Senna

Reseña del documental sobre el famoso piloto brasileño.
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Recuerdo que a finales de los años ochenta y principios de los noventa seguí con regularidad la Fórmula 1. Mi interés tenía como origen el gusto por los automóviles y la velocidad, pero particularmente por el desempeño de un piloto brasileño que tenía un ascenso constante: influía en todo esto un afán de simpatía latinoamericana, cierto, pero verlo conducir bólidos por lo general tapizados de publicidad –de cigarrillos, la mayor parte de su carrera– era un verdadero placer. Ayrton Senna da Silva imprimió a una disciplina dominada por el capital un ingrediente emocional que no me había tocado presenciar antes –ni he visto después, por cierto–, y su destreza y temeridad convertían el veloz ejercicio de la monotonía y la repetición –vuelta tras vuelta tras vuelta– en un arte, en un rito fascinante (como la danza de los derviches giradores, conocida curiosamente como sema). Hombre y máquina desafiaban la física y la meteorología (bajo la lluvia Senna parecía en su elemento, y la velocidad de su auto rebasaba el límite de la sensatez), y era emocionante verlos ejecutar maniobras osadas y casi irresponsables, constatar lo impensable y sorprenderse por el hecho de que a una vuelta insólitamente rápida podía seguir otra recorrida en menos tiempo.

            De la singularidad del piloto brasileño y su trayectoria da cuenta Senna (2010), primer largometraje documental en solitario del británico Asif Kapadia. Su propuesta se orquesta a partir del orden cronológico e inicia con la llegada del piloto brasileño a Europa, para competir en la categoría kart. Habla, después, de su ingreso a la Fórmula 1, su vertiginoso ascenso, sus éxitos en la escudería Lotus y luego en McLaren. Dedica un pasaje sustancioso a la rivalidad que sostuvo con el francés Alain Prost. Muestra la euforia que provocaban sus éxitos en Brasil, la alegría que daba a un pueblo sumido en la crisis económica y anímica; de pasada vemos a algunas de sus parejas. Y concluye con el accidente donde perdió la vida, el 1 de mayo de 1994, en San Marino.

            Kapadia sigue en términos generales la estrategia del documental biográfico, pero elude algunas de sus prácticas comunes, y si congrega los testimonios de algunas personas cercanas a Senna (de su madre y su hermana Vivane, pero también de Sid Watkins, delegado médico de la Federación Internacional de Automovilismo), no concibe una presentación convencional de ellos (el sujeto a cuadro, con su nombre y su posición o su relación con el piloto): mientras vemos al brasileño en la pista o en los pits, en un programa de televisión o en el mar, escuchamos los comentarios, pertinentes para aclarar lo que vivía Senna, el momento profesional por el que atravesaba o su situación emocional. La imagen es monopolizada por el abundante material que la televisión recogió: las carreras, pero también algunas entrevistas o algunos pasajes de convivencia con su familia. Los testimonios en off son provechosos para evitar distracciones del relato, y ayudan a que éste fluya de buena forma.

            Senna consigue recoger la singularidad del personaje. A la par de la crónica de su vida y milagros la cinta va perfilando los rasgos de un individuo que mientras dejaba constancia de su fe se convertía en un piloto inconforme que podía poner en riesgo su vida y la de sus compañeros y criticaba las políticas de la Fórmula 1. Pero el rasgo que mejor lo definía era su irracionalidad al volante (en contraposición con Prost, que era un tipo calculador que recibió el mote de “maestro”). Como sucede en algunas disciplinas deportivas, las ejecuciones más brillantes no son conscientes, y de ello da cuenta Senna, que sobre su bólido era puro instinto e hilaba prodigios a 300 kilómetros por hora o más: en algún momento confiesa que mientras conducía podía desentenderse de todo lo que había en la pista y sus alrededores, y transitar por una especie de túnel. Kapadia nos permite hacernos una idea de lo que se experimenta dentro del auto al ofrecer algunos pasajes grabados desde el interior del vehículo: la pista que desfila y los fragmentos de segundo en que aparecen cuerpos sólidos (rivales u obstáculos) que se van dejando atrás. Nos muestra cómo también en las carreras de automóviles, con toda la parafernalia y la desigualdad que las caracterizan (no todos conducen autos iguales, por ejemplo) se ponen a prueba las capacidades humanas y las virtudes deportivas: el reto constante, la superación  de las contrariedades y de lo que se ha visto antes, el desafío de los demás pero también de uno mismo. Senna no oculta que la victoria es adictiva: “Es una sensación extraordinaria. Es un sentimiento único. Es como una droga: es algo tan fuerte y tan… intenso. Y una vez que lo experimentas lo buscas una y otra vez”. Y las carreras eran su vida, y murió mientras conducía, haciendo lo que le apasionaba; y acaso supo por un nanosegundo que la meta de su última carrera era la muerte –muerte ideal, si la hay.

            Pero Senna es más que una biografía o una apología del triunfador. Kapadia consigue imprimir a su documental un dramatismo que también puede verse en algunas disciplinas deportivas –incluido el fútbol, sí. En algunos momentos, y música mediante, alcanza incluso el registro del melodrama. Incluso si se tiene alguna información sobre el piloto, el resultado es conmovedor. Al final queda claro que lo más extraordinario de Senna es Senna.