Escena de Chicas tristes, de Fernanda Tovar.

La Berlinale y la política

Lejos de la polémica ocasionada por la conferencia de prensa inaugural, algunas de las mejores películas del 76º Festival Internacional de Cine de Berlín desmintieron la idea de que el cine debe “apartarse de la política”.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

La edición número 76 del Festival Internacional de Cine de Berlín ganó los titulares desde el primer día, aunque no necesariamente por las mejores razones: en la conferencia de prensa del pasado 12 de febrero, el periodista alemán Tilo Jung, especializado en política, cuestionó al presidente del jurado de este año, el también alemán Wim Wenders, acerca de su posición frente al conflicto en Gaza, pues es bien sabido que la Berlinale depende, en gran medida, de los fondos públicos de un gobierno que apoya de manera inequívoca a Israel.

La pregunta era pertinente porque, como bien alegó Jung, en la Berlinale se ha apoyado abiertamente a Ucrania frente a la invasión rusa –Zelensky abrió el festival en 2023, nada menos–, además que se ha aplaudido la lucha del pueblo iraní ante los abusos del régimen teocrático que lo oprime, pero no se condenan ni con el pétalo de una alusión las acciones israelíes en Gaza. Al final, el filoso cuestionamiento de Jung terminó en una pregunta directa: “Usted, como miembro del jurado, ¿apoya este tratamiento selectivo de los derechos humanos?”.

De todas las explicaciones o justificaciones posibles, habidas y por haber, Wenders eligió la peor. Señaló que ellos no solo tenían que mantenerse “al margen de la política”, sino que todavía fue más lejos: “somos el contrapeso de la política, lo opuesto a la política”, un desafortunado dicho que contradice no solo anteriores declaraciones del propio cineasta, sino el sentido mismo del cine –toda obra cinematográfica tiene un sentido político, incluso las que presumen no tenerlo– y hasta la vocación de la propia Berlinale, pues de los tres festivales más antiguos e influyentes del mundo –los otros dos son Venecia y Cannes–, Berlín siempre ha sido el más abiertamente político. La negativa a tratar de manera directa el tema de Gaza llevó a que dos películas clásicas –una sudanesa y otra egipcia– fueran retiradas de la programación como forma de protesta, además de la negativa de la escritora india Arundhati Roy a presentarse en el festival, tal como estaba programado.

Horas después de la conferencia de prensa, la actriz homenajeada con el Oso de Oro, la también oscareada Michelle Yeoh, se negó a pregunta expresa a opinar sobre la situación en Estados Unidos, ya no se diga articular la mínima condena a la política de deportaciones masivas de la administración trumpista. En otra conferencia de prensa posterior, el actor Neil Patrick Harris, respondiendo al mismo periodista Tilo Jung, de plano declaró que él solo estaba interesado en participar en proyectos “apolíticos”.

Poco importó que en otras salas, en otras conferencias de prensa, casi al mismo tiempo, otros cineastas expresaran su negativa a la afirmación de que el cine debía “apartarse de la política” o que, incluso, algunos de ellos declararan su abierto apoyo al pueblo palestino o su condena al ascendente fascismo en Europa y Estados Unidos: el daño estaba tan hecho, que la directora del festival, la estadounidense Tricia Tuttle, se vio obligada a publicar un largo comunicado, tan cuidadoso como bien escrito, que podría resumirse así: hay muchos tipos de cine, hay muchas formas de hacer política y la Berlinale está abierta a todos ellos. Es decir, tanto a las películas “Políticas” –con P mayúscula– que tratan temas muy serios que tienen que ver con gobiernos, instituciones y sistemas de justicia, como a las películas políticas –con p minúscula–que examinan las relaciones de poder en la vida cotidiana, centradas en lo que se ve y lo que se oculta.

De hecho, esta es una magnífica manera de describir algunos de los mejores filmes programados en las distintas secciones competitivas del festival. Entre las obras presentadas bajo la sombra de la P mayúscula está, por ejemplo, Narciso (Paraguay-Alemania – Uruguay – Brasil – Portugal – España – Francia, 2026), segundo largometraje del cineasta paraguayo Marcelo Martinessi (multipremiada ópera prima Las herederas, 2018), presentado en la sección Panorama y ganador del premio FRIPRESCI de esa selección.

Basado en la novela homónima del escritor e historiador Guido Rodríguez Alcalá, he aquí la Asunción de fines de los años 50, una ciudad casi pueblerina y archiconservadora, bajo la creciente sombra de Alfredo “el Rubio” Stroessner. Ahí llega a trabajar, en una estación de radio y proveniente de Argentina, el Narciso del título (Diro Romero), un joven fanático de Elvis, Chuck Berry, Little Richard y otros extranjeros perniciosos similares y conexos. Fascinado por la descarada apostura del muchacho, el dueño de la estación (Manuel Cuenca) lo convierte en el locutor estrella de Radio Capital, “la voz del pueblo para el pueblo”, ante la creciente desconfianza de las autoridades, que toman de pretexto el cuidado de la moral pública –proteger a la juventud de esa música perversa y, de paso, perseguir a la enclosetada comunidad gay de la ciudad– para cerrar el puño sobre una sociedad que está más que dispuesta a aceptar cualquier tipo de represión o, por lo menos, a voltear para otro lado. Martinessi no intenta resolver el caso criminal verdadero en el que se vio envuelto el joven locutor, sino presentar un oscuro cuadro social e histórico de una dictadura que estaba empezando a extender su poder sobre las libertades, las conciencias y hasta los cuerpos de sus ciudadanos.

Otro filme político con P mayúscula es Traces (Ucrania-Polonia, 2026), documental dirigido a cuatro manos por las cineastas ucranianas Marysia Nikitiuk y Alisa Kovalenko, presentado en la sección Panorama Dokumente.

En un estilo que superpone una aproximación estilística muy similar a la de nuestra gran documentalista Tatiana Huezo –escuchamos testimonios en off mientras vemos escenas de la vida cotidiana de las participantes– y el reportaje periodístico en directo, he aquí la historia de un grupo de bravas mujeres ucranianas sobrevivientes del abuso y la tortura sexual a manos de los soldados rusos invasores. La traumática experiencia personal de una de ellas, Iryna Dovhan, la empuja a luchar por el reconocimiento de los crímenes de guerra cometidos en los territorios ocupados por las tropas de Putin, recogiendo testimonios, voluntades y luchas en una admirable tarea que apenas está comenzando. Es evidente por qué ganó, con toda justicia, el precio del público en la sección Panorama.

En los terrenos de la p minúscula, Chicas tristes (México – España – Francia, 2026), ópera prima de Fernanda Tovar presentada en la sección Generation 14plus, presenta un caso similar de abuso de poder, pero en un contexto muy diferente.

Paula y La Maestra (Darana Álvarez y Rocío Guzmán, respectivamente) son dos inseparables jovencitas, fuera y dentro de la alberca olímpica en la que entrenan con el objetivo de participar en los inminentes Juegos Panamericanos Junior que se llevarán a cabo en Brasil. Las dos amigas asisten a una fiesta en la que Paula tiene su primera experiencia sexual, de alguna manera propiciada por una indiscreción de La Maestra, lo que terminará separándolas.

La cineasta y guionista debutante Tovar se revela como una excelente directora de sus carismáticas actrices –el rapport entre las dos muchachas se siente genuino– y demuestra seguridad a través de su dinámica puesta en imágenes (esos elegantes encuadres con todo y algún espejo casi fassbinderiano), además de que sabe cómo mantener la necesaria tensión narrativa a través del manejo de ciertas elipsis claves diseminadas a rajatabla a lo largo de la película. Se trata de un sólido debut nacional al otro lado del Atlántico, que terminó siendo reconocido tanto con el Grand Prix al mejor filme presentado en la sección Generation 14plus como con el Oso de Cristal del Jurado Joven a la mejor película de la misma sección.

Otra cinta con solidaridad femenina en primer plano es la encantadora A fabulosa máquina do tempo (Brasil, 2026), documental presentado en la sección Generation Kplus dirigido por la experimentada Liza Capai.

Estamos en Guaribas, una pequeña ciudad del estado brasileño de Piauí, en donde seguimos la vida cotidiana, los juegos, las confidencias, los sueños y deseos de una docena de niñas que, bajo la dirección de la cineasta Capai, juegan con la máquina del tiempo del título, es decir, la cámara de cine. Las chamacas toman en sus manos el susodicho aparato, entrevistan a sus madres con respecto a sus decisiones pasadas, interpretan frente a la cámara su propia vida cotidiana y se imaginan tanto sus orígenes familiares e históricos (“Venimos de los esclavos”, dice una abuela) como su imaginado futuro (como enfermeras, policías, médicas forenses, abogadas, actrices, profesoras y hasta, ¿por qué no?, trabajadoras del hogar).

A fabulosa máquina do tempo es la perfecta fusión de esa temática política (con p minúscula y P mayúscula) de la que renegó Wenders en la malhadada conferencia de prensa, pues al final del documental nos enteramos que Guaribas es el emblema del triunfo político y social de las primeras administraciones del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, pues si en 2003 la ciudad presumía un 59% de analfabetismo, el día de hoy, a través del programa Hambre Cero, el 98% de los niños y las niñas asisten a la escuela y el nivel de marginación y miseria en el que se encontraba esa población ha desaparecido. Que la vida cambió para la gente de Guaribas es evidente a través de los ires y venires cinematográficos de esa docena de inquietas chamaquitas que protagonizan este alegre documental que parece, a ratos, una gozosa cinta de aventuras infantiles. ¿Habrá algo más político, en el presente y viendo hacia el futuro, que propiciar la alegría de una generación de jovencitas? ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: