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La Babel de las pantallas

Alcanzamos una potencia tecnológica sin precedentes, pero empezamos a perder las facultades necesarias para gobernarla. Ese desequilibrio ya se nota en un deterioro de la capacidad cognitiva, las habilidades sociales y la salud mental.
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Para Isabel Turrent, cuya biblioteca me fue
confiada en custodia por su familia: un legado
de lectura profunda en tiempos de pantallas,
y una forma de resistencia íntima ante la nueva Babel.

Durante siglos, la inteligencia humana avanzó como se levantan las catedrales: piedra sobre piedra, generación sobre generación. El conocimiento y el progreso no fueron una hazaña individual, sino una construcción acumulativa. Cada época añadía un escalón y la siguiente se impulsaba desde ahí. Cada hijo nacía sobre los avances que sus padres y sus abuelos ayudaron a construir. Por eso, cada generación contaba con más herramientas que la anterior y, en ese sentido, era también más avanzada: no solo en técnica o información, sino en su capacidad de comprender, abstraer y pensar el mundo.

Y, sin embargo, en la era en que el conocimiento se expande con una velocidad inédita –y en la antesala de una inteligencia artificial capaz de multiplicar todavía más ese caudal– empieza a dibujarse una paradoja preocupante. Justo cuando la humanidad dispone de más saber que nunca, se multiplican las señales de un retroceso en nuestra capacidad cognitiva. La información se vuelve casi infinita, pero la comprensión no alcanza a seguirle el paso. Tenemos acceso a más datos, más recursos, y aun así empezamos a mostrar dificultades para sostener la atención y pensar con profundidad, leer con comprensión y ordenar el pensamiento. Se está levantando una nueva Torre de Babel: deslumbrante en su capacidad tecnológica, inabarcable en su caudal de información, pero cada vez más frágil en el lenguaje interior, la atención y la disciplina mental que hicieron posible su ascenso.

Cuando se publicó la más reciente ronda de análisis de PISA –la evaluación internacional que mide el desempeño de estudiantes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias, coordinada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)–, quedó claro que el problema iba más allá de una caída puntual en los resultados. Se empieza a entrever algo más profundo: un deterioro más amplio y sostenido en capacidades básicas de aprendizaje y comprensión.

Fuente: Financial Times

Parte de lo que estamos viendo no se explica solo por el auge de los teléfonos inteligentes o de las redes sociales, sino por un cambio más profundo: estamos pasando de la cultura del texto a la cultura de la imagen, de la lectura sostenida al flujo incesante de estímulos. Antes, la relación con la información era más activa: uno buscaba, elegía, leía, comparaba. Pero cada vez más, la información llega sola en forma de feeds infinitos, videos breves, notificaciones y fragmentos que se suceden sin pausa. El resultado es un desplazamiento de la atención deliberada hacia el consumo pasivo, del pensamiento continuo hacia la interrupción permanente. Es una época de sobreabundancia: de exceso de estímulos y de ruido. En medio de esa saturación, la mente, bombardeada, dispersa, fatigada, empieza a perder la paciencia que exige analizar, comprender y deliberar.

La alfabetización nunca fue innata: es una disciplina aprendida. Se adquiere con esfuerzo, repetición y paciencia; una vez adquirida, moldea la mente. Hay un dicho que encierra una verdad mayor de lo que parece: quien sabe escribir, sabe pensar. Leer y escribir textos largos y complejos no solo ensancha el vocabulario: fortalece la concentración, ordena el razonamiento, afina la capacidad de seguir una idea hasta sus últimas consecuencias y vuelve posible una forma de pensamiento más rigurosa y más profunda. Cuando esas facultades se extendieron a gran escala, no produjeron únicamente mejores estudiantes: ayudaron a sustentar el mundo moderno, desde la ciencia y la deliberación pública hasta la oratoria, la conversación inteligente y la vida democrática misma.

El problema es que no solo están cambiando los hábitos cognitivos; también están cambiando los incentivos culturales. Durante buena parte del siglo pasado, el prestigio social tendía a concentrarse –al menos como ideal público– en figuras del conocimiento: científicos, escritores, profesores, inventores, premios Nobel. Hoy, en la “civilización del espectáculo” de la que hablaba Vargas Llosa, la atención se desplaza hacia la visibilidad instantánea, el impacto emocional y la recompensa algorítmica. La fama ya no exige necesariamente obra, disciplina o estudio: con frecuencia basta la exposición, la polémica o la capacidad de convertir la propia intimidad –o el propio cuerpo– en contenido.

Ese giro importa porque reordena el horizonte de aspiración de millones de jóvenes: si antes había un incentivo más claro para cultivar habilidades intelectuales y alcanzar logros académicos, hoy el ecosistema digital premia, muchas veces, la exhibición, la provocación y la gratificación inmediata. Y ese giro –que muchos todavía tratan como una simple característica generacional– es, en realidad, una mutación profunda de la tabla de valores: cuando una civilización deja de prestigiar la inteligencia y la paciencia intelectual, empieza a debilitar, desde dentro, las condiciones que hicieron posible su ascenso.

La marea de la “postalfabetización” se parece, en más de un sentido, a la expansión de la comida chatarra. Cuando lo más barato, lo más accesible y lo más adictivo se vuelve la base de la dieta cotidiana, la libertad de elegir no desaparece, pero se vuelve profundamente desigual. Se abre una brecha entre quienes tienen tiempo, educación, criterio y recursos para cuidarse, y quienes quedan más expuestos a un entorno diseñado para capturar impulsos y fomentar consumo compulsivo. Eres lo que comes, solían decir las abuelas. Pero también eres lo que ves, lo que lees y lo que dices. Si te alimentas de basura, el cuerpo se resiente; si ves basura visual, el carácter se deforma; si lees basura, el pensamiento se empobrece.

Algo parecido está ocurriendo con la dieta mental. El problema ya no es solamente quién tiene acceso a información –hoy casi todos la llevan en el bolsillo–, sino quién conserva las condiciones para convertir esa abundancia en comprensión. La atención profunda empieza a parecerse a un privilegio: al presentar los resultados más recientes de su Encuesta de Habilidades de los Adultos (PIAAC), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) advirtió que las habilidades de lectura y matemáticas en adultos se han estancado o deteriorado en la mayoría de sus países miembros durante la última década, con caídas “más grandes y más extendidas” entre los adultos con menor nivel educativo. No se trata, entonces, solo de un cambio de hábitos culturales, sino de una fractura que puede volverse estructural: cuando la lectura profunda retrocede, la desigualdad deja de ser únicamente económica y empieza a volverse, también, cognitiva.

“Apaga la televisión”, regañaban las abuelitas, cuando nos veían demasiado tiempo embobados frente a la pantalla. Y quizá había más verdad en ese regaño de la que quisimos admitir. Desde hace décadas, los estudios muestran que la alfabetización y la pobreza están correlacionadas. Y algo parecido empieza a ocurrir con la exposición a las pantallas del celular: los niños y adolescentes de hogares con menos ingresos pasan, en promedio, más tiempo al día frente a pantallas que sus pares de hogares con mayores recursos. Distintas investigaciones han asociado el exceso de tiempo recreativo en pantalla con peores resultados en atención, memoria de trabajo, lenguaje y funciones ejecutivas, sobre todo cuando desplaza lectura, sueño, conversación y actividad física.  De hecho, los sectores socioeconómicos con más recursos –y varios países desarrollados– ya empezaron a poner diques: Australia ya obliga a plataformas a impedir cuentas de menores de 16 años, Francia avanzó una prohibición para menores de 15, y en España, Grecia y Alemania se discuten o impulsan restricciones similares. El patrón es claro: cuando una tecnología revela efectos secundarios profundos, quienes primero se protegen son los que pueden hacerlo. Los demás quedan más expuestos a una forma de pobreza menos visible, pero igual de decisiva: la pobreza cognitiva.

Si alguien cree que el deterioro de la capacidad cognitiva en niños y adolescentes es la única consecuencia de este proceso, conviene volver la mirada hacia los adultos, donde sus efectos ya están erosionando de forma visible el tejido social. El dato salta del salón de clases a la vida real: cerca de un tercio de los hombres jóvenes estadounidenses menores de 29 años reporta no haber tenido sexo en el último año. Durante décadas, esa proporción se mantuvo en niveles mucho más bajos; en los años noventa rondaba cifras cercanas al 9%. No es casual que a este giro ya se le empiece a llamar “recesión sexual” en Estados Unidos: el salto no describe una simple moda generacional, sino una transformación más profunda en la manera de vincularse.

Entre 2019 y 2023, los ingresos de OnlyFans crecieron de forma acelerada, mientras el volumen de ventas de condones cayó en mercados consolidados. Los datos no mienten: crece el consumo de intimidad digital y se reducen los encuentros físicos.

Así como en los niños una dieta de videos breves y estímulos fragmentados erosiona la atención y desplaza la lectura, en muchos adultos una dieta de pornografía y erotismo digital bajo demanda (incluidas plataformas de suscripción como OnlyFans) puede erosionar la sociabilidad real. En términos simples: si la chatarra informativa debilita el pensamiento, la chatarra visual puede debilitar nuestra capacidad social. La pornografía ofrece excitación inmediata sin esfuerzo, sin reciprocidad y sin esfuerzo. Cuando ese patrón se vuelve hábito, no solo cambia el consumo: cambia también la forma en que se organiza el deseo. Se instala una especie de aprendizaje desadaptativo –una neuroplasticidad que refuerza la gratificación inmediata y debilita la fuerza de voluntad – En ese contexto, relacionarse de verdad, relacionarse con una pareja o pensar en hijos deja de sentirse como una posibilidad natural y empieza a percibirse, para muchos, como una carga emocional y una imposibilidad real.

Y quizá lo más inquietante aparece justo donde convergen las otras dos líneas del problema: el deterioro cognitivo y el deterioro social acaban desembocando en una crisis de salud mental. Aquí la discusión deja de ser solamente pedagógica o cultural y se vuelve existencial. Como ha subrayado Jonathan Haidt en La generación ansiosa, la migración de la infancia y la adolescencia hacia una vida mediada por el teléfono inteligente, las redes sociales y la validación algorítmica no solo alteró hábitos de atención; alteró también el sueño, la autoestima, la tolerancia a la frustración y la manera de construirse frente a los demás. La comparación permanente, la exposición continua, la lógica de recompensa intermitente y el desplazamiento de vínculos presenciales por interacción digital forman un ecosistema que amplifica ansiedad, soledad y sensación de insuficiencia. Visto en conjunto, el cuadro es más grave de lo que parece: no estamos solo ante una crisis de lectura ni solo ante una crisis de intimidad, sino ante una crisis de formación psíquica en una época que multiplica estímulos, pero debilita las condiciones interiores para procesarlos.

Lo que está en juego, entonces, no es un cambio menor de hábitos, sino una transformación más profunda del tipo de personas y de sociedades que estamos formando. Hay un deterioro cognitivo en la capacidad de leer, concentrarse y pensar con profundidad; hay un deterioro social en la dificultad creciente para vincularse, sostener intimidad y construir una familia (núcleo básico de toda sociedad); y hay un deterioro en la salud mental, visible en la ansiedad, la soledad y la fragilidad psíquica de una generación educada en la sobreexposición y el estímulo permanente. Ninguna de estas crisis se explica por una sola causa, pero juntas dibujan un mismo paisaje.

Y acaso ahí se encuentra la verdadera advertencia de nuestra nueva Torre de Babel. No se trata solo de que una civilización saturada de información se vuelva más frágil, sino de que empiece a dividirse en tipos humanos distintos. De un lado, quienes logren proteger su atención, conservar su lenguaje interior y usar la inteligencia artificial como una prótesis para pensar mejor. Del otro, quienes queden atrapados en una economía de estímulos diseñada para capturar deseo, atención y tiempo, usando esas mismas herramientas para degradar todavía más sus capacidades. La gran fractura del siglo no sería entonces únicamente económica, sino cognitiva y antropológica: no solo una brecha de ingresos, sino una brecha entre modos de conciencia.

Tal vez esa sea la Babel del siglo veintiuno: no una torre que cae, sino una humanidad que asciende por ella sin valores compartidos y sin un lenguaje común. Alcanzamos una potencia tecnológica sin precedentes, pero empezamos a perder las facultades interiores necesarias para gobernarla. Y si eso ocurre, el poder no desaparecerá: sino que podría cambiar de manos. La inteligencia que termina organizando el mundo no siempre es la más sabia ni la más justa, sino la más funcional y, quizá, cada vez más, la menos humana o ¿artificial?. Por lo pronto, la torre seguirá creciendo. La pregunta es si seguirá siendo nuestra. ~

El autor es fundador de News Sensei, un brief diario con todo lo que necesitas para empezar tu día. Engloba inteligencia geopolítica, trends bursátiles y futurología. ¡Suscríbete gratis aquí!


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