Los rostros del totalitarismo

Dos documentales de Sergei Loznitsa recopilan imágenes fílmicas de la URSS en tiempos de Stalin, formando una envolvente y apabullante cápsula del tiempo en la que somos testigos de la pompa y circunstancia del totalitarismo.
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A lo largo de The trial (Rusia-Holanda, 2018) y State funeral (Lituania-Holanda, 2019), los dos más recientes largometrajes del cineasta bielorruso-ucraniano Sergei Loznitsa (conocido en México gracias a la Cineteca Nacional), hay tomas que se repiten continuamente y se vuelven hipnóticas. Me refiero a los rostros de los ciudadanos soviéticos que se dirigen continuamente hacia la cámara, es decir, hacia nosotros. Algunos observan de reojo, otros con curiosidad, algunos más desvían la mirada. Hay quienes se cubren el rostro con las manos. Es evidente que todos, sin excepción, se saben observados, o quizá vigilados.

Los dos filmes de Loznitsa –disponibles a partir de mayo en la plataforma de streaming MUBI– fueron realizados por el cineasta a partir de imágenes de archivo encontradas, restauradas y editadas por el propio director, en colaboración con el moscovita avecindado en París Vladimir Vierny. Este último fue responsable de la investigación documental y de imágenes en el Archivo Fotográfico y Cinematográfico Ruso de Krasnogrosk. Las dos películas tienen la misma construcción formal: sin narración en off y sin información en pantalla que contextualice históricamente lo que estamos viendo. Loznitsa nos presenta una serie de imágenes fílmicas provenientes del inicio y del final del estalinismo, tal como fueron tomadas en su momento y, en algunos casos, como fueron mostradas públicamente. Estamos ante una envolvente y apabullante cápsula del tiempo en la que somos testigos de la pompa y circunstancia del totalitarismo, una representación teatral de la que nadie se salva de la obligación de jugar un papel. Ni siquiera las amorfas masas que vemos continuamente en pantalla.

The trial está centrada en la primera purga estalinista que fue filmada, en su momento, en un mediometraje de 44 minutos, dirigido por Yakov Poselsky, con el título de 13 días: el proceso del Partido Industrial (1930). Loznitsa volvió a ese olvidado filme propagandístico para reeditarlo y restaurarlo, al tiempo que retomó pietaje del mismo juicio que no terminó en la versión final del filme. Aunado a este reacomodo de imágenes, el equipo sonoro a cargo del cineasta recreó todos los sonidos que debieron haberse escuchado en la monumental Sala de las Columnas de Moscú. En este lugar, del 25 de noviembre al 7 de diciembre de 1930, se llevó a cabo el juicio sumario de ocho ingenieros, profesores y científicos, acusados de traidores de la patria por haber complotado con los “rusos blancos” exiliados y el maléfico gobierno de Francia, para hacer fracasar el plan quinquenal de Stalin. Las fallas en las fábricas de textiles, en la producción de energía, en la distribución de granos y la rampante ineficiencia de todo el sistema se debía –como era de esperarse– a estos quinto columnistas que habían fundado el Partido Industrial para acabar con la Unión Soviética.  

The trial avanza en bloques compactos: la presentación de la Corte Especial presidida por el ascendente burócrata Andréi Vyshinsky y los ocho acusados; las sucesivas confesiones de cada uno de ellos, declarados culpables con anterioridad y renunciado –con solo una excepción– a la representación de un abogado; el duro interrogatorio por parte de los cuatro miembros de la corte; la declaración final de los acusados en la que confirman su arrepentimiento y solicitan una última oportunidad para redimirse. Finalmente, el veredicto leído sin pasión por Vyshinky, quien condenó a cinco de los “traidores” a ser ejecutados por un pelotón de fusilamiento y a los otros tres a penas de diez años de prisión en aislamiento total.

El espectáculo montado durante esos días, dentro y fuera de la sala, fue impecable. Al interior, cada uno de los acusados peleaba por mostrar más arrepentimiento que el resto, señalaban a otros “complotistas” muertos o vivos, asentía con humildad ante los señalamientos de los jueces, decía, con la voz quebrada o inalterable seriedad, que aceptaría cualquier castigo que cayera sobre ellos porque sabían que el veredicto sería justo. Mientras que afuera, a lo largo de los 13 días del juicio, las multitudes salían a marchar para defender al Estado soviético, a la Madre Patria y, por añadidura (aunque nunca se le mencione), a Papito Stalin. El entusiasmo es contagioso y la indignación parece real: las mantas solicitando pena de muerte para todos los acusados, los puños desafiantes siempre en alto, la exultante toma en contrapicada en la que vemos a un joven soldado soviético posando desde las alturas de un tanque de guerra, listo para la vencer a la contrarrevolución…

Las multitudes también se reúnen en la vasta Sala de las Columnas, que fue preparada para recibir un aforo de más de mil asistentes diarios. Cuando la cámara dirigida por el propagandista Poselsky voltea hacia el público, vemos a centenares de hombres y algunas mujeres atentos al juicio, volteando de reojo hacia la lente, irguiéndose al sentirse observados, con una media sonrisa en el rostro al saberse parte de un hecho histórico. Cuando el veredicto se da a conocer, la multitud se levanta de su asiento y aplaude entusiastamente, mirando directamente a la cámara. Estas personas están cumpliendo con su parte del montaje: estar ahí de principio a fin, aparecer como figurantes para, después, celebrar la condena de los “traidores”.

Volvemos a ver los mismos rostros en State funeral, documental construido a partir del pietaje tomado en marzo de 1953 por más de 150 cinefotógrafos a lo largo y ancho de la Unión Soviética. Como lo expresa el título, estamos ante el mayúsculo funeral de Estado organizado para homenajear al heroico y casi sobrenatural cadáver de Iósif Stalin, quien murió el 5 de marzo de 1953. Luego de ser embalsamado, el cuerpo de Stalin sería mostrado a los ciudadanos soviéticos en la Sala de las Columnas, el mismo escenario de The trial, donde se había llevado a cabo la primera de sus innumerables purgas políticas.

La recopilación, editada y restaurada visual y sonoramente por Loznitsa, quita el aliento: vemos cómo se anuncia la muerte de Stalin a través de altavoces colocados en las plazas públicas; somos testigos de cómo los ávidos ciudadanos se acercan al puesto de periódicos a leer la noticia; compartimos los rostros llorosos de las abuelas y las miradas de estupefacción ante las cámaras. ¿De verdad había muerto Stalin?  

Una vez montado el funeral, aparecen nuevamente los rostros de soldados, burócratas, amas de casa, campesinos, jóvenes, ancianos y niños. Todos pasan frente al cadáver del Gran Líder y, de reojo, miran a la cámara. Algunos lloran de manera desconsolada; otros quieren detenerse, pero los que vienen atrás los empujan; algunos pasan con la boca abierta, como si estuvieran viendo algo mágico. Al lado del cuerpo, una orquesta filarmónica toca marchas fúnebres de Mendelssohn y Chopin, el trío no. 2 opus 100 de Schubert y alguna pieza de Schumann, sin olvidar, por supuesto, el Réquiem de Mozart. Un repertorio apenas justo para celebrar la vida y los logros de un amante de la música como lo había sido Stalin.

Si alguien no supiera absolutamente nada del régimen estalinista, después de ver esta recopilación de imágenes “directas y objetivas”, podría creer que los ocho acusados de 1930 fueron, en efecto, una runfla de despreciables traidores (después de todo, ¿no es eso lo que dice cada uno de ellos?). Y que un 5 de marzo, 23 años después, el tiempo se detuvo para la Unión Soviética cuando toda su población lloró desconsoladamente y desfiló ante el sagrado cuerpo del genio del socialismo.

Hay que esperar al final de cada uno de estos documentales para recibir la lección histórica completa. En el epílogo de ambos filmes, una serie de leyendas nos informan de lo que pasó después. En The trial, la paradoja es que algunos de los acusados terminaron en mejores condiciones que sus acusadores, como fue el caso del profesor Ramzin, el supuesto líder del complot, quien fue liberado en 1936, restaurado en todos sus privilegios, premiado en 1942 por el propio Stalin, para luego fallecer como héroe en 1946. En contraste, el fiscal Krylenko, quien fue el que pidió la pena de muerte para los ocho “traidores”, luego de fungir como ministro de justicia de 1931 a 1936, fue arrestado y fusilado en 1938, acusado de pertenecer al peligroso grupo contrarrevolucionario llamado (es en serio) “Organización Fascista-Terrorista de Montañistas y Turistas”. El destino de todos los involucrados parece haber seguido una lógica demencial, el mero capricho: algunos fueron fusilados, otros restaurados como Ramzin, otros perdonados y dejados en paz, otros desaparecidos, y uno de ellos –el presidente de la Corte Especial, Vyshinsky– llegó a ser fiscal general, ministro de relaciones exteriores y representante de la URSS ante Naciones Unidas en Nueva York, donde a fines de 1954 se quitó la vida.

En State funeral, el epílogo de dos horas y media del interminable e hipnótico homenaje estaliniano finaliza con los fríos datos oficiales dados a conocer a partir de 1957: 27 millones de asesinados, ejecutados y/o deportados bajo el gobierno de Papito Stalin más 15 millones de muertos de hambre debido al desastre de sus planes quinquenales (al parecer, el complot de los ocho sí funcionó). Una última leyenda nos informa, lacónicamente, que en 1961 el sagrado cadáver de Stalin fue sacado de su mausoleo y quemado, casi en secreto, a un lado de una de las paredes del Kremlin. De eso no hay imágenes.