“Silicon Valley ha perdido su camino”, dice la primera línea de La república tecnológica, y uno recién empieza a acomodarse del mazazo –¿insiders atacando su propio nido?–, cuando, línea a línea, capítulo a capítulo, se encuentra con el despliegue de un tono escéptico, oscuro, distópico en algún punto y decididamente existencialista, fundado por el temor a que el desarrollo tecnológico de autocracias como China y las teocracias del Medio Oriente acabe con lo que queda de la maltrecha promesa liberal de Occidente. Para evitar eso, sugieren los autores pronto ya en el texto, para defender la línea, no hay otra opción que armarse. No ya con bombas atómicas: con cuantas armas puedan llevar software.
¿El problema de Occidente es el declive del liderazgo e innovación estatal, entonces? Para Alexander Karp y Nicholas Zamiska, sí. Esa es la premisa que organiza La república tecnológica. Poder duro, pensamiento débil y el futuro de Occidente (Tenos, 2025). El Estado-nación debe tomar las riendas de la planificación, reclaman, porque, sin él asumiendo el rol del guerrero universal, el mundo que conocemos será consumido por la velocidad amoral de los desarrollos de las naciones autocráticas. “Ha llegado la hora de la verdad para Occidente”, escriben Karp y Zamiska. “La pérdida de ambición nacional y de interés en el potencial de la ciencia y la tecnología y el consiguiente declive de la innovación gubernamental en todos los sectores, desde la medicina a los viajes espaciales pasando por el software militar, han creado una brecha en la innovación”.
Los autores hablan desde el riñón del poder tecnológico estadounidense. Formado en la crítica y neomarxista Escuela de Frankfurt, Karp es socio fundador de Palantir Technologies junto a Peter Thiel, un ejecutivo que acaba de mudarse a Argentina atraído por el proyecto anarco-libertario de Javier Milei. Zamiska, en tanto, es directivo y asesor de la misma empresa, hoy contratista central de los gobiernos y fuerzas armadas de Estados Unidos, Inglaterra e Israel como proveedor de análisis de macrodatos e inteligencia artificial aplicada a la defensa.
Las cuatro partes en que se estructura la obra –El siglo del software, El vaciado de la mente estadounidense, La mentalidad del ingeniero y Reconstruir la república tecnológica– ofrecen en conjunto (1) un diagnóstico sobre las consecuencias geopolíticas del cambio tecnológico; (2) una crítica a Silicon Valley y el progresismo ilustrado estadounidense; (3) una apuesta por el liderazgo estatal y (4) una defensa y apuesta por su empresa, Palantir. Si hubiera que resumirlo en una frase, podría decirse que es una apelación a actuar para defender la hegemonía estadounidense a través de un nuevo modelo de vinculación Estado-mercado. Sin embargo, parece tener más de pasado que de futuro. Veamos.
Seguridad global, inteligencia artificial (y China)
La república tecnológica abre con un nostálgico recuerdo del Silicon Valley original, fundado como brazo privado de las necesidades tecnológicas del Departamento de Defensa de Estados Unidos, su primer gran financista. En el segundo capítulo, esa parte del nuevo Silicon Valley que Karp encarna añora la capacidad de disuasión que poseía la bomba atómica creada por el Proyecto Manhattan. En su tercer capítulo, el libro ya retrata la pérdida del camino de Silicon Valley y, en parte producto de ello, la disminución de las capacidades de Estados Unidos, al que los autores igualan con la idea esencial de qué constituye Occidente. “Las naciones líderes del mundo están ahora embarcadas en un nuevo tipo de carrera militar”, dice el capítulo 3, “La falacia del ganador”. “Nuestra vacilación, percibida o no, a la hora de avanzar con aplicaciones militares o inteligencia artificial será castigada”.
Karp y Zamiska otorgan especial atención a la inteligencia artificial, que supone un reto inédito a nuestra especie “por la supremacía creativa en el mundo”, como la herramienta que debe reemplazar al poder nuclear en la nueva carrera armamentística y tecnológica que debiera definir quién poseerá la hegemonía futura sobre el planeta. El foco está en los desafíos que esto supone, en particular en el ámbito de la seguridad. La disputa por el poder global se vincula a los cambios tecnológicos y, aunque apenas es mencionada, está claro que China es fuente de inspiración y reacción.
Lo que hay que hacer, dicen los autores, es impulsar ese nuevo proyecto Manhattan a fin de mantener “un control exclusivo sobre las formas bélicas más sofisticadas de IA”, esto es, los sistemas de selección de objetivos y los enjambres de drones –“y eventualmente, robots”– que se convertirán en “las armas más poderosas de este siglo”.
Las piezas se van uniendo en el relato. El capítulo “El fin de la era atómica” cita la apuesta de Robert Oppenheimer, uno de los principales creadores de la bomba atómica, para que el nuevo poder destructivo creara una paz duradera como antes también había esperado el inventor de la dinamita Alfred Nobel. (Nobel habría dicho en una carta a un amigo que “lo único que evitará que las naciones empiecen una guerra es el terror”.)
Así, poco a poco “el proyecto de Occidente” se convierte en la promoción de una nueva Guerra fría cuyo objetivo es, otra vez, la supremacía militar de Estados Unidos, considerado por Karp y Zamiska como la síntesis de Occidente. El error de Occidente, entonces, sería haber disminuido la inversión en defensa. “La política exterior estadounidense se ha equivocado una y otra vez en sus tratos con China, Rusia y otros países, al creer que la promesa de integración económica bastaría para socavar el apoyo a los dirigentes en esos países y reducir su interés en la escalada militar en el exterior”, escriben. “(…) Abandonar el palo para dejar únicamente la zanahoria”.
La capacidad de permanencia de las sociedades libres, dicen los autores, requiere de un llamamiento moral y demanda poder, que en este siglo, como ya habían adelantado otros líderes de Silicon Valley, se basa en el software. El llamamiento se hace sin ambages: hay que abandonar el pacifismo. Armarse para que nos teman, y así forzar la paz.
El desencanto de las élites tecnológicas
De forma explícita, el libro es un tratado político dirigido contra Silicon Valley por haberse dejado arrastrar hacia el nihilismo y el individualismo, centrando su energía en productos de consumo en lugar de proyectos que aborden la seguridad y el bienestar a alto nivel. Porque, dicen, “el mercado es un poderoso motor de destrucción, creativa y de otro tipo”, pero con frecuencia “es incapaz de ofrecer lo que más se necesita en el momento oportuno”.
Silicon Valley, desde los años 60 dirigido por una conjugación rara de libertarios, tecno-utopistas y progresistas de izquierda, habría renunciado a sus objetivos de transformación de la humanidad, dejando un vacío. Hoy es una élite que concentra una enorme riqueza (como Karp y Thiel) sin rendir cuentas. Autoindulgente, suntuaria, superficial. La novedad con La república tecnológica es que la crítica se hace desde dentro y en una posición ambigua en tanto busca volverlos al redil, pues “(…) se ha desviado una parte muy grande de los esfuerzos y recursos de toda una civilización (…), explotando y programando a los jóvenes para que encuentren recompensa en el afecto y aprobación, en general volubles, de sus iguales”.
Este argumento es cada vez más popular: Youtube, Instagram y otras plataformas estarían impulsando una cultura vacía que atrapa sobre todo a los jóvenes. Karp y Zamiska centran su crítica en la renuncia a los objetivos emancipadores y colectivistas y el abrazo un tanto snob de la búsqueda del beneficio financiero per se, impulsando un consumo superficial e individualista.
Los autores también hacen una crítica a la instrumentalización de la enseñanza superior que va a contracorriente de las ideas defendidas por José Antonio Kast, Javier Milei o el mismo Donald Trump, todos liderazgos asociados con el discurso tecno-populista. Esto es así porque Karp y Kamiska describen como negativa la pérdida de peso de las ciencias sociales y las humanidades en el currículo: “Necesitamos ingenieros comprometidos y curiosos con el mundo, con el movimiento de la historia y sus contradicciones; no sólo expertos en programación”.
Sin embargo, la estrategia a nivel cultural se reduce a hacer una apelación explícita a guardar bajo la alfombra cualquier revisionismo y crítica en favor del sostenimiento de los mitos que desmontaron generaciones de progresos. (El mercado llenó el vacío que quedó.) Precisamente, uno de los puntos débiles del libro es la propuesta alternativa, pero es comprensible porque el texto opera como un manifiesto de ideas generales, sin una episteme, apenas una doxa menor, que vaya más allá de promulgar la necesidad de la alianza techlords-Estado de la que Palantir es beneficiario. ¿La única certeza? Una muy discutible asimilación: salvar a Estados Unidos es salvar a Occidente. Para los autores, “ningún país en la historia de la humanidad ha hecho más que Estados Unidos para construir una nación, por imperfecta que sea, en la que la pertenencia signifique algo más que una apelación superficial a la identidad étnica o religiosa”, dice el capítulo 17, “Los próximos mil años”. La apuesta no es más que un llamado a recuperar los mitos.
Una revisión del estado emprendedor
A contracorriente del discurso ultraliberal, La república tecnológica proclama reconocer y revalidar el rol del Estado como guía en la búsqueda de un proyecto común y el bienestar colectivo. Un aspecto del argumento pone el ojo sobre lo que la economista italiana Mariana Mazzucato señala en su libro El Estado emprendedor: cómo el rol del ejército fue olvidado por los titanes del software de Silicon Valley. Estos han “reescrito la historia para situarse a sí mismos en el centro y excluir y limitar el papel del gobierno en el fomento y mantenimiento de la innovación” (la referencia a Mazzucato y la cita aparecen en el capítulo 6, “Agnóstico tecnológicos”).
Karp y Zamiska también rechazan la amnesia que ha llevado a esas élites a olvidar su deuda con el Estado que les permitió construir sus vastos imperios y, nada menor, erigir mecanismos para proteger su posición de poder. Un autor de referencia para este argumento es Michael Sandel (La tiranía del mérito), que hace una crítica muy dura al abandono de los ideales de competencia y mérito.
Karp contrapone a eso la recuperación de cierto orgullo nacional. Ha definido el ethos de Palantir en relación a la cultura del guerrero: el dinero importa, por supuesto, pero lo que prima es el impulso insobornable de conquista. Avanzar todo el tiempo, al punto de que hasta las acciones defensivas sean consideradas como oportunidades proactivas. Su propuesta asocia al Estado y las empresas tecnológicas en la construcción de una nueva etapa de socialización y ordenamiento internacional con desarrollos militares disuasivos basados en la inteligencia artificial. Esos desarrollos han de ser vistos por todo el mundo como en el pasado se entendía el poder de la bomba atómica, una persuasión previolenta. En la lógica de Karp, un aviso de que la sociedad dominante tiene todo para destruir al mundo, pero, como es esencialmente buena, no lo hará mientras su concepción de lo correcto no sea desafiada.
El repaso no debe llevar a confusión. No es más de lo mismo y poco tiene que ver este discurso con el de la centroizquierda que, en la línea de Mazzucato, defiende la intervención estatal. Karp y Zamiska hacen una crítica directa a la rigidez del Estado para emprender iniciativas que pueden salvar vidas y minimizar riesgos en defensa y también cuestionan la estructura rígida de pagos de salarios dentro de la administración. Demasiados recursos se destinan a sostener jerarquías burocráticas nada innovadoras, afirman. Lo que da es un Estado con mayor capacidad de intervención guiada por el relajamiento de las reglas de transparencia y rendimiento de cuentas.
El modelo Palantir
Atando cabos, la inversión en seguridad y defensa basadas en inteligencia artificial ofrece la oportunidad de recuperar la supremacía de Estados Unidos a partir de la articulación de acciones Estado-mercado en la que el primero ayude al sector privado a recuperar los valores colectivos. En este esquema narrativo, la reivindicación del Estado no desemboca en una expansión de capacidades públicas autónomas sino en una asociación estratégica con empresas capaces de –y a las que hay que generar condiciones para– ejecutar ese proyecto. Palantir deja de ser un ejemplo y se convierte en horizonte.
Esta agencia comenzó a trabajar poco después de los atentados del 11-S. Su éxito está en no funcionar como el modelo estándar en la práctica empresarial estadounidense. En el capítulo 4 del libro, “Fin de la era atómica”, afirma que su inspiración proviene de la organización social de los enjambres de abejas y las bandadas de estorninos y las implicaciones del teatro de improvisación. Se combina en el argumento la crítica a la rigidez burocrática pero también a poner por delante una reflexión sobre las consecuencias negativas de un acto en lugar de centrarse en las positivas. Pervierte así y de un plumazo principios fundamentales del acuerdo jurídico de posguerra. (Karp y Zamiska nunca nombran a Bukele, pero el presidente salvadoreño es la mayor y mejor expresión de su implementación: seguridad y defensa ante todo.)
La idea de la securitización y el ethos del guerrero –cuya recuperación es bandera del secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth– es el lienzo donde se desarrollarán las nuevas disputas geopolíticas. Para los autores, la disuasión tecnológico-militar creada por una alianza entre capital y Estado es una condición sine qua non para combatir la aparente eficiencia de los gobiernos autocráticos en la batalla por la hegemonía. Karp y Zamiska perciben un riesgo existencial que, a su juicio, demanda una reconfiguración del núcleo de Silicon Valley para permitir que Estados Unidos –otra vez, presentado como la síntesis de Occidente– domine el escenario, en especial en los desarrollos militares sostenidos por IA que debieran ser útiles como mecanismos disuasorios.
Tanto nadar para morir en la orilla
El libro combina argumentos fundamentados y profundos con otros superficiales e irrelevantes; en su oscuridad, es ameno, cargado de historias, anécdotas, referencias a experimentos –algunos centrales y otros marginales, pero siempre presentados de forma determinante– y citas a filósofos, economistas y otros cientistas sociales.
Aunque la palabra “república” aparece en el título, apenas si hay referencias al sistema político, a la división de poderes o al poder popular. Nada se dice de la voluntad ciudadana, de la legitimidad política o la construcción de lo público. La República parece en realidad referir a la capacidad del Estado, infraestructura tecnológica fusionada por una identidad común alrededor del patriotismo.
El libro se inscribe en una creciente producción intelectual de orden filosófico y político, no a cargo de los intérpretes y analistas de Silicon Valley, sino de sus propios constructores. Una nueva genealogía de líderes –Karp, su socio Thiel, el inversor Marc Andreessen o Elon Musk–, todos relativamente jóvenes y ajenos a las viejas castas del Estado y el valle techie, quienes han decidido comenzar a producir intelligentsia propia para legitimar su lugar en el mundo. Desde el “Manifiesto Palantir” –un extracto del libro de Karp y Zamiska publicado por la compañía– al propio manifiesto de Thiel, “La educación de un libertario”, y el “Manifiesto Tecno-optimista” de Andreessen, todos enhebran ideas más o menos generales, y provocadoras, sobre el futuro del gobierno y el Estado.
En todos los casos, se trata de gnoseologías que reivindican la libertad absoluta –por tanto, asocial– del libertarismo y se animan a exigir un Poder Ejecutivo fuerte y unitario. La “república tecnológica” de Karp no desafía esta noción. Por el contrario, detrás de su reclamo de que los funcionarios públicos dejen de ser “monjes” y perciban ingresos muy elevados, reside la noción de que las grandes decisiones han de ser tomadas por expertos, no por una sociedad de legos. Una epistocracia elitista donde, dado que el acuerdo hegemónico fusiona Estado-tecnología, los grandes decisores solo podrían surgir del riñón de Silicon Valley o su élite intelectual asociada. Es un remedo de república platónica, grandiosa en sueños, elitista en materia.
Tanto nadar para morir en la orilla, decimos, porque, tras la crítica y la invitación a innovar, la respuesta al problema sociopolítico es “la resurrección y el restablecimiento de un sentimiento de identidad nacional y colectiva que, a lo largo de la historia, ha constituido la base del progreso humano”.
La república tecnológica intenta rehabilitar el Estado frente al imaginario libertario de Silicon Valley, pero solo para reintroducirlo como instrumento de una nueva alianza entre poder estatal, industria tecnológica y seguridad nacional estadounidense. No es antimercado ni anti Estado, tampoco es libertario. Es la propuesta de reorganización del capitalismo tecnológico hecha desde la defensa del modelo Palantir para recuperar el poder estadounidense. El proyecto no abunda más allá de la enunciación de la disputa dicotómica Oeste/Este. La filosofía de Karp no ofrece más opciones que ese bloque conformado por las tecnologías militares y un Estado militarista en estado permanente de hipótesis de conflicto, un riesgo abierto hacia la autocratización. Y en esa alianza, Karp tampoco proporciona otras soluciones que no provengan más allá del producto y los servicios que su propia empresa o sus aliados ofrecen. En varios sentidos, el libro es la primera, sutil exposición de la agenda de poder de una nueva burguesía y su concepción del Estado, la economía y la sociedad.
Más que un programa acabado de tecno-nacionalismo, La república tecnológica ofrece capas narrativas no siempre complementarias –una intervención intelectual dirigida simultáneamente al mercado, al Estado y a una opinión pública inquieta frente al declive occidental. Y consigue establecer ese diálogo, porque, parafraseando al Indio Solari, el futuro llegó hace rato: vivimos y viviremos en la ansiedad de un mundo nuevo, el primero en que la humanidad puede perder el control de las máquinas que ha creado. Por eso, por los miedos atávicos, paralizantes y paranoicos que despierta el desconocimiento, es importante entenderlo y posicionarse. No comprender su norte, no pensar los vectores que lo guían, es una renuncia a ocupar el espacio político donde se configura el futuro en tiempo presente. ~