Los hombres que no amaban a las mujeres, de Niels Arden Oplev

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De cuando en cuando brota una epidemia en el mundo editorial. Un best seller local se traduce a otros idiomas y alcanza el mismo estatus alrededor del planeta. Los escépticos de siempre se mantienen al margen: en las librerías evitan las pilas de ejemplares arreglados sobre el piso en forma de espiral de adn, e ignoran los comentarios cómplices que intercambian quienes conocen “el libro”. Les consuela pensar que, a diferencia del mundo, ellos no caen en la trampa de confundir un librito de moda con una expresión del zeitgeist a la que hay que poner atención.

Un día la epidemia alcanza a uno de ellos. Se pregunta si no valdrá la pena ponerse al tanto del asunto, por lo menos para descalificar con un poco de autoridad. En menos de lo que se responde se da cuenta de que está enterado de los temas del argumento, que “conoce” a los personajes y que sabe de las polémicas que han llevado al libro hasta la cima en la que está. Solo hace falta leerlo –piensa– y entenderá, por lo menos, las razones del furor.

O no. Por lo menos para esta iniciada, el acercamiento en desorden al culto al escritor sueco Stieg Larsson ha vuelto más oscuras las razones de su encumbramiento y las pasiones encontradas que ha despertado su obra. La chica del dragón tatuado, La chica que jugaba con fuego y La chica que pateó un avispero* forman la llamada trilogía “Millennium”, traducida a 35 idiomas y que ha vendido 8 millones de copias alrededor del mundo. Larsson ha sido llamado el nuevo genio de la novela negra, al centro del boom reciente de ese género literario en los países escandinavos. Los temas de Larsson son los cadáveres en el clóset de sociedades que, como la sueca, son modelo de civilidad, y los monstruos que pasean por las calles bajo la máscara de escandinavos sosos.

La fama de Larsson fue póstuma: murió de un ataque cardiaco en 2004, el año previo a la publicación de la primera parte de la trilogía. Contribuyen al mito los puntos en común entre su biografía y la de su protagonista, el periodista Mikael Blomkvist. Así como Blomkvist aparece en las novelas como el editor de la revista Millennium, Larsson era director de Expo, una revista dedicada, al igual que su contraparte ficticia, a atacar los bastiones de la extrema derecha sueca. En su país el escritor y editor llegó a ser conocido por denunciar a organizaciones neonazis y a clanes a favor de la supremacía blanca, muchos de ellos con récord de violencia homicida.

La introducción a la trilogía, La chica del dragón tatuado, comienza cuando Blomkvist es sentenciado a prisión por exponer en las páginas de Millennium los negocios turbios de un millonario influyente. Antes de cumplir su condena, el periodista es contratado por Henrik Vanger, cabeza de una familia de empresarios de abolengo, que busca esclarecer la desaparición –hace más de cuarenta años– de su querida sobrina Harriet. Blomkvist acepta el trabajo sin sospechar que destapará cloacas inimaginables ni, mucho menos, que Lisbeth Salander, una investigadora atípica (y la estrella de la trilogía), lo seguiría hasta el final del horripilante caso. En el camino de sus investigaciones, Blomkvist y Salander descubren coincidencias en casos nunca resueltos de homicidios de mujeres. Todos tienen en común circunstancias de muerte especialmente crueles, al parecer con significado ritual.

Los adoradores de Larsson ensalzan sus supuestas dotes narrativas y su cruzada feminista. Aquellos que lo detestan lo culpan de ser un misógino en disfraz: casi un sádico sexual que, como sus personajes, disfruta concibiendo formas de infligir tortura en el cuerpo de una mujer.

Ni una cosa ni la otra. Quien llegue a la lectura de La chica del dragón tatuado listo para tomar partido es probable que sienta, como mucho, decepción. Si algo impresiona de la novela es su volumen de paja: decenas de páginas dedicadas a explicar el árbol genealógico de los Vanger, a contar vidas de oficina y a narrar con detalles numéricos (esos, sí, tortuosos) los escándalos financieros que dividen a sus personajes en villanos y víctimas. Un poco más interesantes son los esfuerzos descomunales de Larsson por convencer a sus lectores de que una mujer como su protagonista Salander puede ser atractiva: una hacker de aspecto andrógino, con piercings y tatuajes, inhabilitada para las relaciones sociales y marcada por, se sugiere, una infancia de abuso sexual. En párrafos en los que se confunden el punto de vista de Larsson y el de sus personajes, el autor se da vuelo hablando de la desconfianza que inspira Lisbeth en los miembros “normales” de la sociedad. Si algún cargo de misoginia pudiera hacérsele a la novela, sería el pasmo del escritor ante una chica gótica, a la que no puede dejar de ver como algo más que una duende freak.

El inverso de este prejuicio es expuesto involuntariamente por la actriz Noomi Rapace, quien interpreta a Salander en la adaptación de la novela al cine. De pelo largo y castaño, rasgos finos y toques de maquillaje en colores pastel, Rapace cuenta en una entrevista cómo su apariencia pre-Lisbeth le hizo temer que por verse “demasiado girly” nunca la considerarían para interpretar el papel. Algo que, de suceder, hubiera sido no solo irónico (por aquello de los estereotipos) sino un error enorme: si algo vale la pena del vasto universo Larsson es la interpretación que hace Rapace de la hermética Lisbeth Salander en las tres películas (coproducciones escandinavas) que ya conforman la contraparte cinematográfica de la trilogía. La primera de ellas, que retoma el título original sueco, se estrena este mes en las salas del país.

Los hombres que no amaban a las mujeres es uno de los casos en que un mito popular reencarna libre de lo que arrastraba en su versión original. Los guionistas de la película borraron subtramas pedantes y encontraron atajos que no solo “mejoran los tiempos”, sino que brillan por derecho propio y le aportan simetría y ritmo al esquema original. La innovación más osada es la trama que justifica el encuentro improbable entre Salander y Blomkvist y su aún más improbable decisión de trabajar juntos. La explicación que da la cinta sirve para dibujar el perfil hostigador de ella y las deficiencias como periodista de él. Razón poderosa para formar mancuerna, y mucho más verosímil que la que propone la novela: es decir, la posibilidad de vengar aquello que a cada uno lo convirtió en exilado social –la violencia sexual en el caso de ella, el capitalismo corrupto en el caso de él.

Algo más que logra la cinta (a diferencia de la novela) es subrayar el contraste entre una Estocolmo sofisticada y aséptica, y el mundo lúgubre, bajo la nieve, de la Suecia rural. Una metáfora obvia del lado oscuro de los personajes que es, sin embargo, mucho más poderosa a través del lenguaje visual.

Lo que lleva al asunto incómodo de la misoginia, que, dicen muchos, va de la mano de la descripción de actos de violencia sexual. Si la narración de Larsson fue lo que originalmente desató la discusión, la película acabará por polarizar a los críticos. El director Niels Arden Oplev no optó por el camino fácil. Los hombres que no amaban a las mujeres no se esconde en sutilezas para mostrar la violación de Salander (en manos de su tutor), y recrea con detalle las fotografías post mórtem de las mujeres torturadas por los psicópatas a los que alude el eufemismo del título. Difícilmente esto es misoginia o explotación sexual. El argumento que afirma que la exhibición de actos sádicos o cuerpos mutilados (en concreto, femeninos) es incitante y provocadora tiene lugar en el terreno de la psicopatía más que en el de la valoración del arte y la representación. Más allá de que las novelas de Larsson o la película de Arden Oplev están lejos de ser consideradas obras maestras, la descripción que se hace en ellas de aberraciones y abusos es, sin lugar a dudas, repulsiva. La idea de que la violencia representada tiene una agenda escondida solo puede aplicarse al cine que recurre a trucos para volverla sexy: puesta en escena, iluminación y audio que mejoran la percepción del mundo. ¿El truco más eficiente? El casting de cuerpos perfectos que, por su sola rareza, funcionan como imanes al ojo. El Hollywood más difundido lo usa una y otra vez, tan solo porque sus actores –los que recuperan presupuestos– se quedan fuera de nómina si empiezan a “descuidarse” y a lucir como gente normal.

Que la mayor parte del reparto de Los hombres que no amaban a las mujeres esté formado por actores y actrices entrados en años, con arrugas y varios kilos de más, y que incluso Noomi Rapace –la chica de la película– conserve el color ligeramente amarillo de la dentadura humana, acaba siendo, paradójicamente, un gesto amable al espectador. Más importante aún, evita ponerle una trampa, mostrándole todo tipo de caras y cuerpos hermosos que luego verá destazados o, peor, en el papel de los destazadores. ~

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