Una causa para la viuda asesina

En la serie “Furia”, una policía hace más que investigar a la mujer que seduce y asesina a millonarios: también quiere quemar las redes que protegen a los poderosos.
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Hacia el inicio de La viuda asesina (Black widow, E.U., 1987), sexto largometraje del sólido cineasta setentero/ochentero Bob Rafelson, la tenaz investigadora del Departamento de Justicia gringo Alex Barnes (Debra Winger en su mejor momento) le explica a su paternal jefe Bruce (Terry O’Quinn) su teoría de por qué esa misteriosa mujer que aún no puede identificar –la “viuda negra” del título en inglés– se ha dedicado a seducir y luego envenenar a tres maridos: un magnate de la industria editorial, un poderoso fabricante de juguetes y un tímido filántropo de la arqueología. Según la perspicaz Alex, la asesina debió haber tenido una infancia difícil y seguramente fue maltratada por una abusiva figura paterna. Ella entiende a la criminal, le dice a su comprensivo jefe directo: siendo una niña, era golpeada cotidianamente por su padre alcohólico, hasta que un día, cuando él la estaba persiguiendo, cinto en mano, le dio un ataque cardiaco y murió en el acto. De seguro “la viuda asesina” tiene un resentimiento similar en contra de hombres mayores.

Apenas termina de contar esta supuesta historia personal, Alex voltea a mirar a su jefe con una encantadora sonrisa burlona: “¿De verdad me creíste todo lo que te dije?”. Y suelta una carcajada para luego subrayar su pragmático ethos profesional: “¡Yo qué voy a saber por qué está matando esa mujer! ¡Nadie sabe por qué la gente hace lo que hace! ¡Lo que tenemos que hacer es atraparla!”. Santo remedio.

Ahora que volví a ver este muy palomero thriller ochentero, a casi 40 años de su estreno, me di cuenta cómo ha cambiado la perspectiva y el abordaje de género a partir de la tercera y cuarta olas feministas. Aunque Furia (Furious, E.U., 2026), serie que está disponible en Disney+, se inspira en el guion original de La viuda asesina escrito por Ronald Bass –quien, además, aparece aquí como productor ejecutivo–, lo cierto es que si los créditos iniciales no señalaran de dónde surgió la historia de esta serie creada por Elizabeth Meriwether, sería muy difícil hacer una conexión directa entre el entretenido filme de los años 80 y su perturbador remake feminista televisivo.

En sentido estricto, la historia es la misma: hay una misteriosa mujer, Catherine Grace (la pequeñita actriz irlandesa Lola Petticrew), que se ha dedicado a seducir a varios millonarios, quienes luego aparecen muertos por algún tipo de sobredosis. Y hay detrás de ella una obsesiva policía, Alice Black (Emmy Rossum), que quiere atraparla. La gran diferencia es que, en este caso, la agente sí entiende a la elusiva criminal, porque sí ha pasado por algo muy parecido a lo que ha sufrido la asesina. Incluso, llegado el momento, Alice hace equipo con otra investigadora federal especializada en crímenes sexuales y pornografía infantil, la veterana Norah Washington (Quincy Tyler Bernstine, robándose cada escena), quien, desde la nube alcohólica en que suele refugiarse, entiende muy bien lo que está sucediendo desde que el caso llega a su escritorio.

Así pues, a diferencia de lo que vemos en La viuda asesina, en la que la despampanante criminal Theresa Russell no tiene un solo rasgo redimible –mata por dinero y por poder, aunque alega ¿cínicamente? que sí quiso de verdad a cada una de sus víctimas–, la guionista Elizabeth Meriwheater no solo justifica en Furia cada uno de los crímenes cometidos por Catherine sino, incluso, se podría decir que los aplaude. Después de todo, no es lo mismo ver cómo una fría devoradora sexual asesina al buenazo arqueólogo millonario Nicol Willamson en el filme de 1987 a ver que cada una de las víctimas de la nueva viuda negra del 2026 es un descarado e impune violador de niñas y jovencitas, cuatacho seguro de Jeffrey Epstein, similares y conexos.

De hecho, si exceptuamos al compañero policial de Alice, el atormentado agente interpretado por el siempre bienvenido Scoot McNairy, y al generoso prometido de Catherine, el mordaz discapacitado atado a su silla de ruedas Alden (Steve Way), no hay figura masculina positiva en toda la serie. Los hombres que rodean a las dos policías y a la implacable vengadora son, en el mejor de los casos, un grupo de inútiles a los que no les interesa más que atrapar a la criminal y no hacer olas para no sacar la mugre escondida y, en el peor, son cómplices pasivos o hasta protectores activos de los millonarios pedófilos que saben que no los va a tocar ni con una orden de cateo, porque si detienen a uno de ellos tendrían que empezar a detener luego a los empresarios, abogados, políticos y hasta los mismos jefes policiacos que sostienen el sistema que quieren dinamitar nuestras protagonistas.

El discurso revanchista de Furia no podría ser más explícito. Si la ley, como dice Norah en cierto momento clave citando a Balzac, no es más que una telaraña en la que pasan las moscas grandes y quedan atrapadas las pequeñas, las dos policías y la criminal tienen el mismo objetivo: quemar la méndiga telaraña. Luego de ver la serie cuya primera temporada acaba de finalizar esta semana, no queda más que gritar frente a la pantalla: “¡Quémenla, muchachas, quémenla!”.  ~


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