A Lamia, una niña que vive con su abuela en los humedales de Iraq, las marismas de Mesopotamia, le cae la responsabilidad de hacer la tarta para conmemorar el cumpleaños del presidente, Sadam Husein. Podría ser la sinopsis de La tarta del presidente, primer largo de Hasan Hadi. Estamos en 1990, en plena guerra del Golfo y en medio de sanciones de EEUU que han sumido a Iraq en la escasez de comida, medicamentos y otros productos de primera necesidad; aunque eso no rebaja las exigencias de las autoridades sobre la población: todos tienen que colaborar en la celebración del cumpleaños. La mañana del sorteo, el profesor se queda con la manzana –única comida del día para Laima– de la niña, así es la escasez. Para la abuela de Lamia el marrón de la tarta es la gota que colma el vaso y la lleva a decidirse sobre la crianza de su nieta. Mañana iremos a la ciudad, le dice, a por los ingredientes para la tarta. La ciudad es Bagdad, y la excursión se convierte muy pronto en una aventura.
La tarta del presidente tiene la estructura del viaje del héroe; Laima tiene ayudantes (su vecino y cómplice Seed) y su mascota (el gallo Hindi); se enfrenta a obstáculos, muchas veces en forma de persona: estafadores, tenderos tacaños o que prefieren dedicarse a otros asuntos antes que darle un puñado de azúcar, otros que le dan azúcar pero esperan algo a cambio, y encima el gallo se escapa. Y también gente buena, al menos, uno. La película tiene algo de fábula o cuento de hadas, pero más en el sentido de Hansel y Gretel que en el de Cenicienta.
La tarta del presidente es de una elegancia admirable, evita todas las tentaciones de sentimentalismo o de regodeo en la desgracia, no cae tampoco en la de explotar la expresividad de Baneen Ahmed Nayyef, que interpreta a Laima, hasta la lágrima del espectador, quiero decir que no es una de esas películas de niños de ojos grandes. Lo que hay es sutileza y mostrar sin subrayar; la situación es terrible, sí, hay hambre y nadie les hace caso, salvo para robarles o detenerles o aprovecharse de ellos; ellos son Laima y Seed, al que ella va a buscar en Bagdad para que le ayude en su misión, aunque luego se pelean –todo empieza con el gallo– en unos tejados. Hay todo eso, pero hay también humor: cuando el tendero le pide a una embarazada sexo a cambio de lentejas, ella señala su tripa, “mira mi estado”, y él responde: “por eso mismo, no hay riesgo”. En otros momentos, el humor es más tierno.
La película tiene una trama de aventuras, accidentes y casualidades que hacen que los personajes se separen y se reencuentren aquí o allá, hay tragedia (ninguna mascota querida muere, eso es un alivio) y aunque logre su misión, no hay final feliz, de hecho, podríamos decir que no hay final porque el futuro es incierto. Hay también crítica al régimen, no solo en la hipocresía de sus representantes o en el abandono de la población civil. Las imágenes del pueblo gritando alabanzas a Hussein, ese entusiasmo nada forzado de los pueblos sometidos a un tirano, son una advertencia: tanto fervor al celebrarlo como al derribarlo. La elegancia está también en la fotografía y en el retrato de Bagdad y la vida en las marismas, barca mediante, que se muestra tal cual, sin carga.
Pero lo que más me gusta de la película es lo que tiene de elogio de la infancia, de dignificación también. Los niños de la película parecen condenados a quedarse sin infancia por las circunstancias, empujados a trabajar, aunque sea como ratero ayudando a su padre, o a remar en la barca para ir al colegio, por ejemplo. Y aun así, se empeñan en ser niños y en divertirse y en hacer los deberes que les mandan, porque ser niño no quiere decir no tener responsabilidades, sino más bien tener la libertad de descubrir el mundo poco a poco. Cosa que no está exenta de peligros, como aprenderán Laima y Seed. Es también conservar una cierta inocencia en la mirada, que es un reclamo para embaucadores, pero también es lo que permite imaginar una salida distinta.
Al final de la cinta hay imágenes de la celebración de los 50 años de Hussein, con un palacio hecho tarta, un modo, de nuevo elegante, de relacionar la ficción de Laima con la realidad de Iraq.