Después de un acelerón un poco forzoso para incorporarnos a la autopista, saltó una alerta del coche. Fallo de motor, decía, después de los pitidos que normalmente adviertes de que se ha encendido la reserva o el coche considera que no estamos siguiendo el trazado de la carretera. Fallo motor, le dije a mi novio. En la pantalla pone fallo motor. Era como si el coche no lograra coger fuerza. Nos paramos en una salida y mi novio abrió el capó. Los niños preguntaban qué era lo que pasaba. No lo sabemos, les dijimos. Habíamos ido a Zaragoza de manera un poco improvisada: vemos a las familias y cogemos las herramientas. No habíamos firmado todavía la compra de la casa pero sí habíamos dado la entrada así que era cosa segura. El maletero del coche iba a rebosar de cajas de herramientas que a mí me parecían todas la misma y un par de bolsas de libros que había recuperado de nuestro trastero en Zaragoza: libros para mí, libros para los niños, cuadernos y cartulinas de colores para los niños, algo de ropa…
Siempre que vamos a Zaragoza, entro en el trastero y ojeo los lomos de los libros, rebusco entre la ropa guardada en bolsas o muevo las perchas de la burra que cuelga al fondo, delante de los libros de los niños. Allí tengo todo lo que es no ficción, incluyendo libros de cine, pero también cómic, los libros de los niños y un montón de libros con los que no sé qué hacer, libros que tal vez podría leer, libros de los que no me quiero deshacer así sin piedad, pero tampoco me caben. Hay una caja con libros que no quiero (todos los de Vivian Gornick, por ejemplo) y un par de bolsas de rafia con libros que leí durante nuestro primer curso almeriense y que llevé a Zaragoza creyendo que mi biblioteca iba a estar ahí. Con respecto a mis libros, me siento como Pingu en el sketch en el que suena el timbre del teléfono a la vez que la tetera que está al fuego empieza a pitar avisando de que está hirviendo el agua. Pingu se queda paralizado, solo gira la cabeza hacia uno y otro sin saber hacia dónde ir. Esa soy yo con mis libros. En el trastero se acumulan también restos de nuestras vidas pasadas: juguetes de los niños, el carrito urbanita que era caro incluso de segunda mano y que no podemos vender porque lo rompimos a fuerza de sobrecargarlo, pero que pensamos que tal vez no está tan mal como para tirarlo. Hay cajas con cuadernos y archivadores de cuando guardaba ordenadamente mis apariciones en prensa o mis cuadernos de trabajo. Están los cuadros que quitamos cuando el incendio, algunos con el marco roto desde entonces.
El coche nos dejó hacer unos pocos kilómetros más, nuestro plan era tratar de llegar a casa y al día siguiente acudir al taller. Pero en las cuestas el coche se quedaba sin fuerza. Y de pronto, entramos en una zona de niebla, no faltaba mucho para que se hiciera de noche. Decidimos parar en la primera salida, que resultó ser donde se compran los billetes para Algeciras. Hay un bar de carretera musulmán allí, la vez que paramos ahí mi hijo mediano insistió en que le preguntara al camarero si había bocatas de bacon. Ahora el bar estaba desierto, nuestro coche era el único del aparcamiento. Claro, estábamos en medio del Ramadán. Llamamos a la grúa y no sabíamos bien dónde pedir que nos llevaran, estábamos a casi tres horas de casa. Los niños querían ir al baño. Las dos televisiones del bar tenían informativos puestos, en los dos hablaban de los bombardeos de Estados Unidos a Irán, lo sabía por las imágenes porque no eran canales en español. Saludé al camarero y me metí en el baño con los niños. Cuando salimos, ya era de noche. La grúa tardó en llegar. Entre tanto, decidimos que un taxi nos llevaría hasta la casa de mi tía en Orihuela, tu pueblo y el mío, que había ido a recoger naranjas. Nos ofreció su coche –puedo moverme en transporte público, dijo, estoy casi segura de que durante las dos horas de autobús entre Orihuela y Lorca un mes después se arrepintió–. Cuando nuestro coche estaba en la grúa, llegó el taxi: menos mal, porque no nos habíamos acordado de sacar las sillas de los niños. El gps del taxi nos llevó por caminos rarísimos, los niños se dormían y querían llegar ya, y a la vez estaban emocionados por la aventura: qué suerte tenemos, decían, siempre nos pasan cosas emocionantes. Le dimos unas cuantas naranjas al taxista, que había insistido en que no hay un motor mejor que los de Mercedes, por eso su jefe siempre compraba coches de esa marca. Deberíamos tenerlo en cuenta, le decía a mi novio. Cenamos y seguimos con el viaje a casa. Como habíamos hablado con nuestros vecinos, en la mesa del patio, al llegar, nos esperaba tortilla de patata y ensalada murciana que nos supo buenísima. Los niños decían que lo iban a contar en el colegio.