La confusión imperdonable de Ryan Murphy

En sus mejores momentos, el “true crime” se aparta del sensacionalismo y da pie a ficciones que buscan denunciar o comprender la maldad humana. No es el caso de “Monster: The Ed Gein story”, donde la fascinación da paso al asco.
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Soy un espectador que encuentra algo irresistible en la obra de Ryan Murphy. No lo digo desde la admiración, sino desde una parcela de mi afición por la TV de la que no estoy orgulloso, pero a la que no puedo renunciar. Desde los inicios de su carrera, Murphy encontró en los márgenes de la cultura estadounidense del siglo XX la materia prima de varios éxitos. En la última década, con series como American crime story (FX) y la franquicia Monster (Netflix), y ya transmutado en marca a través de Ryan Murphy Productions, explotó una veta: el true crime, maridaje perfecto para su estilo morboso, sensacionalista, siempre empujando los límites de lo mostrable. No obstante, es probable que esa veta se haya secado, a juzgar por la bajeza de Monster: The Ed Gein story. Sirva esta sentencia como advertencia a lectores susceptibles.

En 2022, Monster: The Jeffrey Dahmer story narró la historia del llamado caníbal de Milwaukee, con una recepción crítica mixta pero una audiencia descomunal. En 2024, Monsters: The Lyle and Erik Menendez story siguió a los adinerados hermanos Menendez, acusados de asesinar a sus padres y célebres por una defensa basada en el abuso sexual paterno. La crítica fue más severa, pero el éxito de audiencia se mantuvo. Ambas temporadas fueron reconocidas por momentos de honestidad dramática y ética narrativa, pero señaladas por glamurización de la violencia y desdén por los hechos. Pobres ilusos: estábamos a un año de ver lo peor de lo que el show era capaz.

La tercera temporada acomete al boogeyman más influyente de la cultura estadounidense: Ed Gein, “el carnicero de Plainfield”. Aunque se sospecha de él en otros casos, durante su juicio confesó y fue condenado por dos asesinatos, cifra que no encaja con la definición estricta de asesino serial, que cuenta a partir de tres víctimas. Lo que catapultó a Gein al panteón del true crime fue su faceta como profanador de tumbas: en su granja se hallaron lámparas, tapicerías, corsés y máscaras de piel humana –especialmente de mujeres–; partes femeninas mutiladas, guardadas en una caja de zapatos y usadas como material para cinturones; cráneos convertidos en tazones. Durante cinco años, confesó, más de cuarenta visitas nocturnas al cementerio le proveyeron la mayoría de los restos, salvo la tabernera Mary Hogan y la ferretera Bernice Worden, a quienes dijo haber matado a tiros; una vez decapitada, el cuerpo de Worden fue abierto en canal y colgado en el granero, como trofeo de caza. El caso sacudió a la sociedad estadounidense y dejó una impronta duradera. Su relato inspiró libros, películas y series que escarban en las implicaciones de un caso de esa naturaleza, a menudo ficcionalizando personaje y circunstancias.

The Ed Gein story está consciente de su inserción en esa genealogía. Si la franquicia ya había rozado la fascinación social y mediática por los criminales –los fans en Dahmer y Dominick Dunne, periodista de Vanity Fair, en Menendez–, en The Ed Gein story este aspecto es incorporado dentro de la serie, dicho esto de la forma más literal posible. Además de narrar la vida de Gein con amplia libertad, el show inserta pasajes metatextuales: recreaciones de obras que inspiraron y fueron inspiradas por Gein y sus crímenes, como Psicosis (Hitchcock, 1960), La masacre de Texas (Tobe Hooper, 1974), El silencio de los inocentes (Jonathan Demme, 1991) y Mindhunter (2017-2019).

En principio, la idea es seductora. La cultura estadounidense ha mostrado una obsesión persistente con los asesinos seriales, a quienes ha convertido en figuras de culto. Una serie de true crime –de Ryan Murphy, para más– que aspira al escarceo metatextual, casi ensayístico, suena a un experimento loable. Sin embargo, en la práctica el movimiento tiene resultados desafortunados, similares a cuando un autor mediocre invoca a otro superior mediante una cita, provocando una comparación que le será a todas luces desfavorable. Así, un montaje muestra a Hitchcok espiando a sus actrices semidesnudas, yuxtaponiéndolo con imágenes de Ed Gein espiando a su enamorada: una bravuconada hueca, inconsecuente, que nada dice sobre la mirada cinematográfica más allá de la obvia observación. Otro muestra un discurso de Tobe Hooper durante la gestación de La masacre de Texas, una perorata enfurecida, política y antibelicista, intercortada con recreaciones de la película y de los crímenes de Gein, que solo sirve para subrayar que nada de la filosa subversión de Hooper está en la serie. El resto de las inserciones funciona más o menos igual. Dentro de la diégesis, esos injertos carecen de justificación y rompen un ritmo ya precario; fuera de ella, no sirven para hacer un comentario más allá del elemental parentesco, de sobra conocido. Si lo que se buscaba era mimetizar y canonizar a The Ed Gein story junto a aquellas obras, el fracaso es rotundo.

No es el único tropiezo y tampoco es el más aparatoso. En realidad, esos desplantes metatextuales son solo un síntoma de un problema mayor: si aquellos eran desafortunados, la forma en que la serie aborda la vida de Gein la vuelve absolutamente repelente. La condena de The Ed Gein story es producto de una confusión imperdonable: Ryan Murphy Productions, en tanto entidad, no distingue entre la realidad y la ficción.

El proceso fue gradual. Dahmer incluye “Silenced”, el sexto episodio, dedicado a una víctima: Tony, joven afroamericano, sordomudo y aspirante a modelo. Ese capítulo –probablemente el mejor de la temporada– equilibraba la fascinación mórbida con un bienvenido excurso que trataba a una víctima con atención y hasta ternura, dimensionando el impacto real de los crímenes, posibles también por el racismo institucional de las policías estadounidenses. En Menendez, algo similar ocurre en “The hurt man”, el quinto episodio donde, en una sola toma, Erik narra los abusos de su padre. Ambos episodios comparten rasgos cruciales: omiten las dramatizaciones crueles y están razonablemente basados en circunstancias verificables. Aunque Dahmer y Menendez exhibían un creciente desdén por los hechos, durante esos episodios sus virtudes estaban puestas menos al servicio del shock y más al servicio del desarrollo de personajes, como pequeñas películas que permiten empatizar con la dimensión humana de esos crímenes.

No existe nada parecido en The Ed Gein story. Cuando la serie aborda los crímenes de Gein, lo hace con desplantes de ficcionalización que han olvidado por completo que hay personas de verdad tras la historia. El ejemplo paradigmático ocurre cuando Gein profana la tumba de la señora Eleanor Adams –nombre de una víctima real, cuyos restos fueron desenterrados por el asesino–. Ante el cuerpo, el granjero experimenta un éxtasis necrófilo y decide tener sexo con el cadáver. Alucinante, repugnantemente, la decisión creativa de Ian Brennan –showrunner, director, guionista y uno de los más frecuentes colaboradores de Ryan Murphy Productions– implica mostrar al cadáver de la señora Adams cobrando vida, abriendo los ojos, gritando de placer. Es obvio que estamos en la fantasía de Gein, pero el objetivo se pierde: ¿para qué machacar la memoria de una mujer que no fue respetada ni en el descanso presuntamente eterno? La recreación ni siquiera se basa en una confesión; el propio Ed Gein aseguró que no cometió actos necrofílicos porque el olor de los cadáveres era insoportable. La secuencia es otra desecración al cadáver de Eleanor Adams: la primera, física, a manos de Gein; la segunda, simbólica, a manos de un show cuyo único valor restante parece ser el shock.

Eleanor no es la única persona alterada grotescamente. Adeline Watkins, vecina de Plainfield, declaró en un periódico local, poco después del hallazgo de la granja, haber mantenido una relación de veinte años con Gein; días después se retractó: sus palabras habían sido sacadas de contexto y, en realidad, apenas lo conocía. Eso es lo que sabemos de ella, que después del episodio se retrajo en el anonimato, nunca dio otra entrevista y murió de vieja en Plainfield. Sobre esa tenue base, The Ed Gein story fabrica una villana.

En una de las primeras escenas de la temporada, Ed Gein recibe de Adeline Watkins unos cómics que ficcionalizan la historia de Ilse Koch, una de las más infames figuras del nazismo por supuestamente torturar prisioneros en el campo de concentración comandado por su esposo. Aunque no tenía un puesto oficial en la jerarquía nazi, Ilse se convirtió en una de las figuras más representativas del genocidio, con todo y que muchos de sus supuestos crímenes no fueron probados. Con el tiempo, Ilse devino un personaje pulp mediante películas y cómics que la mostraban torturando presos y utilizando su piel para crear objetos. La serie pretende sugerir que son estas distorsiones de la realidad las que, al caer en el terreno fértil de la psique perturbada de Gein, detonaron la patología que lo llevó a perpetrar todas esas atrocidades. Surge la duda: ¿por qué entonces replicar el mismo mecanismo que vivió la historia de Ilse Koch, distorsionada y exagerada con fines de entretenimiento por distintas ficciones a lo largo de las décadas? La respuesta no solo no aparece jamás: ni siquiera se asoma.

En la serie, interpretada por Suzanna Son, Watkins es una joven rubia ambiciosa que usa género y sexo a conveniencia: una “Jezebel”, en palabras de Augusta, la madre de Gein. Según el show, ella instiga los peores impulsos de Ed: le muestra fotografías de crímenes reales, le lleva cómics violentos y, en el episodio “Ice”, el quinto de la temporada, lo incita a “hacer cosas con los cuerpos” para satisfacer sus deseos sexuales, que ella se ve demasiado asqueada como para corresponder. Es una añadidura miserable: insulta la memoria de Watkins y exculpa a Gein, de quien se conocen suficientes detalles como para saber que no necesitó instigadoras. Hacia el final, la serie sugiere tímidamente que quizá Watkins es un figmento de la mente de Gein, pero esto parece puesto más para salvar cara que una conceptualización fina, toda vez que el show la muestra actuando independientemente de Gein en numerosas ocasiones, y considerando que Watkins fue, de hecho, una persona real.

Con todo, ni Eleanor ni Adeline son las personales reales que reciben el peor manejo de toda la serie. Ese dudoso honor le corresponde a Ed Gein. No porque su memoria sea mancillada, sino porque la serie, lejos de escarbar en su realidad, contribuye a su mitificación. Interpretado por Charlie Hunnam, un actor rubio, musculoso, que luce sensual hasta cuando está descuartizando cuerpos, la figura de Gein deja de ser la de un asesino perturbado para convertirse en la de una fantasía sexual, un aspecto presente en Dahmer y Menendez pero llevado aquí a un extremo que muestra una nauseabunda compasión por el asesino. La herencia de Gein fue una misoginia patológica –alimentada por su madre, fanática religiosa–, exacerbada por un posible trastorno esquizoide, un profundo ostracismo social y la indiferencia de la comunidad y las autoridades, que lo consideraban el “tonto del pueblo”. Es la suya una historia de abandono y crueldad antes que de erotismo y sensualidad. Y aunque el horror acumulado en su granja fue real, algunos creadores afilados lo convirtieron en la base de grandes obras de ficción: ahí se concentran la obsesión –ya explorada en Psicosis–, la muerte del sueño americano –revisada en La masacre de Texas–, las reverberaciones del trauma –presentes en El silencio de los inocentes– y una exploración del origen del mal –la espina dorsal de Mindhunter–. Estas obras, invocadas no por un crítico que compara sin proporciones sino por la misma serie, muestran distintas maneras de utilizar el true crime como punto de partida para una ficción significativa. The Ed Gein story no solo no está cerca de lograrlo: ni siquiera lo intenta. Está demasiado embobada salivando por un asesino real que no sabe, no quiere o no puede distinguir de un antihéroe de ficción.

Como género, el true crime está destinado a ser espinoso. Su materia es controversial; sus fronteras éticas son a menudo borrosas. Es un género que frecuentemente cae en el sensacionalismo, pero que puede estar imbuido de cierta nobleza, ya sea por la denuncia o por los intentos de comprender la maldad humana. The Ed Gein story no pertenece a esa parcela. Lo digo como parte del problema: ya admití que soy un espectador que encuentra algo irresistible en la obra de Ryan Murphy. No obstante, a estas alturas, me veo en la obligación de corregirme: escribí que soy, pero en realidad debí haber escrito que era ese espectador. Porque hoy, tras las ocho agónicamente largas horas que componen The Ed Gein story, si de algo estoy seguro es de que ya no soy el mismo: la fascinación dio paso al asco, que finalmente cedió su lugar a la repulsión. Y no sé si haya forma de que yo –o Ryan Murphy Productions, o la serie Monster– seamos capaces de encontrar el camino de vuelta. ~


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