El festival de cine de Sundance, que cerró el fin de semana pasado con el otorgamiento de una docena de premios en las distintas categorías competitivas, fue el primero que se lleva a cabo sin la presencia física de su fundador, el actor, cineasta y activista político-ecológico Robert Redford. De cualquier manera, si uno revisa las películas presentadas en las distintas secciones y ni se diga las que terminaron siendo premiadas, es evidente que el espíritu del fallecido “Sundance Kid” inspiró a organizadores, programadores y jurados. Los tiempos difíciles (aunque, ¿hay de otros?) obligan un cine combativo, reflexivo, anticomplaciente, como el que sigue.
En la sección de ficción estadounidense, el filme que obtuvo tanto el gran premio del jurado como el del público –y que, por lo mismo, señala su tempranísima ventaja para la temporada de reconocimientos de fines de este año– fue Josephine (E.U., 2026), segundo largometraje de la cineasta norteamericana de origen brasileño Beth de Araújo.
La Josephine del título (impresionante Mason Reeves) es una precoz chamaquita de 8 años que corre todos los domingos con su atlético papá Damien (Channing Tatum) en el parque Golden Gate de San Francisco. En una de esas caminatas, cuando se separa un momento de su padre, la niña presencia la violación de una mujer afuera de un baño público. Aunque el tipo es detenido, gracias a que el enfurecido Damien lo sigue por todo el parque hasta alcanzarlo, lo cierto es que no es tan fácil condenarlo a prisión como podría parecer. Además, haber atestiguado ese hecho violento transforma por completo la percepción de la realidad de Josephine, quien empieza a ver al violador (Philip Ettinger) por todos lados, hasta en el interior de su propio cuarto, como si se tratara de un fantasma o, incluso, un compañero de juegos infantiles.
El guion original escrito por la propia cineasta camina por la cuerda floja en todo momento, describiendo de manera genuinamente perturbadora los efectos de la violencia sexual (in)directa en la psique de chamaquita y hasta en la de sus desconcertados padres, el pragmático Damien y la sensible Claire (Gemma Chen). La secuencia del juicio, en el que Josephine tiene que declarar lo que vio ante el duro interrogatorio de la abogada defensora del violador, es electrizante por la forma en la que está montada y por la interpretación de la pequeña debutante Mason Reeves, quien transmite, con esa mirada fija y esos pequeños labios apretados, su obstinación y determinación para vencer el miedo.
Quienes han dejado de tener miedo, por cierto, son los osos polares que pululan alrededor de Churchill, Manitoba, Canadá, “la capital mundial de los osos polares”, como dicen los guías turísticos que llevan a la gente en enormes autobuses protegidos para que atisben a lo lejos –o a veces a lo muy cerca– a esos magníficos y peligrosos animales.
Nuisance bear (E.U. – Canadá, 2026), dirigido, escrito y fotografiado a cuatro manos por Gabriela Osio Vanden y Jack Weisman, ganador del gran premio del jurado de la sección documental estadounidense, nos presenta esta fascinante historia, narrada en off por un memorioso anciano inuit, quien nos dice que entre los ancestrales habitantes de esas heladas tierras, a ese tipo de “osos molestos” se les conoce como “avinaarjuk”, pues se han acostumbrado tanto a la presencia del invasivo “hombre blanco” que ya no le tienen miedo a nada ni a nadie. Hay algo de tristeza humorística en la voz del viejo inuit cuando relata que solamente los hombres blancos andan queriendo ver osos polares. Ningún inuit estaría feliz de ver uno de cerca.
Otro tipo de invasión es la que vemos en To hold a mountain (Montenegro – Serbia – Francia – Eslovenia – Croacia, 2026), filme dirigido por Petar Glomazic y Biljana Tutorov, documental ganador del gran premio del jurado en la sección internacional. La protagonista, una recia ganadera llamada Gara, vive en las faldas de Sinjajevina, la montaña de Montenegro del título, que ha sido concesionada a la OTAN para convertirla en territorio de entrenamiento militar, específicamente para la práctica de tiro del ejército atlántico. Por supuesto, si es que esto lo permite la susodicha señora, que ordeña a sus vacas con sus callosas manazas, cabalga por los verdísimos prados en su brioso caballo y asiste a programas de televisión no tanto para debatir sino para informarle al uniformado que tiene enfrente que se vaya buscando otro terreno para practicar el tiro al blanco, porque esa montaña es de la gente que vive ahí, no de los soldados.
La historia de esta bravía lucha por la tierra de los ancestros se alterna con otra crónica en la que vemos otro rostro de la insumergible Gara, cuando tiene a la mano a su sobrina adolescente Nada, a quien terminó recogiendo y criando años atrás, cuando la madre de la niña, su hermana, fue asesinada por el marido. La presencia de Nada –quien va a la escuela en alguna ciudad cercana y visita los fines de semana a la única madre que ha tenido– transforma por completo a la insumergible Gara, quien demuestra su amor incondicional, su conmovedora ternura, en todo momento. Queda claro que proteger esas montañas es, para ella, sinónimo de cuidar del futuro de esa niña.
Otro tipo de lucha, pero de este lado del Atlántico, es el que se nos presenta en American Pacucho: The legend of Luis Valdez (E.U., 2026), de David Alvarado, documental ganador del premio del público en la sección estadounidense. Se trata de una convencional pero bien informada y bien armada biopic del dramaturgo y cineasta chicano Luis Valdez, desde sus orígenes con la fundación del célebre Teatro Campesino en California a fines de los años 60, hasta su consagración en el mainstream hollywoodense al dirigir la exitosísima La bamba (1987), pasando por su más importante aportación al conocimiento y reconocimiento de la cultura chicana en Estados Unidos, con su imaginativa e irresistible pieza teatral setentera Zoot suit, llevada al cine por él mismo en 1981.
Con la voz en off narrativa del mismísimo pachuco mayor, Edward James Olmos, el autorretrato de Valdez pasa de lo profesional a lo personal y de regreso, no solo porque su obra dramatúrgica y fílmica está enraizada en sus orígenes familiares y en la precariedad económica de su formación –él mismo bautiza su escuela teatral como “rasquachi”– sino porque había que contar su historia y la de los chicanos aunque sea desde los márgenes. O, más bien, había que hacerlo desde los márgenes y de manera desafiante.
El mejor filme programado en Sundance este año fue otro documental, el más desafiante de todos los que pude ver. Everybody to Kenmure Street (Reino Unido, 2026), del cineasta chileno radicado en Escocia Felipe Bustos Sierra, nos presenta la emocionante crónica de lo que sucedió en mayo de 2021, en la populosa calle Kenmure del título, ubicada en Glasgow.
Sucede que un grupo de agentes del equivalente del ICE de la Gran Bretaña llegó en pleno Eid al-Feitr Mubarak –en cristiano: la festividad sagrada musulmana que se conoce como el fin del ayuno– a la susodicha Kenmure Street a detener a un par de inmigrantes indocumentados, lo que detonó un espontáneo y exitoso movimiento de resistencia civil. Bustos Sierra echa mano de las imágenes grabadas por los propios participantes desde sus teléfonos celulares y de los testimonios de los protagonistas de la protesta –todos ellos vecinos del lugar– para, en un acto de inesperada prestidigitación, pasar luego a un gozoso ejercicio brechtiano de representación dramática, pues vemos a algunas actrices británicas muy conocidas y reconocidas interpretar a ciertas personas claves en la exitosa protesta.
Estamos ante un emotivo documental que no habla del pasado más remoto sino del muy reciente y oscuro presente que vivimos. Por lo mismo, no podía haber sido más pertinente, pues el filme fue presentado cuando los ecos de los asesinatos de Renée Good y Alex Jeffrey Pretti en Minneapolis no dejaban de apagarse. Lo que nos muestra Everybody to Kenmure Street, justo ganador de un premio especial a “la resistencia civil”, es que no todo está perdido cuando la gente se organiza. Y más cuando sucede de forma espontánea, es decir, cuando la gente común y corriente –sea una enfermera agotada o un anónimo tipo cualquiera– decide que no está bien lo que está sucediendo y actúa en consecuencia. O sea, como gritaban, ¡y en español!, los bravos manifestantes en Minneapolis, “el pueblo unido jamás será vencido”. ~