado humano. San Miguel era muy bello y el diablo, a pesar de los cuernos, podría ser cualquiera. Se le ocurrió al aprendiz que se parecía sospechosamente al marido siempre adusto y miró con recelo a la escultora, que indicaba en esos instantes a su cuñado la inscripción que debía pintar sobre la sandalia izquierda del arcángel: «Luisa Roldán. Sevilla». Mientras su nombre y su ciudad natal iban quedando escritos con delicados trazos dorados, pensaba tal vez Luisa que en la tira libre de la sandalia había espacio para añadir el cargo que tanto ansiaba: «Escultora de cámara». En seguida el esposo quiso añadir su nombre sobre la sandalia derecha. Desde el rincón más oscuro del obrador, cuatro pares de ojos infantiles observaban sin pestañear el colofón de la tarea de sus padres. Ahogado en capas de pan de oro y pintura, el cedro dormía.
Fue así como llegó el día de mostrarle la escultura al rey. Desde el taller de la Casa del Tesoro, oyeron el rumor de la comitiva real, que se acercaba. Era como el rugir lejano de una ola muy grande que se anunciara tiempo antes de romper en la orilla. Los artesanos esperaban en el taller silencioso, en el que casi se podía oír el latido de sus corazones expectantes. Luisa se había vestido con sus mejores galas y frotaba de vez en cuando las manos sobre la saya con gesto de extrañeza, como echando de menos el tacto de la áspera falda y del mandil de trabajo. El marido recorría arriba y abajo el aposento, cambiando objetos de sitio, mientras su hermano el pintor permanecía muy quieto, con una media sonrisa y la mirada abstraída, tal vez recordando el largo proceso de colorear a ángel y demonio. Los ayudantes estaban mudos y parecían todos ellos estatuas, de tanto empeño como ponían en pasar inadvertidos: ninguno quería ser expulsado del obrador y perderse la visita de sus católicas majestades. El gran protagonista de la ocasión, San Miguel venciendo al demonio, estaba oculto bajo una tela gris perla de la que el marido de Luisa tironeaba una y otra vez para hacer más simétricos los pliegues. El aprendiz más joven, con su fino oído, fue el primero en detectar el rumor de la ola que se acercaba: pasos, voces, órdenes dadas en sordina, una risa extemporánea. «Viene con ellos el enano Michol», pensó el muchacho, y se le escapó una sonrisa que ocultó de inmediato con la mano.
En el séquito venía, en efecto, el enano Michol, pero también un cardenal, el Almirante de Castilla, la reina madre, el mayordomo mayor, otros cuantos nobles más, un escribano, un sinfín de damas y pajes, algunas gentes de placer, dos aves exóticas, un mono tití, un jesuita y un dominico, confesores estos últimos, respectivamente, de la reina y el rey. Rodeando a la reina se podía ver a su camarilla alemana, con su médico personal y su dueña de honor, la oronda baronesa Berlepsch, cuyo apellido impronunciable habían sustituido los cortesanos por el más cómodo y evocador «Perdiz». El rey se había levantado ese día con una debilidad extrema y se hizo transportar en una silla de mano llevada por cuatro alabarderos. Abrían la marcha varios criados armados con hachones. En los corredores del alcázar se produjeron malos encuentros, choques de basquiñas y tontillos, ademanes de cederse el paso o de no cedérselo entre nobles y eclesiásticos. Al salir al patio, una ventolera agitó las llamas de los hachones. Batía sus alas una cacatúa de cresta roja y, de no llevarla atada a la muñeca el enano Michol, tal vez habría salido volando hacia los tejados de pizarra. Irrumpió el largo séquito en la Casa del Tesoro y andaban todavía damas y caballeros atascados en el acceso desde el patio cuando ya dos sirvientes abrieron las puertas del obrador y una voz estentórea anunció la llegada de sus majestades. Escultores, pintor y ayudantes se sumieron en profundas reverencias. Solo quedó erguida la figura del arcángel, que esgrimía su espada de fuego debajo de la tela gris.
Los alabarderos depositaron en el suelo la silla de mano con más ruido del que habría sido deseable. Con el espinazo doblado, sin atreverse a deshacer la reverencia, el aprendiz más joven se esforzó por mirar a los reyes. Vuelto todo ojos y con esfuerzo infinito, alcanzó a distinguir un bulto oscuro aposentado en la silla, del que se desgajaba un brazo cubierto de tela negra. Entonces vio que una mano muy pálida cobraba vida y le pareció que iba a señalarlo; asustado, clavó sus ojos en el suelo y esperó. Junto a él, los otros ocupantes del obrador seguían atrapados en sus respectivas reverencias. El mayordomo mayor, algo impaciente, tuvo que intervenir: al parecer, la mano del rey había hecho un gesto para indicar que se alzaran, pero nadie lo había visto. Poco a poco, los ojos de escultores, pintor y ayudantes se levantaron del suelo y los cuerpos recobraron la vertical. Con emoción, el aprendiz se dispuso a ver por primera vez en su vida —sospechaba que última— a Carlos II y a su esposa, Mariana de Neoburgo. Encontró al rey rubio y desgreñado, sin intención alguna de abandonar la silla de mano. La reina era alta y pálida, de gesto solemne. Le vino al aprendiz el recuerdo inoportuno de unas coplillas que corrían por la corte:
…y, en fin, por decirlo todo,
que lo demás no lo sé,
es ser la reina de carne,
es ser el rey de papel.
Notó que le burbujeaba la risa en la garganta y se aterró. Se pellizcó el dorso de la mano con disimulo para que el dolor le devolviera la seriedad. Requerida por el monarca, Luisa Roldán presentaba en esos instantes su obra y su persona. Dos ayudantes, subidos en sendas sillas, esperaban el momento de retirar la gran tela que ocultaba la escultura. Un poco ajeno al curso de la ceremonia de presentación, el joven aprendiz observaba a los personajes del séquito real que habían entrado en el obrador. El prelado con perilla, vestido de púrpura. El monje con hábito blanco y negro. La mujer voluminosa —La Perdiz— que susurraba algo al oído de la reina. La madre del rey, con tocas de viuda. Una masa de cabezas y telas suntuosas se perdía detrás de ellos en la oscuridad del corredor. Nobles y damas de compañía se esforzaban por ver el interior del taller, en un movimiento constante que traía consigo un crujir de brocados y terciopelos. Entonces el mayordomo real dio la orden de descubrir la escultura. Hubo un momento de zozobra cuando la tela, en su caída, se enganchó en un cuerno del demonio. Uno de los ayudantes, colorado de vergüenza, dio un brusco tirón para liberarla. La tela cayó por fin al suelo y quedó al aire, a la vista de todos, la figura del arcángel, de estatura superior a la humana, blandiendo su espada flamígera sobre el mismísimo Satanás.
Hubo un silencio cargado de rumores. Alguna dama se sonrojó al alcanzar a ver, estirando bien el cuello desde el umbral, el cuerpo desnudo —muy desnudo— del diablo caído. Los de la camarilla alemana empezaron a intercambiar impresiones en un idioma que nadie entendía. El confesor del rey observaba la talla con gesto agudo de inquisidor. El cardenal estaba impertérrito; no había captado, al parecer, el parecido entre su perilla y la de Lucifer, semejanza que empezaba a extenderse de boca en boca por los exiliados en el exterior del obrador. «Lucifer es, tal cual, Portocarrero», dicen que musitó uno de los hombres de placer más cercanos a su alteza. Entretanto, Luisa Roldán había terminado de hablar y aguardaba, humilde, la sentencia del soberano. Se estaba jugando el cargo de escultora de cámara. Tal vez sus hijos menores pudieran crecer bien alimentados, con las regalías de palacio.
A esas alturas, el rey parecía ausente, perdido en sus pensamientos. Era como si se hubiera olvidado de qué ocupación lo había traído hasta allí. Paseaba la mirada por los rincones del taller, sin fijarla demasiado en las figuras de brillante policromía que todo el mundo, excepto él, observaba. Entonces sucedió algo que rompió la tensión incómoda que se extendía ya por la masa de nobles, eclesiásticos y servidores. Se registró un movimiento entre los que se apelotonaban en la puerta, como si alguien estuviera excavando un túnel entre ellos, e irrumpió en el obrador una figura menuda, fantásticamente acompañada por dos criaturas singulares. Era el enano Michol, que traía sobre el hombro a un mono diminuto, de cresta blanca, y en el puño una cacatúa de ese mismo color, con la cabeza coronada por un penacho de plumas rojas. Emergieron los tres, a base de empujones, al espacio vacío entre el cardenal Portocarrero y la reina madre. El enano venía despeinado y la cacatúa, si es que tal cosa puede decirse de animal semejante, traía gesto de pavor. El mono se había agarrado con todas sus fuerzas al hombro del enano para no sucumbir en el mar de sedas que acababa de atravesar. Venía Michol rezongando porque, con su estatura, le era imposible apreciar desde fuera de la sala la escultura sobre la que todo el mundo comentaba. Se quedó detenido entre la reina madre y el purpurado, con gesto de asombro. El arcángel era alto, bello y colorido. Y entonces, antes de que Michol se tomara la libertad de ser el primero en expresar su opinión, sus dos acompañantes se pusieron en movimiento al unísono. La cacatúa se separó de su puño y empezó a aletear, el mono se bajó de su hombro como si fuera ingrávido y, en un santiamén, el ave que había convivido en paz con el simio desde que ambos vinieron a palacio desde lejanas tierras decidió aterrizar en el lomo de este con toda la fiereza de sus garras. El mono chilló, aplastado contra el suelo, la cacatúa desplegó aún más sus alas sin soltar su presa y, de pronto, ahí frente a la silla de mano donde languidecía el rey, se produjo un simulacro inesperado de la escultura del diablo y del arcángel. La cacatúa, con las alas abiertas y el penacho colorado de su cabeza, era una versión en miniatura del personaje alado con su casco de plumas. El tití abría su boca diminuta en un gesto de queja que no desmerecía en patetismo al del demonio vencido. A falta de perilla, una ristra de pelos de color claro le enmarcaba el hocico.
El primero en captar la similitud fue el aprendiz, que por no soltar una carcajada fingió un ataque de tos. Pero ya se extendía el regocijo entre los cortesanos; los que no podían ver la escena por hallarse fuera se explicaban unos a otros: «El pájaro de Michol es como San Miguel, el mono es el diablo». Algunos se santiguaban para hacerse perdonar la chanza, que no estaban seguros de si sería blasfemia. Hubo quien vio, incluso, al cardenal Portocarrero llevarse la mano a la boca para disimular el gesto de diversión. El marido de Luisa Roldán era de los pocos que permanecían serios; apretaba los puños con fuerza, conteniendo la rabia. Por primera vez en muchos años de penalidades, Luisa notó que se le humedecían los ojos. El aprendiz se pellizcaba una y otra vez el dorso de la mano. No quería ceder a la risa.
Hubo un momento en que la chacota general sacó al rey de su ensimismamiento. El enano Michol había tensado la cadena para recuperar a la cacatúa y perseguía en vano al mono, que dio varias vueltas acrobáticas al taller y al fin trepó hasta perderse en algún lugar del techo. A Carlos, soberano de España y de las Indias, la imagen le pareció cómica y sonrió. Probablemente se habría echado a reír si su segunda esposa no hubiera dado un paso al frente en ese momento. Fue un solo paso, pero los movimientos de la reina alemana poseían una contundencia especial. La corte se calmó de improviso; hubo que mandar callar a los que aún murmuraban en el pasillo. Michol alzó hacia la soberana su carita infantil, convencido de que su encanto lo libraría, como tantas otras veces, de una reprimenda. Pero Mariana de Neoburgo no estaba pendiente del enano; su mirada recorría las dos figuras de madera, imponentes sobre la peana. Por un instante, sus ojos se encontraron con los de la escultora, que los bajó de inmediato con humildad. En el segundo en que Mariana y Luisa se miraron, hubo una chispa de reconocimiento en los ojos de ambas. Los enemigos de la reina extranjera contenían la respiración, esperando su juicio sobre la escultura, con el cual necesariamente estarían en desacuerdo. La camarilla alemana se tensó, dispuesta a secundar a su soberana. La Perdiz lanzó una exclamación enigmática en su lengua materna. Hubo miradas de reojo entre confesores, cardenal, secretarios y reina madre. Todas las intrigas de palacio se desplegaron en un instante allí mismo, a los pies del arcángel. Entonces se oyó la voz del rey.
Carlos se había incorporado en la silla de mano. Parecía haber tomado conciencia por fin de lo que lo había llevado hasta allí y miraba alternativamente a reina y arcángel. Su labio inferior, de natural caído, se había descolgado más aún en un gesto que lo mismo podía ser de asombro que de concentración. Sus ojos se movían muy deprisa, captando detalles fragmentarios: el perfil recto de su esposa, las alas majestuosas de San Miguel, el pelo rojizo de la reina, el casco con plumas del ángel, el regio cuello de piel blanquísima, una espada de fuego, un pendiente como una lágrima, un cuerno demoníaco, una tela de brocado de oro y azul. Al fin, algo mareado por tanto estímulo, pronunció el rey estas tres palabras:
—Hermosa, muy hermosa.
Un murmullo recibió la aprobación del monarca, que lo mismo podría referirse a la reina que a la escultura. Hubo que transmitirles el dictamen real a los de fuera, que morían de incertidumbre. Acudió el escribano a levantar acta, el marido y el cuñado de la escultora habrían querido abrazarse, pero, cohibidos por la solemnidad de la ocasión, se miraban sonriendo, sin acertar a decir nada. Los que sí se abrazaron sin inhibición alguna fueron los ayudantes. En medio del regocijo, el enano Michol alzaba los ojos al techo, buscando alguna señal de su tití perdido. La escultora, a la que todos llamaban La Roldana, tardó en levantar la mirada del suelo. Por un momento, le pareció que el revuelo de la corte se iba lejos, muy lejos, y que en torno a ella sonaban las voces de sus hijos mayores, los que quedaron allá en el sur, enterrados en tierras andaluzas.
Hace horas que la comitiva real abandonó la Casa del Tesoro y el obrador está en penumbra, alumbrado solo por la luz de dos velas. Las demás se han apagado hace rato, pero el joven aprendiz, al que han encomendado la limpieza del taller cuando todos se han marchado, no ha sido consciente de la merma de la iluminación: se ha quedado dormido acurrucado en el suelo, sobre un remolino formado por la tela gris perla que sirvió para ocultar la escultura y que ahora atenúa un poco la dureza y la frialdad del improvisado lecho. Sobre él se inclina el arcángel de rostro delicado, que, ahora que no lo ve nadie, parece como si prefiriera velar el sueño del muchacho a ajustar cuentas con el demonio. Entonces suenan unos golpes tenues en la tranquilidad del taller. Son unos pasos de pies diminutos, que, sorprendentemente, proceden de lo alto. Una cara peluda y gris asoma entre dos piezas del artesonado. Unos ojillos vivos otean a un lado y a otro desde arriba y, finalmente, emerge entero de su escondite el mono tití que el enano Michol se resignó a abandonar cuando regresó al alcázar. Michol ha contado a esas alturas a media corte lo sucedido en la presentación de la obra de la que ya puede considerarse escultora de cámara del rey. Animado por las risas, ha montado incluso una pequeña comedia: agita la cadena para que la cacatúa aletee y él interpreta el papel del tití, tirándose al suelo con ojos extraviados de demonio. El auténtico tití comprueba que ni Michol ni nobles ni reyes están ya presentes y, con una ágil pirueta, se lanza desde lo alto y aterriza en las plumas del casco del arcángel. El golpe sobre la madera resuena en el taller y el muchacho dormido en el suelo se revuelve. En mágica coincidencia, una de las dos velas supervivientes se apaga y el obrador se sume un poco más en las sombras. El mono se pone en estado de alerta, su carita con penacho de pelo blanco superpuesta al penacho de plumas de San Miguel. El aprendiz sigue durmiendo y el mono se anima a moverse. Se descuelga por el casco y los rizos de la escultura hasta aposentarse en la curva de su cuello. Allí se acurruca y cierra los ojos, casi se diría que adormilado. Pero el tití de Michol está despierto y concentrado en estímulos inesperados. De lo profundo de la pieza sale un rumor como de lluvia y de viento agitando hojas. Y, de repente, el monito se ve a sí mismo saltando de rama en rama por las alturas de un bosque, chillando con sus congéneres a la caída de la tarde. Se queda muy quieto, apoyado en la mejilla del arcángel, sintiendo la respiración del cedro rojo, atrapada bajo la pintura de color carne.