Mi Berlinale 2011

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Después de diez atléticos días de vigorosa cinematografía, concluyó la Berlinale el domingo pasado. Al festival se va como al estadio: con expectativas y deseos, pero sin saber con precisión qué se desarrollará en la pantalla. El público berlinés procura prescindir de reseñas y se guía por el instinto de dejarse sorprender. Participé en el festival como cualquier ciudadano común y corriente: vi cinco películas, desestimé por una u otra razón tres boletos que me ofrecieron, y quedé muy lejos de la cifra de mis amigos cinéfilos, que vieron 18 cintas cada uno – lo que me hace pensar que esa es la tasa máxima que puede digerirse, aunque otro amigo periodista reseñó 22. Un factor es que cada billete cuesta 10 euros, y que si no se planea bien la compra en lugares estratégicos o en línea, las filas frente a las taquillas llegan a durar tres horas, espera gélidamente imposible gracias al implacable febrero.

Como sucede en cada festival maratónico, me perdí de grandes producciones: la nueva película de Wim Wenders, Pina, que llega, sin embargo, esta semana a los cines, y que recibió las mejores críticas, incluida la de J, mi amiga bailarina. Pina presenta a Pina Bausch, la coreógrafa de danza más importante de las últimas décadas en Alemania. El mundo hispanohablante la conoce, sobre todo, gracias a Hable con ella, de Almodóvar. Se me escapó también la película iraní Jodaeiye Nader az Simin (Nader y Simin, una separación), premiada como Mejor Película. Desde que tuve oportunidad hace tres años de ver El canto de los gorriones, cuyo actor recibió también un Oso de Oro, procuro espulgar entre las producciones persas. Conforme se sucedían las jornadas de cine, la gente hablaba con creciente entusiasmo de También la lluvia, con nuestro seleccionado nacional Gael García Bernal. Se me pasó el programa retrospectivo de Ingmar Bergman y eludí la cinta mexicana El premio, de Paula Markovitch, ganadora de dos Osos de Plata, porque me aburrió lo que hizo cuando trabajaba con Fernando Eimbcke.

La película que inauguró el festival, True Grit, de los hermanos Coen no me convenció. Las actuaciones de Jeff Bridges y Matt Damon son soberbias, y tiene el mérito de haber descubierto a una finísima muchachita de 14 años con un talento asombroso, pero su personaje es tan inverosímil como la historia misma, y el ritmo me pareció más lento de lo deseable para un western.

Las cinta que más me gustó es una comedia francesa, Dernier étage gauche gauche, que viene como anillo al dedo en estos tiempos de revueltas árabes y tsunamis de balsas ilegales en el Mediterráneo. Es una producción sobria, de ninguna manera pretenciosa, pero virtuosa en su – literalmente – comédie humaine: una familia árabe vive en un suburbio parisino y se rebela frente a la represión de la autoridad. Cuando me dijeron que ganó el ‘Premio del Público’, recordé que había olvidado entregar mi boleta que le hubiera dado un punto más.

Sin embargo, no habría escrito esta nota de no haber descubierto una ‘circunstancia’ alarmante (llamarla ‘tendencia’ sería del todo desproporcionado). Mi alarma viene de Les mains libres y la israelí Lo rom alaich (Invisible). En las dos cintas se cuenta intención de hacer una película que en última instancia es la película que el espectador está viendo. Les mains libres es una historia de cárcel pero contada desde un punto de vista inusual y es, en este sentido, atípica. Pero al insertar escenas filmadas por la película que se filma dentro de la película cae en esa pretensión ingenua y facilona del meta-nivel, subrayado por un cameo de la directora – aparición que, en el contexto del festival, enfatizó cuando subió al proscenio para charlar con el público. En Invisible, el atrevimiento no es tan fuerte como en su contraparte francesa, pues la película solamente menciona la posibilidad de realizar la película que el espectador está viendo. (Por razones ya aducidas, soy incapaz de comentar También la lluvia, una película en la que se filma otra película.)

En sus columnas de The Believer (abril, 2005 y marzo, 2006), Nick Hornby se quejaba de ese gusto narcisista que se estableció – redondeando, tal vez mal: entre 1992 y 2007 – de escribir novelas sobre escritores que escriben una novela, que eventualmente es también la novela que el lector está leyendo. A propósito de una novela que Hornby leyó, escribe que “es un libro sobre el escribir, de manera que – sabes – si no quieres leerlo porque eres plomero o podólogo, lo entiendo perfectamente. Si yo fuera tú, resentiría la implicación repetitiva por parte de editores y páginas de libros de que mi profesión es más interesante que la tuya” (cita original: “is a book about writing, so, you know, if you don’t want to read it because you’re a plumber or a chiropodist, then I quite understand. If I were you, I would resent the repeated implication, by publishers and book pages, that my profession is more interesting than yours”: Housekeeping vs. The Dirt, p.114).

A veces, el cine también debería escarmentar en la literatura.

 

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