La capital de la pornografía

Un vistazo a la industria de la pornografía en Los Ángeles y su paso por el cine dentro de Boogie Nights y Wonderland.
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Los Ángeles es una ciudad que se puede observar desde muchos ángulos, o lentes, si apelamos a su esencia cinematográfica. El porqué es simple: ahí se encuentra la meca del cine, el paseo de las estrellas y cientos de escenarios han sido construidos allí. Ha sido – mediante la magia de los sets –Nueva York, México, Londres y París. Pero, más allá del brillo y el glamour y las estrellas y los cinco minutos de fama, Los Ángeles es también la cuna de la pornografía. Todo en ella la delata: la mansión Playboy, con sus rubias siliconadas, su calor intenso, sus pornstars filmando en la calle, a plena luz del día. Muchas lo hacen, principalmente, para la productora Brazzers. Mírese si no a Alexis Texas – la pornstar conocida con el descriptivo nombre de “Buttwoman” – patinando cerca de la playa, bajo el esplendoroso sol californiano.

La ciudad ha tenido diversas incursiones en el mundo de la pornografía, tanto tácita como explícitamente. No obstante, son dos las cintas que parten del mismo punto: John Holmes – quizá el actor más legendario en la historia de esa industria -, y terminan explicando una fase histórica del porno, que no deja ser parte de la historia de Los Angeles. Boogie Nights, de Paul Thomas Anderson, y Wonderland, de James Cox. Veamos la segunda, basada en “hechos reales” e infinitamente menos interesante.

Wonderland retrata los sucesos que rodearon a los polémicos “Wonderland Murders”, de los que John Holmes fue figura central. Aquí, la cinta se declara plenamente angelina desde la secuencia de créditos, que acontece justo después de una frenética búsqueda por toda la ciudad:

Val Kilmer interpreta en lo que es su última actuación memorable (en una carrera que no se caracteriza precisamente por esos momentos) a John Holmes. El llamado “Rey del Porno” terminó sus días en una cama, muriéndose de SIDA, pero antes de eso tuvo una etapa cocainómana, y, antes, rompió récords con una longeva carrera como actor porno, debido, principalmente, al exagerado y publicitado tamaño de su, digamos, herramienta de trabajo. Wonderland gira en torno a la etapa decadente del actor, aquella en la que estaba relacionado con una menor de edad y era, para efectos prácticos, un dealer de esa zona de Los Ángeles. En ese sentido, la cinta es profundamente urbana: todo sucede, siempre, en la ciudad. Se habla constantemente de calles, de barrios, de casas ubicadas en zonas específicas donde todo el mundo sabe que pasan cosas. Es verdad, en la cinta no hay una sola escena que se pueda calificar como “pornográfica” en el sentido estricto, pero estamos ante algo incluso más morboso: presenciar el momento de máxima decadencia de una súper estrella del mundo de la pornografía (y en este sentido, apelando a lo etimológico, donde “pornografía” significa “descripción de una prostituta”, Wonderland sería totalmente pornográfica: la misma esposa de Holmes lo llama whore en la cinta). A Holmes habría que agradecerle formar parte de esa tendencia del cine para adultos de aquellos años, en los que aún había algo parecido a un argumento con ganas de contar una historia, tradición más o menos mantenida (con pésimos resultados) en las series eróticas de aquí y allá que se transmiten en la televisión por cable. “Johnny Wadd”, se llamaba su personaje, y su filmografía puede consultarse acá, con tramas que iban desde las persecuciones policíacas hasta el espionaje internacional.

Paul Thomas Anderson se basa en Johnny Wadd para crear a Brock Landers, personaje de las cintas dentro de Boogie Nights, la ficción basada en la vida de John Holmes. Mark Wahlberg es Dirk Diggler, émulo y paráfrasis de John Holmes. Si Wonderland es esencialmente angelina, Boogie Nights lo es aún más. El Los Ángeles de la cinta protagonizada por Val Kilmer muestra la acción, fundamentalmente, en dos sitios: la calle y el departamento de los protagonistas. Es allí donde se planea el robo, es allí donde se desenvuelven los personajes que, por otra parte, pasan mucho tiempo en autos: conduciéndolos, huyendo en ellos. Su condición de episodio en la vida de un personaje la hace mucho más limitada que Boogie Nights al momento de mostrar la ciudad, cuyo carácter semi biográfico (o de ficción biográfica) tiene la virtud de recorrer múltiples sitios de la ciudad. Podemos ver la casa de los personajes, el bar donde se conocen – con un plano secuencia magistral, sello particular con el que Paul Thomas Anderson comienza y finaliza la cinta -, la misma casa del robo que se muestra en Wonderland. Involuntariamente, Anderson termina imprimiéndole a la ciudad de Boogie Nights una identidad propia más evidente que la de Wonderland: lo suyo es un Los Ángeles más amplio, sí, pero también más personal y nostálgico: basado en los recuerdos que él seguramente tiene de la ciudad y los que le dejó el cine.

Ya lo decía este otro texto de la serie: es constante la descripción de la ciudad como una puta. Esto es cierto: ¿no es una puta la industria hollywoodense en su conjunto, no es una puta la industria pornográfica californiana? Quizá una lo sea en un sentido más literal que la otra, pero esto no elimina el morbo de la otra parte; Boogie Nights y Wonderland son cintas emparentadas no tanto por el personaje en el que están basadas, sino por la pornografía implícita en ellas: el afán voyeur de contemplar la decadencia de un ser humano que no conocemos. Al final, claro, la ciudad tiene a la pornografía inserta en su código genético desde siempre: ¿cómo no, si su último gobernador estatal, Arnold Schwarzenegger, tiene entre su extensa filmografía una cinta porno?