Lo que la voluntad no puede conquistar

'The trouble with nature', película de Illum Jacobi, fantasea con un viaje del ensayista inglés Edmund Burke a los Alpes en busca de lo sublime.
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Me enteré de que se había muerto Straub y me pregunté si la película que me disponía a ver podría tener algo que ver con las suyas. Podía ser que sí. The trouble with nature, que es la que vi, parte de un texto clásico, Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello, que escribió Edmund Burke y fue publicado en 1757. También, en algún fotograma suelto, aparecía el personaje principal vestido a la manera ilustrada, bien encuadrado al aire libre: el individuo inserto en la cultura de su tiempo, como se aprecia por la ropa, y a la vez incrustado en mitad de la atemporal naturaleza, y me pareció que también podía encontrarse ahí el vínculo que yo había intuido. Pero esta es una despedida un poco rara, y hasta aquí llegan las comparaciones. La película de la que voy a escribir tiene un punto grotesco muy particular, que la hace solo parecida a sí misma. Y descanse en paz Jean-Marie Straub. 

The trouble with nature es la primera película de Illum Jacobi, un danés que es alpinista, lo que sin duda le ha servido para el rodaje. Se estrenó en 2020 y fantasea con un viaje del inglés Burke a los Alpes en busca de lo sublime. Este Burke (interpretado por Anthony Langdon) viaja a pie por el continente con su criada Awak (Nathalia Acevedo), que proviene de las Indias Occidentales. En los primeros planos los descubrimos en unas llanuras cubiertas de cereales y flores. El viento sopla y hace bailar a las espigas a la luz crepuscular. Hay los elementos esenciales para que resulte un paisaje bucólico, pero se transmite desde la pantalla que resulta todo tirando a incómodo. El aire y la luz tienen algo denteroso, inhumano. Son el aire que acaricia a seres que no se desplazan –plantas, colinas– y la luz de un día en el que nada ha pasado, que no ha iluminado a más personas que a ellos. ¿Para qué se dan estos fenómenos que no sirven para medir el tiempo civilizado? Burke otea el panorama en plano corto, con el mismo aspecto de un zorro de las praderas esperando que llegue el aroma de una presa, pero la sensación que da es que sería el momento de meterse a cubierto; ahí fuera no hay nada para nosotros. Sobre un mantel tendido en el prado, Awak prepara el té en un juego de porcelana china, como chino es el té que beben y chino es el buen té “que debe beber un caballero inglés”, que es lo que declara el hombre que se ha traído de Inglaterra para su excursión esas cosas exóticas que formaban parte de su bien controlado mundo en Londres. Él va vestido con pantalones hasta la rodilla, chaleco y levita bermellones, mientras que ella lleva unas ligeras blusa y falda blancas y un tocado, y no lleva ropa interior. Desde este primer momento vemos cómo Burke husmea a su alrededor a la espera del sentimiento que lo atraviese, la conmoción estética que ha examinado en su libro. A veces, para convocarla, se detiene y lee algunas líneas suyas en voz alta, mientras que Awak espera pacientemente a que acabe la lectura cargada con una mochila llena de los aparatos que necesita su amo para afrontar lo sublime. Entre ellos cuelga por ejemplo una máscara de pico, como las que se usaban en Venecia durante la peste, que Burke se coloca en la cara cada vez que Awak le empolva la peluca. Porque Burke lleva la peluca blanca durante toda la película, y es un elemento que concentra toda la locura en la que se está metiendo el ilustrado gentilhombre. Más adelante, cuando esté intentando sin éxito escribir algunas nuevas impresiones sobre su contacto directo con las fuerzas primordiales de la naturaleza, en la espartana habitación que le han prestado unos paletos suizos, e incluso cuando se empeñe en ascender a las cumbres nevadas, la peluca sucísima, rígida de la pura mugre pero siempre encima de su cabeza como un nido repugnante (“¡la cabeza a pájaros!”), destacará como el resto grotesco de la civilización que es incapaz de aceptar que el racionalismo es un descanso de la naturaleza, y no su conquista. 

La película es graciosa, porque siempre estamos viendo a un hombre pagado de sí mismo que no se da cuenta de lo ridículo que resulta, de cuánto más sabia y en contacto con las cosas está la mujer que lo acompaña y que no trata de decirles a las montañas lo que las montañas son. Y es también patética porque fotografía el impulso denodado de atravesar lo que no se comprende, lo que intuimos más grande que nosotros y en lo que quizá hemos puesto nuestras últimas esperanzas. Se convocan muchas películas aquí; en ciertos momentos The trouble with nature hace pensar en Ludwig, la de Visconti, cuando Luis II de Baviera da de comer pétalos de rosa a los cisnes que tiene en el castillo, como invocando de manera mecánica y furiosa lo más bello que pueda haber en este mundo, pero lo más bello que pueda haber en este mundo se resiste a aparecer hasta el momento en que le dé la gana. Hay compasión en el director de la película, porque a veces, cuando el personaje está despistado de su demente búsqueda de lo inmenso precisamente porque está poniendo todas sus fuerzas en subir una pendiente, y esto suele estar rodado con el personaje de espaldas, precisamente cuando no sabe que la cámara lo está retratando, esas veces sí que nos llega un atisbo de la nobleza humana que lo es precisamente por lo inabordable de su empresa. 

En The trouble with nature se comprende, mientras seguimos a Burke y Awak por los Alpes a ver si encuentran a la vuelta de un risco lo sublime –¿pues acaso no lo encontró ya en Londres y se lo imprimió un impresor de Charing Cross?–, cómo la Ilustración es la locura del Romanticismo, y no importa el tiempo lineal en las cumbres eternamente nevadas, y mientras veo la película me pregunto en qué se parece Burke a mí, a nosotros, y claro: en las cosas tan estrafalarias que buscamos a lo largo de la vida. 


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