Secundarios memorables: Russel en Igby goes down

Russel es la cereza de una extraordinaria película ignorada por la crítica y el público. 
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La primera escena de Igby goes down (Burr Steers, 2002) es la cara de Susan Sarandon mientras muere. Su respiración trabajosa, como el ronquido de un enfermo de sinusitis. La voz de Kieran Culkin, frío, cínico, culero, preguntándose por qué no pudo ser a fucking smoker. El hermano mayor (Ryan Phillippe, una variación mustia de su papel en Cruel Intentions), un esnob de corbata que estudia Economía en Columbia (o Neofascismo, según Igby), anuncia que el reto fue encontrar una sustancia que fuera nueva para su sistema. A solicitud de su madre, enferma de cáncer, los hijos la han envenenado.

Igby goes down es la historia de Igby (Jason) Slocumb, un adolescente riquillo de la costa este con pasado atormentado: su papá (Bill Pullman, genuino y conmovedor) está internado en un hospital psiquiátrico, luego de un episodio sicótico en el baño que el pequeño Igby observó aterrorizado. La mamá, Mimi, es una neurótica farmacodependiente que se la vive negociando con directores de preparatorias privadas para que admitan a Igby, quien consigue ser expulsado de todas. Su última gracia es escaparse de la escuela militar (de donde viene el título: los compañeros lo apalean hasta que Igby goes down). Como último recurso, lo mandan con el tío D.H. (Jeff Goldblum, siempre delicioso hasta cuando es un hijo de puta) a que chalanee en su casa de playa en Nueva York. Ahí conoce a Sookie (Claire Danes), una mitómana igual de cínica e intrigante, de la que Igby tal vez se enamora (uno nunca sabe qué piensa, qué sucede detrás de sus frases ingeniosas, además de que en realidad es un tipo frágil: la complejidad del personaje le debe mucho a la interpretación de Kieran Culkin, en el papel más grande que ha tenido en su carrera).

Por fin, Igby termina como el huésped incómodo de Rachel, la amante de D.H., una bailarina heroinómana (Amanda Peet) en su espacioso loft de Manhattan. Todo esto es apenas la premisa, pues ahí empiezan las verdaderas aventuras de Igby, Holden Caulfield moderno.

Igby goes down tiene un montón de personajes secundarios, todos escritos de manera magistral, todos poseedores de una complejidad de la que algunos principales, en otras películas, carecen. Sin embargo, el secundario más memorable en una película llena de ellos es Russel, el amigo artista de Rachel, un inglés amanerado y rimbombante.

Su primera aparición transcurre en el loft de Rachel, cuando Igby llega a pedir posada. Entonces aparece Jared Harris, sus uno ochenta en una blusita sin mangas, un pantalón de rayas azules y unos lentes de montura redonda, amarillos; con bigote, patillas y el pelo peinado hacia atrás, parece a primera vista una parodia de cualquier personaje en The birdcage. Entonces aclara que es un performance artist, con su acento inglés posh, mientras Rachel aparece del baño exclamando lo brillante y talentoso que es, puestísima de una sustancia desconocida. Y uno sabe ahí que Russel no es un artista ni es inocente.

Las apariciones de Jared Harris como Russel no rebasan los cinco minutos en total. A veces es el comic relief necesario, aunque esta película apenas los necesita. Otras es la rueda que hace que la trama siga avanzando: cuando D.H. le pone una paliza a Igby, éste se muda con Russel y empieza a trabajar de mensajero/dealer. Es un hada madrina poco ordinaria: salva a Igby de un cabo que lo busca para regresarlo a la escuela militar, recitando tal vez la frase más memorable de la película: Anne Frank, Anne Frank, the soldiers are gone. Come out and play.

Este secundario memorable es efímero. Después de darle un boleto de avión a Igby para que visite a su madre, convaleciente de cáncer, Russel desaparece del mapa, diluyéndose en la paleta de excéntricos neoyorquinos. Su cara vieja y maquillada no vuelve a aparecer, ni la de Sookie o la de Rachel, cuando Igby está a los pies de la cama de su madre a punto de morir y escucha, como sin interés, que D.H. es su verdadero padre (luego viene un final hermoso que siempre me hace llorar, pero esa es otra historia).

Russel es un detalle en Igby goes down, uno llamativo y lleno de colores, que tal vez al desaparecer no afectaría demasiado el producto final. Pero es hermoso, es encantador y es memorable: la cereza de una extraordinaria película ignorada por la crítica y el público.