“Sirât”, el malogrado rave de Oliver Laxe

Espectacular pero sin contundencia, “Sirât” no es la obra maestra que muchos ven en ella, sino la creación de un director que todavía no afina su mirada.
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Sirât: Trance en el desierto (Sirât, España-Francia, 2025) inicia con un eje argumental que promete y luego se debilita. Luis (Sergi López) y su hijo Esteban (Bruno Núñez Arjona), un muchacho que viaja con un perro, buscan a Mar, su hija y hermana, respectivamente, en un rave en el desierto de Marruecos. Música, baile, sustancias, el calor y el color del desierto. Podría ser una película de Gaspar Noé, pero no, es la nueva de Oliver Laxe.

En días recientes, el director franco-español ha insistido en que el cine es, para él, una experiencia que se vive en las salas. Y en efecto, Laxe ofrece en Sirât un espectáculo cinematográfico, sobre todo a partir de la imagen sonora, que sorprende al público en la oscuridad de la sala. Ello a pesar de las deficiencias del guion: los elementos con que logra el sobresalto –por ejemplo, la presencia del niño y el perro en las escenas en las que corren peligro– son demasiado elementales.

A Laxe le gustan los parajes de la inmensidad. Filmó Mimosas (2016), que sugiere el cruce de dos tiempos, uno posterior al colapso y otro ancestral, también en el desierto marroquí. Después rodó en los bosques de la sierra de Ancares Lo que arde (2019), que cuenta la historia de un pirómano y la devastación causada por los incendios.

Aunque sus películas son escuetas en lo narrativo y las tramas olvidables, tal vez por el desarrollo más parco que ambiguo, el espectador logra retener ciertas imágenes, lo cual no es fácil de lograr, como la caravana de autos que avanza en el polvoso desierto o el fuego que arrasa el bosque.

A juzgar por esos filmes, el director, por alguna razón favorito del Festival de Cannes –en 2025 Sirât ganó el Premio del Jurado y antes obtuvo otros galardones en la sección Un certain regard–, encuentra misticismo en el paisaje. Se trata de una suerte de misterio que no es ajeno a las acciones del ser humano, que transforma el paisaje, aunque este, en su vastedad, se impone, lo rebasa.

Sirât, que tiene más desarrollo narrativo que sus predecesoras, alude a un escenario postapocalíptico fuera de campo. Poco después del inicio del filme, el ejército interrumpe el rave a causa de un conflicto armado, por lo que los europeos deben abandonar el país africano.

A partir de lo que escuchan, los neo hippies que asisten al rave especulan que se trata del inicio de la tercera guerra mundial, a la que ellos, dan la espalda: consideran que el fin del mundo comenzó hace mucho tiempo.

Los amigos, a los que se unen Luis y Esteban, tienen características particulares: una prótesis en la pierna o un muñón en el brazo. Lo que los une, al parecer, son sus defectos, visibles o no. Algo similar, pero con una ambigüedad más descollante, planteó Jaime Humberto Hermosillo en El corazón de la noche (1984), donde toda clase de seres al margen de la norma, con defectos físicos y malformaciones, salen de noche, sin que la gente diurna o normal lo sospeche.

Decididos a llegar a otro rave, los amigos huyen del ejército y se internan en las montañas y el desierto para llegar a la frontera con Mauritania. Ahí, Luis y Esteban tienen la esperanza de encontrar a Mar. En un primer momento, Laxe construye la ambivalencia de la historia dejando fuera casi toda la información sobre el pasado de los personajes. No se sabe nada de su vida anterior, por ejemplo, de la madre de Esteban, o de la vida de Mar y su desaparición hace unos meses en un rave en el sur de Marruecos.

Tampoco se sabe mucho de los hippies, aunque aquí Laxe desliza un comentario acerca de su disidencia cuando uno de ellos improvisa un juego donde canta “El desertor”, de Boris Vian: “Señor Presidente / No quiero hacerlo / No estoy sobre la tierra / para matar a pobres gentes / No es por hacerlo enojar / Pero tengo que comunicarle / la decisión que he tomado / Voy a desertar”.

Después de un prólogo muy largo, aparece en la pantalla el título del filme, que anuncia que algo nuevo está por llegar. Es el segundo movimiento de la película. En él, Sirât propone una restricción interesante; detrás, sin verse, el horror del conflicto bélico; en primer plano, el drama de la nueva familia que conforman los viajeros. La búsqueda de la hija perdida pasa a segundo término, ahora es la búsqueda de ayuda y de una salida que les permita seguir con vida. Es aquí donde Laxe patina, al introducir más ambigüedades.

Para liberar la tensión, y con el shock que atraviesa Luis, el grupo decide tomar un bebedizo y bailar en el calor del desierto, es decir, improvisar un rave. La esperada liberación alucinatoria se convierte en una pesadilla que no tiene resolución en la lógica que iba proponiendo la película, caracterizada por la ambivalencia no de las situaciones –el rave como expresión de disidencia, la búsqueda de la hija, el eco de la guerra y la conformación de una nueva familia son todos hechos concretos–, sino de los personajes con sus misteriosos pasados y características.

La película y el director esperan que el público confíe en esa suerte de mística del desierto que permite a los personajes cruzarlo, sobreponerse, avanzar y vencer las dificultades. Sin que las situaciones planteadas sean creíbles, parece más bien un pretexto para aumentar la tensión. Mucho menos que después salven todos los peligros y se dirijan ¿al funesto destino de la guerra? Es otra ambigüedad que recuerda las escenas del tren y el desenlace de otro filme postapocalíptico discutible, El tiempo del lobo (2003) de Haneke.

Aunque en un tono distinto –pero no del todo, pues también tiene elementos sobrenaturales y de ciencia ficción–, la espléndida Venganza (2017) de Coralie Fargeat convence al espectador de cómo una chica sobrevive en el desierto. Para ello propone situaciones que no son lógicas pero sí plausibles en su narrativa, el pacto de verosimilitud funciona.

La gran desventaja de Sirât es su mercadotecnia, detrás de la que están las distribuidoras y los productores –entre otros, Pedro Almodóvar–, que no dejan de insistir en que se trata de una obra maestra. Es mucho decir para un cineasta que todavía no afina su mirada ni administra sus recursos; bueno en lo técnico, quizá más poético que narrativo, todavía con poca contundencia. ~


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